Del lamento al baile

Esta campanita no es acerca de lo que esperamos celebrar colectivamente, Dios mediante pronto, cuando termine la epidemia que nos está coronando con no poco dolor. Ésta tampoco es una elegía bailable sobre nuestro regreso a una coherente “normalidad”, es decir, a un mundo mucho mejor que el previo a la calamidad. Más bien, este escrito, a todas luces modesto en comparación con los anhelos del mundo, sólo pretende animar—ojalá un poquito en estos tiempos duros—relatando cómo fue que yo mismo, por medio de la ciencia moderna, llegué a pasar del lamento al baile, cuando, en virtud de la misericordia divina, sucedió en mí la ansiada transición de las tinieblas a la luz grandiosa de Jesucristo.

Esta entrada al blog es más larga de lo común y será, muy seguramente, una de las más íntimas. Esto es así, pues aquí incluyo mi testimonio de vida, ya citado y cual relatado al famoso escritor y Premio Nobel de Literatura José Saramago, el cual plasmé en respuesta a una inesperada carta suya, ya hace casi 16 años. Salvo algunas mejoras y aclaraciones, el texto empleado aquí es básicamente el mismo de mi carta original. Pero, para darle una perspectiva mayor a lo sucedido, esta campanita incluye también algunas fotografías que resumen mi vida previa y posterior al evento, tal y como las empleo al compartir una conferencia “La fe de un hidrólogo: celebrando 30 años”, la cual empecé a impartir el año pasado para festejar mi caminar con el Señor, y que abarcará ésta y otras campanitas por venir …

… Para empezar, deseo contarles un poco acerca de dónde vengo. He aquí a mis abuelos maternos, Don Julito y Mamá Fanny, quienes tuvieron en mi mamá Dorita a su única hija y en mí a su único nieto varón. Como lo ven, ellos conformaron una bella pareja que reflejaba la paz de Dios, en la que se distinguía el buen humor de él y la dulzura de ella. Fueron además estupendos bailarines y era común que en las fiestas les hicieran una rueda para admirarlos.

Mi abuelita, quien fue mi mejor ejemplo de fe Católica, y quien rezaba y rezaba por todos sin desfallecer, se ganó la vida haciendo bellos ramos de novia. Resulta que cuando quedó claro que yo podría llegar a ser profesor en los Estados Unidos, ella empezó a ahorrar parte del dinero de sus trabajos florales y en uno de mis viajes a la patria, cuando ya empezaba a enseñar en la Universidad de California, me llevó a un centro comercial para regalarme, a pesar de mis explicaciones que ellos no eran requeridos pues no se usaban, tres vestidos completos con camisas y corbatas. ¿Cómo decirle que no?

Es así, en honor a ella, como he aprendido a vestirme de conferencista fino por donde voy, contando este acto de amor en mi festejo de 30 años acompañando esta foto, así sea cierto que mi último vestido, comprado por mí para asistir a una conferencia sobre la ciencia y la fe en la muy elegante Oxford, en el Reino Unido, me haya confinado a ser parte de una minoría formal …

… Aquí van mi abuelo Don Julito y mi mamá Dorita hacia el altar en el día de su matrimonio con mi papá Carlos. Yo no sé si el bello ramo de novia allí fue hecho por mi abuelita, pero lo que sí sé es que mi mamá estaba bellísima en su día.

Aunque el matrimonio se llevó a cabo en Bogotá y allí nacieron tanto mi hermana mayor Patricia, y, posteriormente, mi hermana menor Xiomara, yo nací en Cartagena de Indias, pues mis padres intentaron vivir allá, en la costa Caribe, por un tiempo …

… De regreso a la capital, cursé mis estudios de primaria y secundaria en el gran Colegio Alfonso Jaramillo. Tal y como se estilaba, a los 8 años recibí dos sacramentos, mi primera comunión y la confirmación (con Don Julito de padrino), y lo hice acompañado de grandes hombres, como quien me sigue con su cirio, Andrés González Díaz, el cual llegó a ocupar, por su inteligencia y dedicación, altos cargos representando a Colombia.

Aunque mi escuela no era religiosa como tal, asistíamos a la Santa Misa los viernes y posteriormente cantábamos los himnos de Colombia y del Colegio, incluyendo siempre un discurso formal de algún estudiante escogido para tal honor y otros para izar las respectivas banderas.

El himno nacional de Colombia contiene un alto contenido simbólico y Católico, pues expresa la victoria final en entender las palabras de quien murió en la cruz, lo cual ya se ha explicado en este blog aquí. El himno del colegio no lo era tanto, pero en verdad también lo era pues rezaba: “Cantemos a la vida, que ríe en nuestras frentes, como la faz del cielo sobre la nieve azul; hoy somos la promesa futura de una patria que alcanzará mañana gloriosa plenitud. Si niños sonreímos, en el jardín del mundo, tejiendo nuestras danzas y coros, angelical mañana ya varones, seremos por Colombia campeones del progreso y del alto de la paz.”

Es claro, en este preciso instante de evocación, que allí está esbozado ya mi sueño de canción de paz, en un Shanti Setú, el cual creo sería muy bien recibido por Don Alfonso Jaramillo, ejemplar educador y hombre de fe, Don Marcos Gómez, magnífico maestro de las matemáticas y de la vida y Don Julio Cortés, hábil pedagogo de la filosofía y del ser. ¡Cuántos recuerdos gratos acompañaron mi crecer! ¡Cuánta emoción se siente hoy por hoy al compartir con compañeros de infancia, como si el tiempo no existiera! ¿No es cierto Alberto, Fernando, Humberto y demás caballeros? …

… Bueno, y pasaron los años y llegué a la universidad. La foto de niño bueno debajo es de esa época, a mis 16 años, aunque debo decir que ya hicieron parte de mí diversos desvíos, que, nos dicen, vienen con la edad, aunque en realidad llegan cuando uno cree que sí, pero no ha entendido de qué se trata la vida.

Para empezar, y en contraste con las fotos incluidas, mi familia, en gran medida, no practicaba su religión. Mis padres asistían a matrimonios, bautizos y funerales, pero no acudían con ninguna regularidad a la Santa Misa. Jesús no era tema de discusión en casa y la “armonía” existente, pues mis padres se amaban, no se basaba en el sacrificio de Dios por nosotros. Es así como, al final de mi escuela secundaria, me rebelé diciéndole a mi papá: ¿y por qué debo yo ir a Misa en el colegio si tú no lo haces? Y él me dijo que debía hacerlo, porque así era por obligación, mas no argumentando mejores razones.

Estudié en la Universidad de los Andes, en Bogotá, Matemáticas e Ingeniería Civil y allí me centré en el estudio. Como ya no tenía la “obligación”, una vez me sentí grande dejé de ir a Misa por completo. Eso no quiere decir que no hubiese en mí una creencia en un Dios creador, pues ¿cómo podría estar configurado el universo sin dicha fuerza?, pero sí estaba seguro que Él no se interesaba personalmente en mí, sino que era completamente ajeno. En verdad yo no sabía, ni rudimentariamente, quién era Jesús y qué había hecho Él por mí y por muchos, o acaso por todos, que parece ser lo mismo, pero no es igual.

Aplazando el relato formal a mi carta a Saramago, debo decir que mi madre murió cuando yo tenía 20 años y que dicho suceso fue muy doloroso para todos nosotros, para mi papá, mis hermanas, mis abuelos y para mí. Como la educación seguía siendo la piedra de salvación, continué ese camino y conjuntamente con otros “co-equiperos” nos aprestamos a viajar al exterior para seguir aprendiendo y ojalá regresar a Colombia para servirle al país. ¿Cierto Carlangas, Roro y demás? …

… En mi caso, terminé estudiando en el famoso y exigente Instituto Tecnológico de Massachusetts, al cual llegué cuando tenía 24 agostos. Debo decir que a veces, cuando sentía la necesidad por la soledad inherente de estar lejos, iba a la Santa Misa en una capilla estudiantil cercana en Boston University, en la otra ribera del río Charles, pero lo hacía con recelo y sin leer la Palabra de Dios, así me hubiera traído de viaje, y en mi maleta, la pesada Biblia que había llegado a nuestra casa en Bogotá con la compra de una enciclopedia.

Durante mi estancia en Cambridge, durante seis años intensos, me casé con mi novia colombiana, obtuve un par de maestrías en Investigación de Operaciones e Ingeniería Civil, recibí mi doctorado en Hidrología, la ciencia del agua, y trabajé un par de años como investigador.

Fueron esos tiempos muy buenos, tiempos llenos también de gratos recuerdos, fieles momentos de crecimiento intelectual basados, sin duda, en la oportunidad especial de tener excelentes maestros y conocer a grandes pensadores. En retrospectiva, fue fundamental para mí el que Dios me haya llevado allí, pues cuando sucedió yo no tenía idea qué debía hacer. Claro, ¡Dios todo lo hace bien, ahora lo sé muy bien! Y es que, a pesar de los fríos nevados en Boston y sus alrededores, demasiado duros para alguien proveniente del trópico, mis días en el MIT—considerada la mejor universidad técnica del mundo, y por qué no de la galaxia—ensancharon no sólo mi conocimiento, sino también mi sentido estético, pues allí llegué a apreciar que algunos resultados de la ciencia son mucho más bellos que otros …


… Dicho todo lo anterior, y después de esta bella cruz cuyo origen explicaré en la próxima campanita como un descubrimiento insospechado e inmerecido que llegó a mí, retomo ahora sí mi carta al brillante escritor portugués, a quien le escribí al haber leído su libro “El evangelio según Jesucristo”. Dicha historia, a todas luces contraria al verdadero Evangelio, incluye la maldición de un árbol (pensando sin duda en una higuera de la Biblia pero sin nombrarla como tal) y describe la presunta incapacidad de Jesús para revivirlo (lo cual no está en la Biblia).  Habiendo estudiado el libro con alegre detenimiento, cual si su “evangelio” fuera una novela policíaca en la que yo intentaba hallar la siguiente ocurrencia falsa entrelazada con verdades, terminé escribiéndole y hablándole de una higuera de la ciencia que permitía entender dicho suceso y más en la Biblia, y su respuesta, otra vez aquí (severa y a la vez amable), suscitó escribirle de nuevo intentando explicarle cómo había sido que alguien como yo, como científico, llegué a creer en el Dios Trino.

Davis, 24 de mayo de 2004

Querido Maestro Saramago,

Agradecido por su carta del 10 de marzo e intentando responder algunos de sus profundos interrogantes, finalmente le escribo. Por favor, excuse mi tardanza en contestarle, pero desde que recibí su respuesta a mi envío, días después del fatídico 11 de Marzo en Madrid, no he hecho más que dictar clases y viajar por Canadá y Estados Unidos compartiendo algunas conferencias, incluida una llamada “De Platón a Borges”, la cual seguramente inspiró su respuesta.

Para empezar, debo decirle que comprendo muy bien su posición con referencia a Dios y sus misterios. Y lo digo así, pues no hace mucho tiempo tampoco me hacía sentido su presencia. Tal y como intento expresarle en esta carta, fue necesaria, en mi caso, una iluminación científica que transformó mi visión y le brindó un nuevo ángulo a mi vida.

Resulta que hace ya algo más de 16 años <¡ya 31 años!>, llegaron a mí, de una forma inesperada, hermosos descubrimientos matemático-físicos con referencia a un objeto central en la ciencia llamado la campana de Gauss. Sin haber hecho merecimientos para el hallazgo, un buen día encontramos, con mis estudiantes, cómo dicha campana podía obtenerse como la “sombra” platónica (técnicamente la proyección) de un alambre infinito casi arbitrariamente iluminado, es decir con toda probabilidad.

Esperando no abrumarlo, le explico un poco aquí, refiriéndolo a mi libro “La higuera y la campana, para más detalles.

En esta figura se observa cómo un tal alambre, que viaja del eje x al eje y (arriba a la izquierda), al ser iluminado por el objeto dx (abajo), produce una sombra dy que tiene forma de una campana (a la derecha). Con un poco más de precisión, el objeto dx sube verticalmente hacia los puntos respectivos del alambre, y cuando todo es visto desde el ángulo perpendicular, sumando las púas que corresponden a las mismas alturas en y, aparece el objeto dy.

Como creo lo puede reconocer, dx es el mismo objeto espinoso, polvoriento y diabólico de la parábola La Hipotenusa, ya discutida en el blog aquí y aquí, el mismo conjunto que describe, universalmente, la disipación de la turbulencia natural y el que aproxima las inequidades en el país más poderoso del mundo. La campana dy es, claro está, un hermoso símbolo de la libertad y también un objeto relevante en la forma no violenta en que opera comúnmente la naturaleza, pues está relacionado con el transporte por difusión, como cuando se infiltra el agua calmadamente en la arena, y con la conducción del calor.

Sucede que el alambre que da lugar a este resultado, que ya enfatizaré aún más adelante, se puede construir muy fácilmente. Como se muestra debajo, éste, con forma de nube o acaso como las alas de los ángeles, se encuentra a partir de tres puntos iniciales (los extremos y el del medio, denotados por cuadrados con cruces) agregando una infinidad de puntos hacia arriba: los dos primeros están a una distancia Z a partir del punto medio de las líneas que unen los tres puntos, los siguientes cuatro aparecen a una distancia Z al cuadrado a partir del punto medio de las cuatro líneas mostradas de izquierda a derecha, y así sucesivamente, en potencias de dos para el número de puntos y en potencias de Z para sus desplazamientos verticales:

Lo mostrado en la figura inicial (obtenido cuando Z es cercano al límite máximo de una unidad) resulta ser sorpresivo, en parte, porque el mismo alambre, infinito en longitud, da lugar universalmente a campanas en el eje y, para una variedad infinita de iluminaciones. Por ejemplo, el resultado no sólo se encuentra a partir de la división ligada con la turbulencia ya mostrada, sino que también ocurre, con toda probabilidad, para cualquier otro tipo arbitrario de división, y además para el equilibrio, como se observa a continuación.

Notablemente, un mismo alambre—cual un sistema peculiar—transforma infinitos procesos divisivos—muchísimas entradas al sistema—, incluyendo cualquier tipo de cascada, ya sea por desigualdades o vacíos, cual explicadas aquí, en una campana armónica—como salida del sistema—que no contiene ni simbólicas espinas ni polvo alguno, y esto naturalmente suscitó diversas preguntas esenciales: ¿Qué hacen la turbulencia y la difusión, la disipación y la conducción del calor, en un mismo diagrama, siendo dichos procesos opuestos en la naturaleza? ¿Existe pues un mecanismo—un sistema—capaz de transformar un desorden arbitrario en un orden armónico, una transformación vital? ¿En dónde se halla un tal alambre, pues las matemáticas dicen que existe y puede construirse fácilmente?

Estos interrogantes surgieron cuando ya florecía en diversas ramas del saber (física, ecología y economía, entre otras) la célebre teoría del caos, también rebosante de nociones universales en su asombrosa higuera, la cual, sin embargo, al explicar la transición del orden al desorden, viaja en sentido contrario a lo aquí esbozado. Pues el alambre que produce una campana en el infinito para muchísimas iluminaciones es como el anhelado antídoto del virus, o acaso, usando el apellido que no escogí, un puente certero del desorden al orden. Así, años antes de apreciar posibles conexiones escatológicas en la higuera caótica, intenté hallar el alambre en la ciencia, mas no lo logré al no encontrar observaciones coincidentes, pues la turbulencia y la calma no ocurren a la vez en la naturaleza, sino que una siempre precede a la otra.

El encontrar una interpretación coherente del rompecabezas sólo vino a plasmarse más adelante cuando se clarificaron diversos símbolos, los cuales empecé a observar a pesar de mis esfuerzos intelectuales por evitarlos, pues todo esto era “ciencia” y sombras nada más. Como se muestra debajo, existen otros alambres similares al anteriormente descrito, y éstos, que más bien se parecen a perfiles de montañas y no de nubes, dan lugar también a campanas límite.

Los signos mostrados encima de cada alambre definen la construcción de los mismos. Mientras que el caso “positivo-positivo” o “más-más” da la misma nube de antes, con puntos situados siempre por encima de líneas rectas, los otros corresponden a secuencias de puntos que no sólo suben, sino que también bajan (en potencias de Z): el caso “positivo-negativo” proviene de subir y bajar a partir de líneas de acuerdo al más y al menos, respectivamente, y el “negativo-negativo” de alternar el bajar y el subir todos los puntos, de generación en generación (en potencias de dos).

Al final, el tipo de campana que se obtiene como “sombra” (cuando Z tiende a uno) depende de los signos que definen el alambre. Curiosamente, el caso “menos-menos” da lugar no a una sino a dos campanas, las cuales oscilan de la una a la otra, en virtud a la construcción alternante de bajar y subir. En verdad, no fue fácil saber que eran dos, pues ellas están separadas por una cantidad pequeña relativa a la totalidad de la figura, y, así, al principio parecía que era solamente una. El caso “más-menos” (y también el “menos-más” que proviene de reflejar éste último en un espejo) dan, en efecto, una campana con un centro finito, pues el ir arriba y abajo da lugar a un único valor medio:

El caso “más-más” ya citado merece, sin lugar a dudas, párrafo aparte, pues, tal y como ya se aprecia en las dos figuras mostradas para Z = 0.99, este alambre produce una campana que termina concentrándose arriba, en el infinito. En el límite, oh concepto borgiano, el alambre sube eventualmente de uno en uno (las potencias de uno son siempre uno) y, así, no sólo el centro viaja hacia el infinito, sino que “la masa”, en su infinita mayoría, se agrupa allí, dando lugar a un mismo objeto insólito, singular, siempre conductor del calor y carente de entropía. ¡La campana límite ocurre para cualquier iluminación infinita, como si el proceso hacia el infinito fuera como el big bang al revés!

Este alambre “místico”, siempre máximo positivo y lleno de infinita unidad, troca, con toda probabilidad, cualquier tipo de división (y también el equilibrio) en bella armonía, levantando poderosamente cualquier polvo mortal hacia el alef, y este resultado alegórico no me fue posible despreciarlo, a pesar de mi precaria educación religiosa y mi rebeldía intrínseca hacia dichos temas. No tuve cómo no notar la gran diferencia entre las nubes y las montañas, entre el “cielo” y la “tierra”, y entre el más y el menos, y, así, en medio de mi asombro, compartí resultados con familiares y amigos, sin comprender plenamente lo que había hallado.

Al paso de las semanas y cuando ya se esfumaba el estupor colectivo por el descubrimiento, recibí, en el momento justo, una llamada telefónica de parte de mi buen amigo y hermano Álvaro Alberto Aldama, compañero de estudios en MIT, y a quien yo envidiaba secretamente, pues era él, y no yo, profesor en la prestigiosa Universidad de Princeton, aquí en nuestros días en Cambridge conjuntamente con su esposa Elizabeth y su hijo David.

Mi amigo comenzó hablándome acerca del precario estado del mundo de entonces (y no hablemos del actual, hace 16 años y ahora mismo en medio de la pandemia moderna) y luego de analizar juntos el futuro incierto de la humanidad me dijo, sin rodeos, que era importante el estar preparados, pues él creía, al igual que los miembros de su iglesia, que vivíamos tiempos que apuntaban al retorno de Jesucristo.

Le escuché estupefacto y con el respeto que siempre inspiró su claro conocimiento, a veces tan profundo que parecía enciclopédico, y, luego, controlando mis impulsos y sin duda sosegado por la campana y sus símbolos, le pedí que me explicara despacio, pues para entonces, y a pesar de mi bautismo de niño como Católico, yo no había leído las Escrituras. Me habló de profetas y de señales inverosímiles y remató explicándome la importancia del tal “nacer de nuevo” (tan mentado por estas latitudes) para entrar al improbable omega de los cielos.

Al pasar de los días me convencí que no tenía nada que perder con intentar tener un encuentro con lo divino. Si mi amigo y otros desechados por mí en el pasado tenían razón, Jesús vivía y yo podía concertar una cita con Él. Así, una noche, luego de intentos fallidos que me parecieron tanto bochornosos como cursis, me llené de valentía, abrí mi corazón como pude y sucedió.

Fue un largo monólogo de mi parte en donde recordé los no pocos dolores que había experimentado en mi vida y los muchos que había causado. En un tocar fondo pausado, para evocar al buen Silvio mi trovador, quien leyó la carta original a Saramago, rememoré mi primera imagen de niño en medio de una hernia casi asesina, reviví mi infancia feliz y sus pilatunas, recordé mi adolescencia tímida con sus penas de amor, y, luego de ojear otros laberintos vivenciales, me adentré en el misterio de la muerte que había manchado para siempre mi existencia cuando, a mis 20 años, mi madre, sin razones que pudiéramos prever, se quitó la vida.

Esa noche finalmente confronté el inmenso desazón que me impedía amar como niño, ese sentimiento mezquino y real que afloraba irremediable y sutilmente en momentos felices para recordarme que todo era mentira, el mismo que me hacía sentir culpable de una forma irrefutable por no haber hecho lo suficiente para salvarla. Esa noche, mientras mi esposa dormía a mi lado, lloré de corazón, mordí todo el polvo de mi cascada vital y me atreví a perdonar. En medio de una letanía humillada, perdoné a mi madre por habernos dejado a mis dos hermanas y a mí tan solos, ¡oh cuánto te he extrañado mamita!; perdoné a mi padre por no haber previsto el perverso suceso y por haberse casado nuevamente tan pronto; me perdoné a mí mismo por mi ceguera de joven intelectual hacia ella, por haberme perdido bailar con ella, aún mi futuro Shanti Setú, y por no haberla llevado al cine a ver a Cantinflas alguna vez que me lo pidió; y, finalmente, perdoné al mismo Dios (¡oh locura colosal!) por haber permitido que todo eso sucediera.

Luego, rematé mi oración, en realidad mi confesión posteriormente refrendada por un buen sacerdote, o sea Él mismo, diciendo sinceramente: ¡Deseo conocerte Jesús, o existes o esta vida es un engaño!, a lo que acto seguido recibí en mi corazón un ardor dulce e intenso proveniente de lo alto, como del techo, el cual luego se extendió, por difusión, a todo mi cuerpo, dejándome sentir una paz exquisita, una paz lúcida que no conocía.

¡Oh algoritmo clemente y consistente! Perdonando experimenté el perdón de Dios y nací de nuevo a mis 32 años. En esos instantes misteriosos supe, en todo mi ser, que los símbolos eran ciertos y que el tal alambre, positivo-positivo o cruz-cruz, lleno de unidad y que lo movía todo hacia arriba, era una transformación hacia Dios que siempre había estado guardada en mi pecho, allí, al alcance de mi mano. En esa noche asombrosa, y consistente con que el apellido de mis abuelos maternos es Angulo, mi ángulo de vida cambió perpendicularmente del eje x al eje y, del cínico dolor de muerte a la realidad del amor pleno, o sea del lamento al baile que bien define el título de este escrito …

… Si le dijera, Maestro Saramago, que mi vida a partir de entonces se volvió “color de rosas”, le mentiría. ¿Cómo no admitir que ella más bien se convirtió en un campo de batalla?

Los días posteriores al encuentro inicial fueron particularmente confusos. Mi asombro fue tal que mi mente no podía dejar de pensar en el suceso y, así, intentando comprender la Biblia de un sorbo, llegaron varias noches en las que no lograba conciliar el sueño. Mi júbilo era real y lo compartía de una forma exaltada con mis seres queridos, quienes empezaron a preocuparse por mí al escucharme hablar, contrario a mi “esencia”, del perdón y del Cristo a quien invocaba. Varios de ellos, incluido mi papá, mas no mi abuelita, pensaron que yo andaba muy mal y que ahora era yo el que se iba a quitar la vida.

Terminé en un sanatorio en Berkeley, cerca de la ciudad de San Francisco, por un mes. Mi esposa recordó uno de sus amores platónicos de niña en un médico psiquiatra, hijo de una amiga de su mamá, y, luego de consultas, él le recomendó mi hospitalización. Como en mi pasado había sufrido de depresiones de muerte y como ahora tenía pensamientos claramente maníacos, el diagnóstico fue sencillo. Me internaron, sin yo oponerme.

La experiencia en el hospital, que parecía más bien un centro vacacional por su pulcritud y la variedad de las actividades a las que los pacientes teníamos acceso, fue como una visión larga y extraña. Desarrollé instintivamente una afinidad especial por mis compañeros de infortunio, una compasión profunda por quienes me rodeaban sumidos en sus propios mundos, y, al principio, me sentí a gusto en ese entorno desconocido, sin creerme enfermo e intentando ayudar.

Cansado por mi ayuno de sueño y a pesar de sedantes, oscilaba, de mi parte, entre esa claridad vívida del encuentro divino y la confusión de estar allí, y a los pocos días, malentendiendo los “símbolos” que me ofrecían el infinito ya, de una vez, me lancé desde mi pináculo y me dí de bruces contra una ventana, que, gracias a Dios, no cedió por su grosor.

En adelante, los días se tornaron definitivamente oscuros. Me sedaron fuertemente y conviví irremediablemente por un par de semanas con una tembladera que muy seguramente aún estremece a los que me vieron. Aunque era consciente de la bondad de estar vivo, esos días los recuerdo como los peores de mi vida. No podía salir sino a una terraza que siempre parecía estar llena de humo, no dormía bien pues tiritaba y sudaba y mi campana parecía esfumarse en las tinieblas.

Cuando ya mejoraba, desperté a una pesadilla mayor. Resulta que, durante mi estancia, mi esposa, quien vino todos los días a visitarme tal y como lo notaban otros pacientes a quienes no, tuvo su propia crisis existencial (¿cómo no entenderla?) en la que concluyó, de una forma irrefutable, que nuestro matrimonio de 8 años había sido sólo un error. Así, mis citas con mi buen médico pasaron de ser conversaciones acerca de mi supuesto encuentro con Dios a cómo prepararme para afrontar lo que vendría, pues yo no le creía, como seguramente ella no a mí, que iba a disolver nuestra unión, que iba a cancelar todo mi soporte, y simbólicamente mi pasaporte, para volverlo todo otra vez pesadilla y llanto.

Pero así fue, justo como una construcción con cimiento de arena luego de una tempestad, se vino a pique toda mi estantería, como lo explica Jesús al final de su Sermón del Monte. De nada valieron mis intentos de explicación buscando la Cristiana reconciliación (nos habíamos casado por la Iglesia, claro está), y, al cabo de pocos meses, pasé a formar parte del grupo de personas que dicen que eso del divorcio no les pasará a ellos, pues eso sólo le ocurre a otros menos inteligentes y menos amorosos, lo cual evidentemente yo no era, pues debo aclarar que mi matrimonio terminó así por culpa mía …

… Siguiendo el consejo de mi buen médico, quien tenía la extraña virtud de estar plenamente presente conmigo cuando me atendía, regresé a Colombia (mi paraíso de origen) para contar con el apoyo de mi familia. Allí, en medio de lecturas más pausadas de la Biblia y con la fina guía de mi compañero de estudios de matemáticas y recién ordenado sacerdote, el Padre Camilo Bernal—con quien me reencontré no por azar en el día de su cumpleaños—pude empezar a armar el rompecabezas de mi existencia. El dolor era intenso y las dudas me embargaban en el polvo de mi nueva cascada turbulenta, pero el calorcito aquel, el de lo alto, me acompañaba con su recuerdo esencial y por la consistencia encontrada entre las Sagradas Escrituras y las investigaciones que continuaron, pude entender poco a poco y así crecer a la historia verdadera del Evangelio.

En retrospectiva, puedo afirmar que esos tiempos posteriores a la luz fueron vitales para hacerme notar mi gran altivez, pues ciertamente me creía mejor que muchos. Y es que, contrario a lo que podía creer meses atrás, en esos días comprendí, por primera vez, que Dios estaba no solamente conmigo, sino con todos en este planeta de locos, y entendí, también por primera vez, que las huestes, improbables pero reales, del maligno nos acechan hacia el manicomio, confundiendo nuestro libre albedrío con su engaño descarado.

Aunque por varios años quise negar mi enfermedad, como si ella desvirtuara mi iluminación inicial, lo cierto fue que requerí la ayuda que recibí muy a tiempo. Hoy por hoy, vivo agradecido por mi vivencia, pues cuando veo parejas desmoronándose me conmuevo y rezo por ellas, y cuando viajo a una gran ciudad no olvido que aquel hombre de la calle, despreciado y hambriento, bien pudiera ser yo, pues nadie sabe por cuántas cosas pasamos, confundidos ante las maquinaciones del enemigo, siempre mentiroso y despiadado.

Así pues, comparto mi entender diciéndole respetuosamente Maestro Saramago que Dios (con mayúscula) sí está en cada uno de nosotros, en los regalos cotidianos de la vida, en los momentos de gozo que vienen a acompañarnos en medio de tanta basura guiada por el príncipe de este mundo, en los talentos misteriosos que hemos recibido (¡vaya el que le ha dado a usted para escribir!), y en las oportunidades repetidas que tenemos para reincidir en el misterio eterno del amor, en mi caso en un nuevo, y tercer matrimonio—aunque en realidad el primero, pasando por dos anulaciones que demuestran la misericordia de Dios hacia mí—uno en orden después del caos con mi bella y virtuosa Marta y adornado por el regalo de dos hijas hermosas Cristina y Mariana, cual añadiduras fieles a promesas verdaderas, como se observa en esta fotografía reciente, posterior a la carta original, en Espetus, nuestro restaurante favorito en San Francisco.

¡Cuántas vueltas ha dado la vida y cuán ciertas son las promesas del cielo! Y es que mi mamá no se perdió al haberle llevado mi abuelo un sacerdote quien la ungió antes de morir y también fue así pues la salvación llegó a toda mi casa, cual resumido en la siguiente fotografía que incluye a mi papá Carlos, mi madrastra Connie y mis hermanas Patricia, a la derecha, y Xiomara. ¡Dios es muy grande!, lo decía con gran alegría y conocimiento mi abuelita.

¿Cómo no alabar a Dios? ¿Cómo no recordar un himno que aprendí con Aurita, mi madrina espiritual, y en el Minuto de Dios, hoy por hoy, hace más de 30 años?: “Has cambiando mi lamento en baile, me vestiste de alegría, por eso a Ti cantaré gloria mía, y no me estaré callado. Señor, Dios mío, te alabaré, te alabaré para siempre, pues has cambiado mi lamento en baile, Señor, Dios mío, te alabaré”

… Dijo Jesús que ¿quién no estuviera con Él estaría en su contra? Yo de mi parte creo que sí, como también creo que dijo a continuación que quién no recogía con Él más bien desparramaba, como lo atestiguan de una forma coherente las múltiples traducciones de la Palabra antigua y eterna. Aquí yo veo, tal y como lo intento expresar en la parábola de la recta hipotenusa, que la aseveración no es sólo cierta, sino que en verdad es muy fácil no permanecer en el amor mismo que es Él y más bien dedicarse a acusar y a dividir (en cascada) como lo hace siempre su opuesto, el diablo. Pues aunque la implementación de su amor a través de la historia ha estado manchada por la hipocresía humana, por nuestro pecado, la invitación a amar (la esencia de las Buenas Nuevas), expresada siempre por un remanente santo y contradictorio para el mundo, se mantiene como la única salida a nuestros meollos.

A este respecto me parece muy grave, compartiendo su entender, que algunos que se dicen ser “nacidos de nuevo” empleen esa misma notación en un contexto errado para justificar acciones de imperio que en nada son acordes con el mensaje de amor y reconciliación presente en el Evangelio. Pues Jesús nos dice también que no juzguemos, o más correctamente que no condenemos (así lo creo), y hay muchos “ricos” en este mundo que sienten que sólo por ellos murió Él en la cruz, y así, al sentirse dueños ya del reino de los cielos, sin admitir sus culpas, y como si no tuviéramos que tomar la cruz todos los días, desparraman con su falsa retórica y acompañados por sus inexcusables acciones. Porque si al Cristiano se le reconoce por el fruto del amor y si la “democracia” fuera en efecto la solución, no habría necesidad de bombardear al enemigo para mostrarle el camino.

Creo que usted tiene razón al mostrar lo que hay debajo de “las piedras”, pues la verdad es ineludible, aunque a veces parezca que en una manifestación por la paz, o en un gran triunfo deportivo, o acaso en una boda real, puedan suplirse las necesidades inherentes de la gente. Como bien lo expresó Platón en su alegoría del cavernícola (siempre tan moderna como usted lo sabe) y como está definido en las Buenas Nuevas, la persecución del iluminado es una realidad inevitable, y, así, en medio de dificultades y soledades, intento compartir un mensaje improbable de amor por medio de la ciencia moderna, confiando en el poder de Dios, en su tiempo perfecto y en sus promesas certeras.

Créame que no me es fácil el mostrar lo que tengo, ay tengo,  en medio de un mundo que vive tan aprisa, en medio de tantas mentiras tan obvias y tan arraigadas, en medio de diversas instituciones del saber, tan vanidosas, que ignoran a un pequeñín por su “fanatismo” al mezclar lo impensable o por su carencia de “educación” religiosa. Pero me lleno de valentía y, a pesar del susurro insistente de dos tercios, o sea del diablo en acción, me atrevo a repetir lo que parece imposible, pues intuyo el triunfo que todos deseamos, esa victoria verdadera y justa de un “pequeñismo” común y vibrante, una comunidad de santitos, que sólo puede lograrse, sin odio alguno, en la hermandad encarnada del amor de Jesús.

Como se lo propuse anteriormente, si lo desea podría visitarlo para aclararle lo que no esté suficientemente explicado en mi envío. Con gusto le contaría cómo experimenté otras noches y días enamorados más pausados, cómo han llegado otras piezas del rompecabezas: el diseño matemático bidimensional del ADN en la campana de Gauss, la insólita higuera de la ciencia moderna, el Espíritu Santo en las matemáticas y las Sagradas Escrituras (así lo creo, Sagradas) en el relato de la Vid y los sarmientos, la Santísima Trinidad en el tercer diagrama de arriba a abajo, y otras relaciones improbables pero coincidentes que nos muestran el amor de Dios y nos llaman a Él.

Sé muy bien Maestro Saramago que no he logrado contestar plenamente sus inquietudes y preguntas, pues en concordancia con las palabras del poeta León Felipe que usted citó, yo tampoco sé muchas cosas. Es así, en ese mismo espíritu de humanidad y humildad, pero animado por la fe que trasciende mi inteligencia, que le envío mis mejores deseos con un abrazo fraternal.

Con optimismo,

carlos

Como epílogo de este relato, es pertinente decir que a pesar de algunas comunicaciones menores entre nosotros, incluyendo una en la que él me dio permiso para usar lo que había escrito acerca de mi parábola La Hipotenusa (que le parecía que era como tener en sus manos un libro desconocido de Borges), no me fue posible departir con el Maestro Saramago en persona. Sin embargo y de una forma bellamente sutil, el destino permitió que yo estuviera en Lisboa, justamente en el momento de su velorio en 2010, cuando iba de paso a una conferencia de Hidrología en Coimbra días después. Allí, en la Plaza del Ayuntamiento y en medio de una vigilia secular muy sentida, oré por él una Novena de la Divina Misericordia. Ciertamente, le he pedido a Dios que mi carta le haya ayudado a ver la luz de Jesús

… Para finalizar esta campanita llena de tantos recuerdos, a continuación viene una canción que intenta resumir lo que se observa en el alambre positivo-positivo límite, uno repleto de cruces y de unidad infinita capaz de trastocar la muerte en vida.

¿Y si nos dejáramos ya transformar plenamente? ¿Si nos salvara la campana, justo antes de estar casi noqueados? ¡No habría ya entropía alguna sino sólo plena sabiduría! Como sólo el amor unitivo nos sana, nos libera del pecado y nos guía, allí llegaríamos a la verdadera normalidad, pues, como es bien sabido, a la campana de Gauss también se la conoce como la curva normal.

¡A bailar se dijo! ¡Hay fiesta eterna!

LA TRANSFORMACIÓN

¡Aquí está la clave, como alas de ángeles!

¡Siempre unitiva positiva y pa’ arriba!

¡Con la transformación hacia el cielo!

Hay una transformación
ay que vence la agonía,
existe sólo una oblación
ay que enciende la alegría.

Hay una transformación
ay que derrota la entropía,
existe sólo una oblación
ay que engendra la armonía.

Hay una transformación
ay que excluye la rebeldía,
existe sólo una oblación
ay que incita a la poesía.

Hay una transformación
ay que derroca la cobardía,
existe sólo una oblación
ay que regala toda cuantía.

Hay una transformación
ay que es santa sabiduría,
ay sólo esa oblación
a la noche vuelve día.

Ay sólo el amor,
sólo el amor,
ay sólo el amor…

Es verdad…

Ay te digo verdad
esto no es teoría.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay pero con todo
dejando bobería.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay to’ lo sana amigo
esto no es fantasía.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay pero pleno na’ má
con toda valentía.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay to’ lo puede
su canto cambia el día.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay en el ciento
se haya su compañía.

El poder del amor
transforma tu día.

Ay sólo el amor,
sólo el amor,
ay sólo el amor…

Puente de paz…

Ay es poderoso
enciende la alegría.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Ay todo provee
no exige regalía.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Ay te repito
derrota la entropía.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Ay su campana suena
todito el día.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Ay acoge lo de más
como lo hizo María.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Ay es fuego eterno
bautizo de poesía.

Ay sólo el amor
te sana y te guía.

Shanti Setú…

Hay una transformación
ay que es santa sabiduría,
ay sólo esa oblación
a la noche vuelve día.

Ay sólo el amor,
sólo el amor,
ay sólo el amor…

(Septiembre 2001)


La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas