Cosas raras

Aunque el libro del Eclesiastés afirma con vehemencia que “nada nuevo hay bajo el sol” (Qo 1:9), están sucediendo cosas raras, o por lo menos a mí me lo parece. No, no hablo precisamente de péndulos oscilantes en comicios electorales en el país más poderoso del mundo. Hablo más bien de otras cosas que han venido ocurriendo en nuestros tiempos modernos, cosas a las que nos hemos venido acostumbrando y que, pienso yo, no deberían ser así.

A finales del pasado mes de octubre, y convocado por el Papa Francisco, se celebró en Roma un encuentro de oración interreligioso por la paz, el cual incluyó diversos líderes, unos cristianos y otros no. Aunque algo así ya había sucedido en el pasado, en célebres encuentros ecuménicos de oración realizados en Asís—la ciudad del muy querido San Francisco de Asís—promulgados en 1986, 1993 y 2002 por el Papa Juan Pablo II y en 2011 por el Papa Benedicto XVI, a mí me sigue pareciendo extraño el que cada uno de los presentes le rece a “su dios”, como si todos ellos fueran iguales y como si no existiera sólo un Dios verdadero y Trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Este último encuentro “entre hermanos”, refrendado por una reciente encíclica del Sumo Pontífice llamada Fratelli Tutti introducida en Asís, pone de manifiesto el bello concepto unitivo de la “fraternidad humana”, el cual, sin embargo, al llevarse a cabo empleando un común denominador difuso, deja tristemente de lado a quien puede lograr el éxito de la gestión, a Jesucristo mismo, por medio del cual podemos convertimos en verdaderos hermanos (Heb 2:11). Es una pena que el encuentro se juegue buscando un acuerdo por abajo y no por arriba, pues la hermandad surge del vital sacrificio de Jesús en la cruz, sin el cual no hay luz que pueda lograr la unidad, pues,

La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; lo cual no nació de sangre, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios(Jn 1:9—13).

A mí estos rezos interreligiosos siempre me han parecido particularmente raros pues entiendo que las Sagradas Escrituras no nos invitan a ellos. Dios es un Dios celoso, nos lo repiten los textos enfáticamente (Ex 34:14); Él es el único Dios verdadero y Trino—Padre, Hijo y Espíritu Santo (1 Jn 5:7); y Él no aprueba que se adore a otros dioses, que por ende son falsos ídolos (Sal 96:5). Mezclar pues al Dios Trino con otros que no lo son para rezar por la ansiada paz es en efecto chocante, así suene “bonito” incluir una diversidad de pueblos en una aparente “unidad”. Todo eso representa, al final, un acto de idolatría que no puede ser agradable a Dios, máxime si el evento está siendo fomentado por el sucesor de Pedro y sin llamar al único camino al Padre con el debido énfasis.

A este científico algo extraño le causa dolor observar estos intentos humanos de unión sin el verdadero Dios, pues la enseñanza que más he compartido en mi vida, una vez comprendí en mi corazón las buenas nuevas—cual relatada de viva voz aquí y en textos aquí y aquí—es aquella que ilustra a partir de la ciencia la veracidad de las famosas palabras de Jesús en el Evangelio según San Juan:

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí(Jn 14:6).

Si en verdad la cita es correcta y no admite contradicción alguna, entonces mi Iglesia universal, o sea Católica, debería atraer a quien esté fuera de ella hacia la plenitud, cual hacía antaño y acorde con la Tradición de la Iglesia hasta el Papa Pío XII, pues Jesús es, en efecto, el único nombre dado a nosotros para la salvación de las almas (He 4:12). Hacer esto es en verdad algo vital y relevante—es decir, lograr la salvación de las almas—pues no se accede al cielo de una forma democrática con común denominador difuso, sino aceptando la necesidad de un Salvador quien por su amor abrió la puerta para que no perezcamos y más bien por medio suyo tengamos vida eterna (Jn 3:16) …

… Se debe notar, en honor a la verdad, que el arraigado ecumenismo no es tan raro en nuestros tiempos modernos, pues dicho comportamiento es el común denominador—valga la repetición—que rige las relaciones “civilizadas” entre los pueblos del mundo. La llamada doctrina del “todo vale”—o sea la salvación con Cristo o sin Él—apareció de una forma velada en mi Iglesia Católica como consecuencia del bien intencionado Concilio Vaticano II celebrado en Roma de 1962 a 1965, el cual intentó llevar la iglesia a los “tiempos modernos”. Allí, en Nostra Aetate, el más corto de los documentos promulgados por el Papa Pablo VI, la Iglesia Católica expresó que “estimaba” las demás religiones y que no rechazaba lo “verdadero y sagrado” en ellas, lo cual abrió la puerta, acaso sin quererlo, al entender plural actual.

La idea original de Nostra Aetate fue del Papa Juan XXIII, promotor inicial del Concilio, quien deseaba armonizar la relación de la Iglesia con el pueblo judío, quienes naturalmente no apreciaban ser conocidos como los culpables de la muerte de Jesús (Mt 27:25, He 2:22—23) y quienes, en ese tiempo posterior a la segunda guerra mundial, se dolían por el horrendo holocausto discriminador que sufrieron. El documento pasó por varias versiones y al enfatizarse con los judíos la fe común por medio de Abraham, se agregaron también al texto a los musulmanes y finalmente a todas las demás religiones como representaciones dignas de todo respeto.

Aunque el pequeño documento no constituye, dicen algunos, un escrito irrevocable de la Iglesia Católica, allí quedaron las bases para el surgimiento del relativismo moderno presente en los encuentros de oración en Asís y demás, incluyendo el advenimiento en 2019 de un “Documento sobre la fraternidad humana por la paz humana y la convivencia común”, firmado por el Papa Francisco y el líder religioso musulmán Ahmed Al-Tayyeb, el cual básicamente equipara las religiones. Con razón, aunque no sea coherente con lo escrito en la Biblia, el Pontífice afirma que tal documento no se aparta de lo definido en el Concilio Vaticano II.

¿Quién soy yo para imputar una falsedad al Concilio, cual implicado en mi canción “El insilio” en la campanita anterior? Claramente, yo no soy más que un pequeñín pequeñito que observa lo que sucede y entiende y cree que Jesús es el único camino, así el “progreso” basado en Nostra Aetate afirme lo contrario. En mi opinión y cual explicado en mis pláticas, Jesús y sólo Él es la puerta por la que debemos entrar (Jn 10:9) y así el equiparar todas las religiones se convierte en algo falso. Claro, los documentos conciliares contienen también aspectos estimables como una bella invitación a la santidad para todos los miembros de la Iglesia cual vocación esencial en Lumen Gentium, pero el no enfatizar suficientemente que el sacrificio de Jesús en la cruz sea la única entrada al cielo, creó y crea, por decirlo suavemente, una confusión indeseada.

En estos tiempos modernos del covid-19, 55 años después del famoso Concilio, vivimos, digo yo, en una época francamente extraña, pues cada vez más nos acompañan verdades que son mentiras y mentiras que se definen como verdades. Esto no es del todo nuevo, claro está, pues dicha rareza se ha venido infiltrando, poco a poco, con debida propaganda masónica de “libertad, igualdad y fraternidad”, sin Cristo, desde hace años. Sabiendo muy bien que yo no soy nadie para juzgar, pero creyendo que el Justo nos juzgará a todos al final, no puedo dejar de observar a aquellos que en vez de centrarlo todo en Dios, lo hacen en el hombre; aquellos que en su afán de forzar ese denominador común difuso desean, al final, eliminar el sacrificio de Jesús en la cruz como la única fuente de salvación para la humanidad. Pensando en éstos me estremezco y medito las palabras siempre vigentes de San Pablo, cuando dijo,

“Porque muchos viven según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y cuya gloria está en su vergüenza, que no piensan más que en las cosas de la tierra. Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas” (Flp 3:18—21).

Yo, un ser casi insignificante de la ciencia, a quien se le dio por suerte y sin merecerlo entender una lección de una higuera improbable, no dejo de mirar estas cosas raras y observar que ellas son consistentes con la llamada “apostasía” predicha en el fin de los tiempos, antes del retorno glorioso de Nuestro Señor Jesucristo (2 Te 2:3). ¿Sé yo cuándo será el momento del gran retorno de Jesús? Sobra decir que no, pues Jesús mismo dijo que no se sabía (Mt 24:36). Pero aunque eso sea así, creo que lo que observamos a partir del Concilio Vaticano II, desde que el Papa Pablo VI abdicara su tiara en el Concilio y nunca más haya sido usada, es algo raro, algo que apunta, conjuntamente con otras señales, a que debemos estar bien preparados para cuando vuelva Jesús, pues su venida, nos dice Él, va a ser como cuando llega un ladrón en medio de la noche (Mt 24:43).

A continuación y para terminar vienen dos canciones. Una que expresa la forma sutil en que se han asentado las cosas raras y que incluye alusiones a la higuera de la ciencia y a señales proferidas por la Virgen María, Madre nuestra—en Fátima, “efectivamente Satanás logrará introducirse en la cima de la Iglesia” y en La Salette, “Roma perderá la Fe y se convertirá en la sede del Anticristo”. Y la otra, una que recuerda el destino final del enemigo esencial, quien de acuerdo a las Escrituras y la ciencia, terminará en un infierno real, el cual debemos evitar a toda costa, aún si nos dicen que acaso ni existe.

CARIDAD Y CLARIDAD

Hermano, no sé cuándo, pero se acercan dos testigos…

Inspirada por “Espíritu burlón” de Enrique Jorrín

Aquí hoy recuerdo
maligno que daña,
confunde a la gente:
aunque derrotao.

También ay alabo
al santo que sana,
Él salva a su gente:
oh amigo sagrao.

Hoy ya el humo
se nota en la cima…

Sigue la claridad
siempre con caridad,
siempre con caridad
sigue la claridad.

Caridad sin precisión
y el engaño se coló,
el pecado es opinión
y la verdad se enfrió.

Sigue la claridad
siempre con caridad,
siempre con caridad
sigue la claridad.

Claridad sin corazón
y lo legal se cambió,
se manchó la devoción
y a pocos les importó.

Sigue la claridad
siempre con caridad,
siempre con caridad
sigue la claridad.

Por abrazar compasión
lo torcido se encubrió,
se violó la proporción
y con gestos se avaló.

Sigue la claridad
siempre con caridad,
siempre con caridad
sigue la claridad.

En medio de confusión
un ultimátum llegó,
es tiempo de decisión
hasta a mártir llego yo.

Entrégate
todito a Dios,
Espíritu
no cambia, no.

Ay Fátima
ay La Salette,
María avisa
lo oscuro no es.

Ay óyelo
regresa fiel,
con armonía
es como es.

El viento impuro
augura mal clima…

Siempre con caridad
sigue la claridad,
sigue la claridad
siempre con caridad.

Claridad en salvación
verbo puro sí cumplió,
sin veneno en intención
sólo mieles del amor.

Siempre con caridad
sigue la claridad,
sigue la claridad
siempre con caridad.

Caridad y no ficción
y animando, ¡cómo no!,
aclarando bendición
sin trocar un sí y un no.

Siempre con caridad
sigue la claridad,
sigue la claridad
siempre con caridad.

Por su santa relación
hijos bellos Él gestó,
nos sostiene su pasión
el burlón no lo glorió.

Siempre con caridad
sigue la claridad,
sigue la claridad
siempre con caridad.

En medio de desazón
y sabiendo quien dotó,
basta mira su perdón
es en Cristo que soy yo.

Confiésate
ay fiel es Dios,
Espíritu
dotó su amor.

Ay Fátima
ay La Salette,
oye otro aviso
la higuera es.

Ay bájate
con rapidez,
la apostasía
ay tú la ves.

(Mayo 2016)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

¡FUEGO!

¡Evítalo que es eterno!

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego,
ay camará.

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego
ve la verdad.

Príncipe del viento
que lo recto rompes,
mentiroso esperpento
que devoras hombres.

Cara pálida perverso
tan vacío y roto,
violento, orgulloso,
espinoso y caótico.

El día ya llega,
en verdad ya vino,
nunca diste fruto
fuego es tu destino.

Hijos de mujer
observan ya al hijo,
soplando todo mal
y acabando contigo.

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego,
ay camará.

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego
ve la verdad.

Por mentiroso,
desde el principio,
por asesino,
fuego.

Por su injusticia,
y su codicia,
por dividirnos,
fuego.

Por su egoísmo,
irreverente,
por su desprecio,
fuego.

Por su malicia,
desobediente,
por tanta intriga,
fuego.

Por su rencor,
y el falso amor,
por toa la guerra,
fuego.

Por negativo,
viento de muerte,
es su destino,
fuego.

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego,
ay camará.

Fuego, fuego na má
lo que viene es fuego
ve la verdad. (2)

(Agosto 1999)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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