Por la hipotenusa en San Pedro

En los últimos diez años he tenido la oportunidad de compartir conferencias en Roma, en el programa de Ciencia y Fe del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, invitado allí por mi buen amigo el Padre Rafael Pascual, quien me vio en acción en un congreso en la muy bella Puebla de los Ángeles en México en el 2002. Ha sido un gran honor para mí el enseñar en la ciudad eterna y eso me ha permitido, entre otras cosas, adentrarme en la oración, rezando sentidos Rosarios por la humanidad entera circundando el Vaticano, y meditando, tanto los misterios establecidos, gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos, como los “de la higuera”, que un buen día me inventé.

Un mes después que el Papa Francisco fuera escogido para reemplazar al renunciante Benedicto XVI en el año 2013, me tocó por suerte estar allí en Roma compartiendo mis charlas. Así, aún estupefacto ante el insólito cambio de guardia, pude presenciar una audiencia general en la Plaza de San Pedro, un día miércoles.  Recuerdo que fue un encuentro particularmente festivo y por los jubilosos vítores “Francesco, Francesco” pude comprender el porqué algunos auguraban que vendrían tiempos mejores para la Iglesia, tiempos seguramente más humanos.

Inspirado por lo que sucedía, llegué a pensar que mi viaje anual a Roma podría acaso ser propicio para intentar tener contacto directo con él, tal y como lo reportaban con emocionada sorpresa algunos seres sencillos. Así, y luego de escribirle varias veces durante su primer año, me preparé para tratar de darle mis libros en persona durante mi siguiente visita y para pedirle, lleno de valor y fe si lograba hablarle con calma, que me ayudara a compartir con mayor éxito las buenas nuevas de Jesús a partir de la ciencia, de modo que pudiera serle aún más fiel a lo que expresa el Evangelio, en particular el de San Marcos al final, que nos impele a proclamar—por el mundo entero—el inigualable y necesario amor redentor de Jesucristo (Mc 16:14–16).

Así pues, en otro día miércoles de audiencia al aire libre en el año 2014, un poco frío en medio de la primavera romana, llegué muy temprano a la gran plaza, y bien vestido para la ocasión, como lo hubiera aprobado orgullosa mi abuelita Fanny. Dada mi experiencia, sabía que para poder tener acceso al Pontífice debía estar en la primera fila de una sección en la que dividen la famosa glorieta para la efeméride. Observando que iban a abrir una zona, me quedé quedo, mirando a lo lejos, respetuoso y a la expectativa, y, apenas noté que ya era el momento, salí corriendo hacia la primera fila, hacia la intersección de dos vallas perpendiculares. Quedé en una silla en la mera hipotenusa, y de allí el título de esta campanita.

A mi lado llegaron, también corriendo, otros feligreses como Leonardo, un amigo solidario quien no por azar me fotografió con mis libros, y un niño juguetón que se me colaba a mi derecha y a quien su mamá le gritaba, desde varias filas atrás, “Mateo la capucha”, pues a veces llovía.

Gracias a Dios no llovió con fuerza y el sonriente y luminoso pasajero del papamóvil, que se contoneaba graciosamente, pudo hacer su ronda acompañado de aplausos y vivas en varios idiomas. Súbitamente, el bullicio se sintió ya cercano, aumentó la expectación, y llegó el lento pero rápido cortejo hacia mi callejón. Para mi fortuna, él miraba hacia mi lado. A punto de llegar a mí le grité: “¡Francisco, unos libros para ti y para Obama, tómalos!”, lo cual él hizo moviéndose hacia adelante y diciendo “gracias”. Yo, cautivado por el instante, le volví a gritar: “¡bendición!” y proseguí a bendecirlo. Y cuando él se dio cuenta de lo que yo hacía, se volteó hacia mí y me bendijo. Fue algo emocionante, y yo solía contar la historia en conferencias o en clases diciendo graciosamente: “no se metan conmigo, pues estoy bendecido por el Papa”

… Al Obispo de Roma, como él se hizo llamar cuando empezó su reinado, le di mis libros La Higuera & La Campana y La Hipotenusa en español, con una copia de la parábola The Hypotenuse, en inglés, para el entonces líder del país más poderoso del mundo, con quien se reunía al otro día. De mi parte sabía que a éste también le enviaría dicha obra que, entre otras cosas y como se explicó en una campanita anterior, modela las desigualdades reinantes en Estados Unidos y en el mundo entero, y muestra la única solución equilibrada en la implementación debidamente entendida y, por ende, no forzada del amor de Jesús.

Todo esto ocurrió en la Cuaresma, durante la misma época que ya casi termina, pocas semanas antes de la Semana Santa que ya empieza y así, una vez concluidas mis conferencias el jueves en la noche, pude adentrarme el viernes en el misterio del Sacramento de la Reconciliación, participando en un servicio penitencial en la Basílica de San Pedro, presidido por el mismo Francisco. Allí volví a llegar temprano y quedé relativamente cerca del principio de una larga cola que le daba la vuelta a la plaza con obelisco en medio.

Dado que muchos querían colocarse al centro de la nave para poder tener una mejor vista de él para fotografiarlo, una vez se permitió el ingreso al templo pude llegar, nuevamente corriendo, a la primera fila posible, otra vez ante una valla que ahora dividía a laicos y a prelados ataviados con colores rojos y púrpuras, y muy cercana a la famosa estatua de San Pedro. Quedé en diagonal a la silla del celebrante—no un trono como antaño—y a la izquierda de una amable señora argentina, hoy por hoy mi amiga Claudia Dattilo, con quien departimos acerca de lo que hacíamos: ella intentando un programa denominado La Semana de Francisco y yo soñando con poder hacer más por Cristo, mi Señor.

Allí, en el ejercicio de la solidaria compasión, Claudia me habló de un Monseñor llamado Guillermo Karcher, también argentino y a quien me mostró a lo lejos cerca del majestuoso altar encima de la tumba del primer Pontífice, quien acaso, el Monseñor, valga la aclaración, pudiera servirme de puente para llegar a su Jefe, pues él ayudaba a su programa semanal consiguiendo que pudieran estar presentes en eventos privados de Francisco. Así, en medio de conexiones inesperadas, como orquestadas desde lo alto, gocé mucho el pomposo servicio que contuvo hermosos cánticos y, en particular, la vital oportunidad de la—tan despreciada—confesión.

Una vez regresé con espíritu renovado a casa, a la muy bella Davis en California, le escribí a Claudia y recibí de su parte las coordenadas del Monseñor. Cuando se avecinaba ya la Semana Santa, me inspiré y le escribí pidiéndole que le diera a Francisco mi carta número ocho, aquí adjunta, que incluía algunas aseveraciones acerca de cómo la teoría del caos es útil para comprender algunos pasajes bíblicos enigmáticos y relevantes. Mi carta esbozaba también mi deseo de reunirme con él cuando lo quisiera y también incluía los misterios de la higuera antes nombrados—incluidos dos que sucedieron en la semana mayor aunque la Iglesia no los enfatice para centrarse en la Pasión: la maldición desconcertante que Jesús hizo de una higuera sin fruto hasta secarla cuando regresaba a Jerusalén el lunes desde Betania (Mt 21:18–22, Mc 11:12–14; 11:20–23) y la parabólica lección pocos días después en el Monte de los Olivos acerca de otra higuera con rama tierna y brotes como preámbulo de su segunda venida (Mt 24:32–35, Mc 13:28–31, Lc 21:29–33).

Pocos días después de la Pascua, recibí una respuesta breve del Monseñor que decía que el sucesor de Pedro había leído mi envío con detenimiento” y que podía escribirle a él por medio suyo. Este fue, indudablemente, un evento gratificante, un gran triunfo, pues llegaba como fruto de intentos repetidos por diversas rutas y por años. No pocos amigos, incluido el padrino de este blog, se emocionaron con mi alegría y algunos hasta se atrevieron a vaticinar, esta vez con optimismo y contrario a lo sucedido anteriormente con el Nobel Saramago, que Francisco me contestaría y que llegaría a él …

… Le escribí un total de dieciséis veces, es decir ocho cartas más a partir de la que leyó. En contra de los buenos augurios, sin embargo, nunca llegó—como en efecto no había llegado tampoco un comentario a mi octavo envío—respuesta alguna. No arribó una esquela romana, ni siquiera una palabra “misericordiosa” de aliento a mis esmerados escritos, la cual hubiese sido bienvenida. Aunque logré reunirme en el año 2015 con el amable Monseñor Guillermo Karcher, comprendí, por razones cada vez más evidentes y en contra de mis instintos básicos que siempre me han instado a insistir, que no debía intentar más pues lo había entregado todo.

En verdad lamenté y lamento que mis envíos no hayan suscitado un encuentro con Francisco. En efecto me hubiera montado y me montaría gozoso en un avión para explicarle lo que sé, pues creo, de corazón, que lo que Dios me regaló de forma inmerecida, y más allá de la improbabilidad que “algo bueno” (Jn 1:46) pueda salir de un “científico” y más aún uno “colombo-americano” y sin estudios formales de teología, es valioso para animar de una forma novedosa y urgente al amor y la paz de Jesús, y solo a Él. De veras creo, humildemente, que lo que me ha sido dado debería ser acogido en mi Iglesia Católica, por ejemplo en la Comisión Pontificia para la Nueva Evangelización, pero mis repetidos intentos allí han sido infructuosos.

Dejando para una campanita futura algunas reflexiones que acaso permiten comprender el porqué de silencios reiterados a mis esfuerzos, silencios solitarios y dolorosos que ciertamente palidecen ante el sufrimiento de Nuestro Señor durante la semana en que se celebra nuestra redención, a continuación incluyo y leo la poesía Puente de amor que cerró la carta que él leyó. Ésta, la octava, o la del infinito rotado—pues la Nueva Alianza de Dios con nosotros por medio de Jesús, y solo Él, es la octava y provee, si le somos fieles, el regalo de la vida eterna, o sea el infinito—concluye, en efecto, con una inspiración muy especial para mí, pues llegó como escrita en primera persona por el discípulo Natanael, según Él, “un israelita carente de engaño”, quien aceptó al único salvador inmediatamente, solo porque Jesús le dijo que lo había visto bajo la higuera (Jn 1:45–51). ¡Cuán hermosa es la relación entre el ocho y el infinito y qué bonito y curioso es el pasaje que define el tercer misterio de la higuera! ¿No les parece?

Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, quien muere: sufriendo una agonía solitaria por nuestro pecado, azotado vilmente por nuestro pecado, escupido toscamente y coronado con las espinas de nuestro pecado, cargando las pesadas cruces de nuestro pecado y clavado en el madero hasta la muerte misma por nuestro pecado, blanquee todos nuestros corazones por medio de la conversión—ojalá durante la Semana y hasta el más alto nivel en su desposada Iglesia—, para que, al renacer en Él, podamos servirlo en la unicidad de su amor hasta que vuelva y gozando de su unidad en la eternidad.

Puente de amor

¡A Natanael, un israelita puro!

Estuve bajo la fronda
hilvanando una oración,
y un amigo de esa era
compartió su bendición.

Le seguí por insistente
reprendiendo mi razón,
y de forma sorprendente
se encendió mi corazón.

Caminamos a su encuentro
en pos de profunda unción,
y por la luz en mi centro
conocí la santa opción.

Comprobé por su discurso
que leía mi intención,
y por árbol alegórico
supe que era hijo de Dios.

Le entregué toda mi suerte
en sentida conversión,
y con su verbo potente
predijo una gran visión.

Anduve por el sendero
compartiendo su canción,
y con un gozo sincero
repartí su sanación.

Luego vino la tibieza:
mi dolida deserción,
y en medio de mi pobreza
reencontré su compasión.

Lo vi subir a lo alto
confirmando predicción,
y con fuego de su mando
él mostró su protección.

Fueron esos tiempos plenos
de asombro y revelación,
y viajamos por el mundo
proclamando redención.

Hoy contemplo agradecido
mi martirio y vocación,
y recuerdo conmovido
como fui puente de amor.

(Mayo 2001)

La poesía se puede escuchar aquí…

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