Fiesta en el cielo

Celebramos con alegría y con debido asombro uno de los eventos más espectaculares de la vida de Jesús: su ascensión al cielo.

Tal y como lo relata el Evangelio según San Juan, el primer discípulo en saber acerca del suceso, y de una forma profética, fue Natanael, quien, además de ser un israelita de verdad, fue visto por Él bajo la enigmática higuera. El emocionante relato dice:

Felipe encontró a Natanael y le dijo: ‘Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas; es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.’ Le respondió Natanael: ‘¿De Nazaret puede haber cosa buena?’ Le dijo Felipe: ‘Ven y lo verás.’ Cuando vio Jesús que se acercaba Natanael, dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.’ Natanael le preguntó: ‘¿De qué me conoces?’ Respondió Jesús: ‘Te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes de que Felipe te llamara.’ Le respondió Natanael: ‘Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el rey de Israel.’ Jesús le contestó: ¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Y añadió: ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre‘ ” (Jn 1:45—51).

El evento en sí, sucedido varios años después y cuarenta días después de la resurrección del Mesías (Hch 1:3), está relatado en el Evangelio según San Lucas y en los Hechos de los Apóstoles de la siguiente manera:

“Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén llenos de alegría” (Lc 24:50—52).

“Fue levantado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras ellos estaban mirando fijamente al cielo, viendo cómo se iba, se les presentaron de pronto dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: ‘Galileos, ¿por qué permanecéis mirando al cielo? Este Jesús, que de entre vosotros ha sido llevado al cielo, volverá tal como lo habéis visto marchar‘ ” (Hch 1:9—11).

Aunque acaso no se comprenda a primera vista, las citas bíblicas usadas aquí están relacionadas de una manera coherente por el color utilizado. Por ejemplo, el azul del cielo y de Jesús y el verde de los higos se entrelazan, pues Betania, cerca de donde Jesús subió al cielo, quiere decir casa de higos en arameo. Y es que la conexión va más allá, pues dicho sitio es también el mismo en donde Él pasó la noche después de entrar a Jerusalén montado en un burrito, para luego volver a la ciudad, no sin antes maldecir y secar una higuera que acaso no tenía la culpa de no tener higos, pues no estaba en estación (Mc 11:12—14, 20—23).

El color magenta también aparece de una forma congruente y ligado con la simbólica higuera, pues lo que dijeron los dos hombres vestidos de blanco—con ese color para que puedan verse—se relaciona, a su vez, con el retorno de Jesús, cuando Él dijo, por ejemplo, en el Evangelio según San Marcos:

“De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mc 13:28—31).

¡Vaya concordancias coloreadas las de la higuera con la ascensión—claramente en anaranjado—y también con el retorno de Jesús, y con Natanael y los demás discípulos, a su vez, unidos todos hasta nuestros días por la feen un tono marrón! Pues, por el lado opuesto, Adán y Eva—en rojo al pasarse el semáforo que no debían como lo hizo el maligno—intentaron cubrir infructuosamente el polvo de su pecado con hojas de higuera (Gn 3:7), y, también, no pocos seres modernos optan por no reconocer a Jesús y los símbolos de los que Él habló, en aras de acoger algo que suena bello, pero que no está así descrito en la Palabra: una unidad de Dios con todos, a como dé lugar, y sin excepciones.

Si no lo han hecho aún, los invito a considerar las campanitas “Hablemos de caos“, “La realidad del infierno” y “La higuera improbable“. Aunque lo que está allí no es trivial y toma su tiempo entenderlo, su mensaje es muy bello y provechoso, pues allí se muestra, a partir de una higuera moderna de la ciencia—¡así lo creo, en verde!—, que Jesús es la puerta angosta y que sólo por Él, con Él  y el Él podemos aspirar a ir a una gran fiesta real, que también nos podemos perder, simplemente por tontos.

Esta repetición de tres veces Jesús resulta ser no sólo un trabalenguas bonito y conocido, sino pura verdad Eucarística, tal y como se explica en la popular campanita “La sorpresa exponencial“, aunque primen en las explicaciones las matemáticas y la geometría, además de la Palabra

…  Jesús subió al cielo, en particular, para preparar mansiones a sus fieles seguidores (Jn 14:2), los cuales estarán presentes, al final de los tiempos, en la fiesta que cuenta: la majestuosa boda de la Iglesia verdadera con Él, el Cordero de Dios, quien vino a salvarnos (Ap 19:5—10). ¡Vaya celebración la que nos espera! Pero, en medio de la alegría y la anticipación, surgen tres preguntas: ¿Estaremos celebrando todos, toditos, todos, o sólo unos elegidos? ¿Será que el infierno es solamente un cuento y nadie terminará sufriendo allí contrario a lo que dejó ver María en Fátima? ¿Será que esto, y todo lo demás que estoy intentando mostrar por medio de estas campanitas es simplemente una suprema tontería?

Como es bien sabido, Jesús advirtió que no era menester de los apóstoles, incluidos Felipe y Natanael, el saber, en ese momento, cuándo retornaría Él (Hch 1:6—7), y más bien los instó a recibir el Espíritu Santo que les enseñaría todo y les recordaría todo lo que Él había dicho (Jn 14:26), de modo que ellos—y nosotros—pudiéramos llegar a ser testigos suyos hasta todos los confines de la tierra (Hch 1: 8).

Aunque el mensaje de amor pleno de Jesús ha sido, es y siempre será el mismo, la historia ha continuado desde que Él ascendió y, así, creo que es menester, hoy por hoy, leer los signos—los que Él mismo definió para darnos guía—de modo que estemos debidamente preparados cuando Él regrese. Pues, como se ha explicado en la campanita “Más señales y el lucero pleno“, tanto en una higuera moderna de la física del caos como en otras señales en la ciencia y en otros ámbitos verdaderos—cual fieles semáforos en verde—se pueden reconocer recordatorios esenciales que es prudente tener en cuenta, así la fecha exacta sea desconocida.

Aunque las conexiones resumidas aquí son ciertamente insospechadas, desecharlas pensando que nada bueno hacia la fe puede provenir de la ciencia, es ciertamente incoherente con la grandeza de Dios, como lo es decir que nada bueno puede salir de una pequeña ciudad universitaria llamada Davis.  Y es que negar el poder del Espíritu Santo, a su vez, es también un gran despropósito, pues, si Él lo quiere, Él puede enseñar y/o recordar a quien quiera, incluido un laico e hidrólogo que intenta comunicarse—hasta con el color del agua, ¡claro!.  En medio de esta reflexión, creo que es pertinente darle un eco largo a las palabras del apóstol Felipe—con la debida proporción—para invitar a mis lectores con humildad: “si no crees que hace sentido, estudia las campanitas despacio, y verás que sí“.

Tal y como le escribí al Papa Francisco—¡el azul aquí siempre debe ser su color!—, en una carta que sé él leyó, la higuera de la ciencia satisface unos misterios dignos de consideración y oración que se pueden compartir hasta en un Santo Rosario. Es verdad, y acaso todo llega de dónde no debería suceder, pero desde allí, desde lo puro, se vislumbra a Jesús, el único, X = Y, invitándonos al cielo y recordándonos, a su vez, con todo amor, Su comisión vital:

Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Mc 16:15—16).

Sabiendo muy bien que la invitación suscrita a mí para participar en la fiesta eterna, la única que en verdad cuenta, ha sido escrita con la sangre bendita de mi Señor (Ap 19:8), entono, arrepentido de mi pecado y con un júbilo real y respetuosamente “proselitista“, la canción que viene a continuación.

¡Bendito sea Jesús quien subió al cielo y regresará, acaso pronto!

FIESTA ETERNA

Subió al cielo y es preámbulo…

Inspirada por Luis “Perico” Ortiz

Fiesta eterna,
ay la que cuenta,
gozo santo,
con baile y canto.

Fiesta eterna,
ay la que cuenta,
gozo santo,
con baile y canto.

En el amor tú lo hallas todo:
te unes al coro.

Con el amor no te falta nada:
bailas mañana.

Fiesta eterna,
(oye mi amigo, repara ya)
ay la que cuenta,
gozo santo,
(sanando el quebranto)
con baile y canto.

En la verdad vences to’ lo oscuro:
cantas seguro.

Con la verdad y sabiduría:
bailas el día.

Fiesta eterna,
ay la que cuenta,
gozo santo,
con baile y canto.

Shanti Setú…

Fiesta eterna,
no te la pierdas,
gozo santo,
con baile y canto.

Ay sólo en Cristo lo hallas todo:
te unes al coro.

Con su amor no te falta nada:
bailas mañana.

Fiesta eterna,
(oye mi amigo, vente pa’cá’)
no te la pierdas,
gozo santo,
(con las manos pa’rriba)
con baile y canto.

Ay sólo en Cristo vences lo oscuro:
cantas seguro.

Con su verdad y sabiduría:
bailas el día.

Fiesta eterna,
no te la pierdas,
gozo santo,
con baile y canto.

Puente de paz…

Fiesta eterna,
no te la pierdas,
gozo santo,
con baile y canto.

(Noviembre 1999 / Mayo 2019)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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