La Infinita de Pascua

La magnificencia de la Pascua de Resurrección, en la derrota misma de la muerte y el maligno, es tan grande, que no hay cómo festejarla en tan solo un día. Es así como aún estamos haciéndolo durante ocho días, en la denominada Octava de Pascua, la cual, rotando el número 8 para acentuar su magnitud, bien podría llamarse también la Infinita de Pascua.

Tal y como se explicó brevemente en una campanita anterior, el ocho, 8, y su imagen rotada noventa grados denotando el infinito, ∞, están bellamente relacionados en el hecho que Jesús corresponde a la Octava Alianza de Dios con el hombre, la cual, de una forma coherente, da lugar, en virtud al arrepentimiento y al perdón de los pecados, a la recompensa de la vida eterna, o sea el cielo, o el ∞.

Para repasar la historia de nuestra salvación un poco, a continuación se resumen las ocho alianzas que Dios ha hecho con el hombre, cual relatadas en las Sagradas Escrituras. Ellas son: 1. La Alianza Edénica, que le da al hombre potestad sobre la creación en el jardín del Edén y que establece las bendiciones o maldiciones a la humanidad dependiendo de nuestra fidelidad (Gn 1:26–30; 2:16–17); 2. La Alianza Adánica, proferida con Adán (y también con Eva), y por ellos a todos nosotros, en la que se estipulan las dificultades que el pecado conllevará en nuestras vidas, incluida la muerte (Gn 3:16–19); 3. La Alianza de Noé, que anuncia por medio del arco iris que Dios no volverá a destruir la tierra como lo hizo en el diluvio universal (Gn 8:1–24, 9:1–29); 4. La Alianza de Abraham, mediante la cual Dios le promete al patriarca una descendencia próspera y multitudinaria y bendiciones al mundo entero por medio suyo (Gn 12:1–3); 5. La Alianza Mosaica, es decir entre Dios y Moisés, que dio lugar a los mandamientos y leyes que los israelitas deberían cumplir para ser una nación santa agradable a Dios, incluidos los famosos diez mandamientos (Ex 19:4–6, 20:1–26); 6. La Alianza de la tierra, la cual establece y otorga a los israelitas prosperidad en una tierra propia (Dt 30:1–10); 7. La Alianza Davídica, o sea entre Dios y el rey David, que incluye la promesa de una dinastía eterna a partir de él (2 S 7:8–16); y finalmente, 8. La Nueva Alianza, representada por un Mesías futuro (Jr 31:31–34) y firmada por Jesús, de una manera vívida, con su propia sangre de vida eterna (Jn 6:54).

Pero hay aún más acerca del ocho y el infinito …

… Resulta que por medio de la lengua griega, en la que se escribió el Nuevo Testamento, aparecen otras curiosidades tanto inesperadas como edificantes. Sucede que dicha lengua es tal que cada letra tiene una connotación numérica, como sigue: la alfa (A o α), o nuestra a, vale uno; la beta (β) o nuestra b, es igual a dos; la gamma (γ), nuestra g, vale tres; y así sucesivamente, hasta la iota (ι), la i, que vale diez. Luego, la letra kappa (κ), la k nuestra, equivale a 20 (pues el once se puede hacer juntando diez y uno en un iota alfa), y así sucesivamente, de diez en diez, hasta la letra rho (ρ), nuestra r, que tiene un valor de 100. Después sigue sigma (σ), la letra s nuestra, que vale 200 (por la misma razón aducida con relación a kappa) y así, de cien en cien, hasta la última letra que es, en efecto, omega (Ω o ω), una “o larga” en contraposición con nuestra “o breve” igual a ómicron ο, que tiene un valor de 800.

Como es bien sabido, “Jesús es el Αlfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13). Así, traduciendo las letras griegas a números se entiende cómo, seguramente, se definió el prefijo común de una llamada gratis: 1 800. ¡Sin duda, alguien entendió no solo el valor de las letras sino también la naturaleza dadivosa de Dios! Y es que esto es también acorde con que Él sea el único hijo de Dios (Jn 3:16), el 1, el primero, y con que en el 800, y con la debida imaginación, se vean tanto un infinito parado (el ocho) como un sinfín acostado—los dos ceros pegaditos, que además expresan el poder de dos o más “santitos” 0 + 0 = ∞ (Mt 18:19)—, lo cual es consonante con la naturaleza de Jesús y en particular con el hecho que su Reino será infinito, no tendrá fin, tal y como se proclama en el Credo de Nicea.

Pero hay aún un mucho más—un ∞ más. Ocurre que si se suman los números correspondientes a las letras en griego del nombre de Jesús, es decir del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2:9), escrito como Iησουσ, o Iota eta sigma ómicron ípsilon sigma, y leído en español Iesous, esto da:

Iησουσ = 10 + 8 + 200 + 70 + 400 + 200 = 888.

De una forma admirable, aparecen ahora tres infinitos verticales que enfatizan aún más, si es que eso fuera necesario, el poder del Justo que resucitó, el mismo ante quien toda rodilla se hincará y toda lengua confesará (Flp 2:10–11). Esta es, como ven, una coincidencia impecable, sin duda una bellamente orquestada de arriba y desde siempre, la cual además sirve para contrastar a Nuestro Salvador con el infame anticristo por venir y caracterizado, acaso en el mismo idioma griego, por el famoso 666 (Ap 13:18).

Para seguir pues el festejo de esta Pascua eterna, a continuación se encuentra una canción que expresa que el cielo, el ocho rotado, es nuestro mejor destino, un infinito hermoso y muchísimo mejor que otro mal domicilio en el infierno, tal y como se explicará en una campanita por venir a partir de la teoría del caos. Creo que estarán de acuerdo con el coro que enfatiza la bondad en irnos con Jesús: ¡Yo me voy, yo me voy, yo me voy con Él! ¡Que viva Cristo Rey!

Al ocho rotado

Para el Rey de Reyes…

Del abismo se fue
a la muerte venció,
este hombre divino volvió
y la vida nos dio.

Por las nubes se fue
a lo alto partió,
este amigo querido subió
y a su Reino llegó.

De las nubes vendrá
cosechando su vid,
este santo olvidado dará
a los buenos festín.

Por la tierra vendrá
regalando el reír,
este verbo sagrado será
gloria cierta sinfín.

¿Entonces?

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
siguiendo el camino fiel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
al cielo con la verdad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sanando todo lo cruel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’ lante sin más maldad.

¡Pa’l ocho rotado!

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
creciendo un verso del bien.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
toditos en hermandad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sembrando el amor que es.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’rriba con humildad.

 (Febrero 2000/Abril 2018)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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