¡Ay con Egan el Tour me gané!

Recuerdo con mucha alegría cómo fue que llegué a tener mi primera bicicleta. Un amiguito que vivía enfrente de nuestra casa tenía dos y me prestaba la que iban a vender. Un domingo, y sin dar muestra alguna de que lo haría, mi abuelo materno, Don Julito Angulo, la compró y con todo amor me la regaló. Aún me acompaña la emoción que sentí al poder viajar a la izquierda y a la derecha en mi cuadra montado en mi propio velocípedo amarillo y a la velocidad que podía un niño de seis años. ¡Cuán bello fue dicho sentimiento de libertad—oh dinamismo poético del equilibrio—el cual se mantiene hasta estos días, pues la bicicleta es mi medio de transporte!

Aunque nunca me animé a competir, en la medida en que crecí me aficioné, como otros niños colombianos, al ciclismo. Así, empecé a seguir las gestas de nuestros corredores, tanto en la patria como fuera de ella. Cuando tenía ocho años, mi ciclista favorito era el gran Martín Emilio “Cochise” Rodríguez y esto lo recuerdo muy bien pues en mi Primera Comunión recé por él para que ganara alguna carrera, seguramente la Vuelta a Colombia que terminó ganando cuatro veces. Desde esos días de Cochise, nuestro primer campeón mundial en 1971 cuando yo cursaba quinto de bachillerato, y por más de medio siglo, he seguido los heroicos pedalazos de los ciclistas colombianos, los famosos “escarabajos”, y he soñado con sus triunfos en las carreras más importantes del mundo, sabiendo que en cada victoria no gana un ciclista sino todo un país.

En 1980, cuando salí de la patria a estudiar en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, representando así a mi país cual ciclista en el exterior, un equipo colombiano iba a participar por primera vez en el Tour de l’Avenir, o el Tour del Porvenir, la carrera más importante de ciclistas aficionados del mundo. Creyendo que dicha competencia la podíamos ganar—¡nótese el énfasis en el plural!—, en esos días iba ansioso a Harvard Square, enfrente de la otra universidad emblemática de Boston, a buscar información en periódicos franceses, pues en esa época sin internet no tenía otra manera de enterarme acerca de lo que sucedía. Recuerdo la emoción que sentí cuando en algún artículo durante el evento nombraron a nuestros ciclistas como “los hijos de Cochise” y también recuerdo, ¡cómo no recordarlo!, el gran gozo que experimenté al enterarme, varios días después que finalizara la carrera, que Alfonso Flórez Ortiz había ganado con honores, derrotando de paso a un gigante soviético que había vencido en los dos años anteriores y que además era el campeón del mundo. Recuerdo que no tuve con quién compartir la emoción en ese momento, pero vaya si me alegré pues era la revalidación de un buen sueño para mi país.

Con el paso del tiempo, el probar fuerzas en el mítico Tour de Francia se convirtió en la meta colectiva. Nuestros valientes corredores ciertamente demostraban que estaban entre los mejores escaladores del mundo, es decir yendo cuesta arriba, pero no se sabía si podrían competir de igual a igual con ciclistas profesionales que poseían una contextura física claramente superior. En 1983, en la primera participación de un equipo colombiano aficionado en el Tour, de por sí un reconocimiento de los organizadores, José Patrocinio Jiménez, el “viejo Patro”, pasó primero por el Tourmalet, una montaña tenebrosa en los Pirineos, y así mostró, aunque no ganó al final del día, que los colombianos eran en efecto magníficos.

Al otro año, en el 1984 en el que ya terminaba mi doctorado, y cuando ya seguía las carreras empleando un radio de onda corta, llegó, en efecto, un primer gran triunfo de etapa en el Tour, es decir al final de un día de competición, y éste sucedió en el famoso y temible Alpe d’Huez, en los Alpes claro, cuando el gran Luis “Lucho” Herrera, entonces corredor aficionado, dejó atrás a encumbrados rivales profesionales con su pedaleo excepcional. Recuerdo como si fuera hoy el júbilo que sentimos ese día con mi hermano Carlos Gerardo Molina mientras armábamos nuestra carpa, pues viajábamos en carro juntos de Boston a San Francisco.  En el atardecer y atacados por feroces mosquitos, movimos cuidadosamente el dial hasta que al fin oímos la noticia que anhelábamos y que creíamos posible. ¡Ganó Lucho!, vaya emoción aquella que expresamos con vítores y abrazos, una alegría que, hoy por hoy, los dos creemos fue comparable a la que hemos sentido estos días con el triunfo en todo el Tour de Francia por parte de Egan Bernal.

¡Ganó Egan! es así, y por ende hemos ganado—¡en plural!—la carrera más importante del mundo. ¡Cuánto nos hemos regocijado ante esta hazaña! Y es que, además, él es, a sus 22 años, el ciclista más joven en ganar la carrera en más de 100 años. ¡Allez joven maravilla!, como él es correctamente denotado, joven modelo 97 del siglo pasado, como se expresa aquí en su honor utilizando una bicicleta gozosa cuyas ruedas contienen rosetones de 9 y 7 puntas (dentro de la campana) y con colores colombianos …

… El destino final de mi viaje de costa a costa no era la ciudad de uno de los santos más queridos del santoral católico, sino más bien aquélla asociada con los seres alados sobrenaturales, Los Ángeles, en donde se celebraban los Juegos Olímpicos. Recuerdo que uno de los eventos que vi con especial interés fue la prueba de ciclismo de ruta, la cual se llevó a cabo en un circuito en Misión Viejo (escrito así en inglés con el género errado). Allí participó con honores Fabio Parra, quien fue uno de los favoritos, el mismo que posteriormente se convirtiera en el primer colombiano en subir al podio del Tour de Francia en 1988, es decir el primero en quedar entre los tres mejores.

Evoco con alegría cómo, en 1986 y dos meses antes de convertirme en profesor de la Universidad de California, tuve la oportunidad de seguir el Tour de Francia en directo por varios días, tanto en las montañas de los Pirineos como en las de los Alpes. La ilusión la teníamos todos los colombianos puesta en Lucho Herrera, quién batalló valientemente con los mejores, pero, al final, el que ganó fue el gran campeón californiano Greg Lemond. Ese año, habiendo estado en vivo en las carreteras empinadas, comprendí que todos los ciclistas, desde el primero hasta el último, eran dignos de todo reconocimiento, pues las escaladas que hacen son en verdad temibles y el esfuerzo que realizan es excepcional. Recuerdo en una ocasión cómo, después de una etapa que terminó en una montaña cercana al Santuario Mariano de Lourdes, quise saludar a algunos de nuestros ciclistas y al verlos comprendí que mi mejor tributo era dejarlos en paz.

En 1986, en efecto, asumí mi obligación de representar a Colombia en el extranjero, como los ciclistas, pero ahora con una mayor responsabilidad al ser profesor de la Universidad de California en Davis.  Una vez llegué a ser miembro de la facultad, supe que el hijo de un nuevo colega en mi edificio era amigo de Greg Lemond, y así el campeón llegó a firmar una foto mía que tristemente perdí, diciendo “To Carlos, you Colombians take great photos”—”A Carlos, ustedes los colombianos toman bellas fotos”—y es que él, acompañado por una moto desde donde lo filmaban cuando subía de primero, quedó centrado en la foto y allí, en el instante único de la fotografía de antaño, quedó retratado un espectador con una gorrita con la bandera francesa que decía TOUR 86 y a sus vez allí, como si hubiera sido planeada la composición, quedaron plasmadas las majestuosas montañas nevadas contrastadas por el viso rojo de la bandera colombiana debajo de la cual oprimí el obturador.

Siguiendo con la historia de nuestros ciclistas, tal y como aparecerá resumida en una canción en homenaje al campeón Egan Benal al final, en el año 1987 y de una forma heroica, Lucho Herrera ganó la Vuelta a España, una de las tres competencias más importantes del mundo, conjuntamente con el Tour de Francia y el Giro de Italia. Recuerdo que la forma en que me enteraba de lo que sucedía ya no era con mi radio de onda corta sino saliendo a medio día en mi carro, alejándome de mi pequeña ciudad, para llegar a sintonizar una emisora de San Francisco en la que contaban lo ocurrido día a día. Recuerdo también que el número que Lucho llevó en su camiseta era el 111, una repetición de unidad muy especial, la cual le expliqué al “Jardinerito de Fusagasugá” un par de años después, cuando viví por un año en Colombia. Y esto lo cito, no como algo superfluo, sino porque Egan Bernal acaba de ganar el Tour de Francia precisamente por 1:11 sobre su compañero de equipo el galés Geraint Thomas, un minuto once segundos, lo cual para mí es una bella coincidencia de tres unos como lo explicaré al final de este escrito.

Con el paso del tiempo continué siguiendo los progresos de nuestros escarabajos. En un momento dado, en 1988, fui a ver una etapa del extinto Coors Classic en un bello circuito bordeando un lago en la ciudad de Oakland y allí estaba muy serio Álvaro Mejía, un gran ciclista y ahora médico, quien llegó a ser el mejor joven del Tour de Francia en 1991 (el segundo colombiano en hacerlo después de Fabio Parra en 1988) y cuarto en el Tour del año 1994.

Luego, cuando yo ya subía en el escalafón de mi universidad y ya me perfumaba de valiente (para citar a Silvio Rodríguez) intentando hablar acerca de la paz y el amor a partir de la ciencia, vinieron las gestas de Santiago Botero y Víctor Hugo Peña a principios del siglo y, en los últimos años, las hazañas de Nairo Quintana, Rigoberto Urán y Fernando Gaviria que han reanimado la afición por el deporte de las bielas.

“Santi” Botero fue un ciclista colombiano atípico, pues además de ser estupendo cuando la carretera se empina, fue, evocando al gran Cochise Rodríguez, campeón mundial en carreras individuales contra el reloj, incluyendo un notable triunfo de etapa en el mismísimo Tour de Francia del año 2002, en el cual terminó cuarto. Víctor Hugo Peña tiene a su haber el ser el primer ciclista colombiano en vestirse con la camiseta amarilla de líder del Tour, y esto lo logró por tres días felices en el 2003.

Y bueno, ya para terminar esta crónica inspirada por la gran victoria de Egan Bernal que no hace más que avivar la fe expresada en estas campanitas, debo decir que Nairo Quintana y Rigoberto Urán en verdad se han distinguido en los últimos años en el pelotón internacional (así se llama al conjunto de ciclistas en una carrera cuando viajan todos juntos, ¡hay quien no sabe de ciclismo!). Nairo, apodado entre otros apelativos “Nairoman”, se ha convertido en el mejor ciclista en la historia de Colombia y también de Latinoamérica, pues además de haber conquistado el Giro de Italia en el 2014 y la Vuelta a España en el 2016, ha sido dos veces segundo (2013, 2015) y una vez tercero (2016) en el Tour de Francia, en donde también ha sido el mejor joven dos veces. Hace tres años, en el 2016, fuimos en familia a animarlo al Tour en los Alpes y he aquí una foto de él conmigo detrás con bandera y todo:

Rigoberto Urán, “Rigo”, es otro gran ciclista colombiano cuyos logros han traído mucha alegría al país. Después de terminar segundo en la gran prueba de ruta de los Juegos Olímpicos de Londres del 2012 y de ser segundo en los Giros de Italia de los años 2013 y 2014, él también acabó segundo en el Tour de Francia del año 2017. Esta cadena de segundos, que dividida por dos genera más unidad, 1111, para nada empaña su maravilloso esfuerzo, el cual está bellamente acompañado por su carisma y buen humor. Y para concluir con otro ciclista de la Antioquia de Cochise, Botero y Rigo, es menester nombrar a otro ciclista colombiano atípico, Fernando Gaviria, quien vence a los expertos a gran velocidad al final de las etapas llanas. Este “sprinter” ganó una etapa en el Tour de Francia del año 2018 y eso le valió el honor de portar la camiseta amarilla de líder por un día, no poca cosa al ser el único desde Víctor Hugo Peña y uno de tres si se agrega a Egan.

Y bueno, llegó la ansiada convergencia y finalmente un colombiano, Egan Bernal, ganó el Tour de Francia 2019.  A continuación incluyo la letra de una canción “Allez Egan, Allez, Allez” que escribí en su honor mientras volaba de regreso a casa y luego de haber estado presente en el festejo del triunfo en el Parque de la Esperanza de Zipaquirá, la tierra del campeón, en donde canté el Himno Nacional.  Y luego viene un video que hice a partir de mi canción a capela, el cual sirve para resumir la alegría de lo ocurrido y que incluye, en su última línea, una exclamación espontánea y emocionada del joven maravilla que bien expresa mi emoción y la de muchos. Ojalá les guste el video a Egan y a su familia y ojalá la canción llegue a ser interpretada por grandes artistas colombianos para festejar el suceso. Ojalá se de este sueño inspirado por la más importante victoria en la historia del deporte colombiano, pues imagino que si la canción se hace muy bien, todos la bailaremos, así esto requiera, para algunos, de “un par de cervezas”.

Ciertamente las gestas de los escarabajos han acompañado mi “exilio” en estas bellas tierras californianas y sus triunfos han proveído un ánimo vital que ha contribuido a que yo también haya podido representar bien a mi país en la distancia. Ojalá este último triunfo sirva para entender que otros “imposibles” son posibles, como la ansiada y verdadera paz en Colombia, cuyo himno de amor revela la ruta unitiva, como se ha explicado y se seguirá explicando en estas campanitas.

Y es que el número correspondiente al nombre de quien murió en la cruz, sumando correspondencias en griego, es 888, y éste dividido por 8 da el 111 citado dos (o acaso tres) veces, el cual traducido de regreso al griego da ρια (100 + 10 + 1), lo cual denota lo que la fe real incita: RIA.

¡Vaya (o la exclamación de Egan) si nos hemos reído bastante por el gran triunfo en el Tour! ¡Y cuánto más nos reiremos en el futuro llenos de fe!

¡Allez Egan, Allez, Allez! ¡Que viva Colombia!

¡ALLEZ EGAN, ALLEZ, ALLEZ!

¡Allez Egan Bernal!

¡Felicidades por el primer Tour!

Y así fue…

Voló el gran Cochise ay por el pavé,
pasó el viejo Patro por el Tourmalet,
ay devoró Lucho el Alpe d’Huez,
en el Tour de Francia ay huele a café.

Y ya vino ay Parra, acabó de tres,
y el joven Mejía subió bien después,
ay Santi Botero reloj al revés,
en el Tour de Francia ay huele a café.

Y con Víctor Hugo ay líder cortés,
llegó Nairoman dos dos y un tres,
ay Rigo se ríe, el dos casi fue,
en el Tour de Francia ay huele a café.

Gaviria amarillo embala en un pie,
Egan de gregario lo hizo muy bien,
y ahora ya gana, oh Egan, allez,
en el Tour de Francia ay huele a café.

Y ahora fue…

Allez oye Egan, allez, allez,
no fue en Italia, el tour es de miel,
allez oye mijo, te repito allez,
hoy el Tour de Francia está a tus pies.

22 añitos y en Ineos ay fue,
joven maravilla, pa’lante, allez,
se escapó ay Egan, no pueden con él,
hoy el Tour de Francia está a tus pies.

En col de l’Iserán y avalancha de café,
mejor amarillo que blanco te ves,
ay por 1:11 has vencido al galés,
hoy el Tour de Francia está a tus pies.

Por años ay mira, por años soñé,
de Zipa a Zipa, histórico allez,
de Efraín a Egan trepando hacia el cien,
hoy el Tour de Francia está a tus pies.

Por toda la patria…

Que viva Colombia, ay óyeme allez,
oh luz invencible ay sí por doquier,
bello suena el himno, pa’lante y allez,
ay el Tour de Francia también lo gané.

Gran escarabajo, flamante grimpeur,
y todos los otros ay que no nombré,
hijo ejemplar y hombre de bien,
ay el Tour de Francia también lo gané.

Empieza la era de Egan se ve,
no es sueño papito, ganó bien es él,
oh beso con Xiomi, besito de fe,
ay el Tour de Francia también lo gané.

Bendice uno a otro, oh anhelo del ser,
se forja el destino, germina como es,
llorando contigo, qué lindo, allez,
¡mierda ay con Egan el Tour me gané!

(31 de Julio de 2019)

Un video a partir de la canción a capela se puede observar aquí…

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