La primera campanita

Esta historia, improbable como lo van a ver, empezó en Noviembre de 1995 cuando supe, en medio de mi luna de miel en Cancún de más de dos semanas, que podía ir a Cuba. Una vez asegurado el debido permiso conyugal de mi Marta, quien no podía ir pues su visa sólo le permitía entrar a México una vez, tomé camino hacia La Habana una tarde con el objetivo de llenar de discos la maleta que me acompañaba y regresar temprano la mañana siguiente.

Mi guía, Machi, me recogió en el aeropuerto y me llevó a varias tiendas en donde compré lo que me faltaba, lo cual, para mi sorpresa, no era mucho. Cuando terminamos le dije, “¿oye Machi, por qué no me llevas donde Silvio?” –el famoso cantautor cubano Silvio Rodríguez, claro está, para quienes saben de él– a lo que él me dijo que no sabía dónde vivía. Yo le insistí y lo insté a que averiguáramos. En la última tienda, cerca de la heladería Coppelia, nos dijeron que era por Miramar.

Tomamos su carro, no tan antiguo como los de las fotos, y por la 5a avenida él paró y preguntó: “¿oye, tú sabes donde vive Silvio?” y nos contestaron “por allá”. Tomamos hacia esa dirección y luego él repitió la pregunta, “¿oye, tú sabes dónde vive Silvio?” y volvió otra pista igual pero diferente: “por allá”. Así, siguiendo una secuencia certera hacia el más allá, llegamos a la casa del trovador.

Ya se adentraba la noche y acompañaba la oscuridad habanera. No había un timbre y entonces Machi, en contra de mis indicaciones, empezó a gritar, “¿hay alguien aquí?”, “¿hay alguien aquí?”. Se abrió la puerta y salió Silvio. Machi se volteó hacia mí para confirmar, “¡Es Silvio!” y éste, al escucharlo, dijo “¿Y qué querías que fuera Pablito?”. Machi me dijo que él me presentaría y, por su clara emoción ante el icono, lo hizo exagerando: le dijo que yo había venido a la isla exclusivamente para conocerlo a él.

La conversación fue breve y en la puerta de su casa pues el artista había estado grabando todo el día. Yo le dije que algunas de sus canciones me llegaban muy hondo, como si hubieran sido compuestas para mí, en particular una llamada El vigía, que, por un jardinero, un aguacero y un viento sur, me conmovía. Le conté que estaba trabajando en un libro acerca de cómo la ciencia moderna invitaba al amor y le dije que el material acaso debía ser plasmado también de una forma poética y que si había alguien quien podía hacerlo, debería ser él. Le agregué, con firmeza, que si él me contestaba yo le escribiría y él asintió. Me dio su número de fax en un papelito y me regaló su último disco diciéndome: “si te gustó el vigía, creo que te va a gustar Casiopea”, y así es, a pesar de que el millón de años de espera prescritos allí se hayan convertido proféticamente en una realidad en mi vida.

Pasó el tiempo, y la luna de miel, y le escribí, cual lo acordado, resúmenes de lo que hoy por hoy constituyen los capítulos principales de mi libro La Higuera & La Campana. Ante el silencio, no acordado, algunos amigos, previamente emocionados por el encuentro, me empezaron a explicar que no debía esperar yo una respuesta de tan importante personaje. Silvio, en efecto, no respondió…


…Los regalos de vida llegaron con el nacimiento de nuestra primera hija Cristina en 1996 y cuando ella era pequeñita partimos de año sabático hacia el Instituto Santa Fe, especializado en el estudio de la complejidad y ubicado en Nuevo México. Allí, en medio de lecturas bíblicas y escritura de notas para el texto final de mi libro, un buen día surgió una locura como un reto: el escribir una canción basada en mi entender pero de la forma en que Silvio la escribiría.

Así brotó la primera campanita El cedro y la higuera que se incluye aquí, la cual está basada en diversas citas acerca de la higuera en las Sagradas Escrituras: la conversión súbita de uno de los doce al saberse visto por Jesús bajo tal árbol (Jn 1:47-51); la maldición extraña y acaso fuera de carácter de tal símbolo sin fruto por Él pocos días antes de su muerte (Mt 21:18-22, Mc 11:12-23); el cubrimiento de la desnudez original de Adán y Eva usando tales hojas (Gn 3:7) y una lección urgente a partir del mismo árbol que anuncia un retorno deseado y a la vez terrible (Mt 24:32-35, Mc 13:28-21, Lc 21: 29-33).

La canción, que en verdad no sé cómo suena, no es mi mejor poema. Sin las explicaciones bíblicas es muy difícil de seguir y su coro es seguramente demasiado recio, pero a ésta Silvio sí respondió y su amable mensaje sirvió de espaldarazo a este pequeñín intentando comunicar lo que entendía a partir de la ciencia a un público general: el que todo ese misterio de la higuera se podía comprender a partir de la moderna teoría del caos.

Cuando llegó la respuesta de mi trovador, llamándome además “buen Carlos”, yo ya me había atrevido a adentrarme un poco en la composición y esto inspirado por una bella vivencia de un par de meses en el Monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe en Pecos, Nuevo México. Hoy por hoy digo, sin embargo, que Silvio Rodríguez, al no haber contestado a tiempo, es el feliz culpable de mis escritos, de estas “campanitas” a las que me referiré en este blog y que anhelo puedan ser útiles (con un acento para un gran helado que él cantó) para mejorar el mundo y que ojalá (valga la redundancia) lleguen a sonar para también animar con buena música.

El cedro y la higuera

¡Para el buen Silvio!

Un buen amigo comparte
promesa vital, verdad hallada,
y pese a duda, al Él tocarle
plenitud de vida, su tonada.

Por fruto de lágrima comprende
que bajo el árbol Él lo vio,
y camino en fe éste ya emprende
a vivir el sueño que Él pagó.

Oh pobre aquel, a su imagen
que a pesar de buen abono,
al creerse un cedro hermoso
no halla razón de abandono.

Este la luz dice ver
mas sólo en visos se pierde,
para este corazón, casi inerte
canto mi conocer.

Una vez cuando Él hambriento
pasó por árbol aún sin fruto,
lo maldijo y lo dejó seco
punto final, juicio del justo.

Y explicándoles desorden y mal
les dio conocimiento pleno:
las montañas al mar ya se van
si sin duda se pide de lleno.

Oh pobre aquel, a su imagen
que a pesar de buen abono,
al creerse un cedro hermoso
no halla razón de abandono.

Este la luz dice ver
mas sólo en visos se pierde,
para este corazón, casi inerte
canto mi conocer.

Alegoría física insinúa
en higuera tierna y caos podrido,
verano cerca, mucha muerte
pago de no perdón, tiempo cumplido.

Desnudez vital hojas no cubren
lo quebrado es hueco, con vacíos,
cielo y tierra llegan a su suerte
la palabra queda: el buen amigo.

Oh pobre aquel, a su imagen
que a pesar de buen abono,
al creerse un cedro hermoso
no halla razón de abandono.

Este la luz dice ver
mas sólo en visos se pierde,
para este corazón, casi inerte
canto mi conocer.

(Junio 1997)

Un fragmento leído se puede escuchar aquí…

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2 respuestas a La primera campanita

  1. Xiomara Puente dijo:

    Muchas felicitaciones hermanito por este sueño de años que se vuelve realidad!! Pido a Dios que sean muchas las personas que a través de tu testimonio lleguen a los pies de Jesús, nuestro Salvador!

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  2. Jose Pablo Ortiz Ortiz Partida dijo:

    Carlos!
    Que bueno ver esto, quedó muy muy bien y gracias por compartir la historia, esta vez, escrita.
    Abrazo!

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