La clave del matrimonio

Lo sé muy bien y es así por experiencia propia: la clave del matrimonio es Jesús y sin Él no funciona. Esta aseveración no es, sin embargo, ni un simple cliché ni algo trivial, pues conformar una unión santa, dinámica y plena, no es algo sencillo.

Esto de lograr que los cónyuges se vuelvan uno, tal y como lo dijo Él hablando de la unión de un hombre y una mujer (Mt 19:4—6), no es fácil, pues solamente puede forjarse con ayuda divina. Además de la buena energía “positiva” del amor de los novios, se requiere del apoyo constante del Espíritu Santo para que ellos no olviden cómo llegar a ser fructíferos oyéndolo a Él, el sembrador (Mt 13:1—9, 18—23), de modo que cumplan sus mandatos amorosos, y, en particular, aprendan el humilde algoritmo de “pedir perdón y perdonar” para así restaurar y mantener la unidad.

Esta campanita contiene una crónica acerca de lo sucedido en una celebración matrimonial a la que fuimos invitados. Incluyo este curioso relato aquí—cual compartido animando a parejas cercanas en la celebración de sus bodas—confiado en que sus elementos universales y símbolos geométricos puedan serle útiles a otras parejas, para que sus matrimonios sean verdaderamente felices en Jesucristo… Todo sucedió en un campo florido, en medio de una bella plantación púrpura de lavanda, como si todo fuera cerca a Avignon en Francia y no aquí en California. Luego de la ceremonia civil, celebrada en una gran carpa, y una vez bajó el sol, llegó el momento esperado para la cena y el baile. Cuando los recién casados se acomodaron en su mesa, frente a la pista de madera situada en medio de un bien cuidado jardín, busqué el momento oportuno para llevarles mi regalo: mi pequeño libro ilustrado y en forma de parábola, La Hipotenusa, cuyo tema ya ha sido citado en otras campanitas, aquí y aquí.

Mientras felicitaba a los novios, me turbó que su mesa estuviera identificada por un número de madera, que en su caso no era el esperado número 1, sino el número 6. Al verlo, de una forma instintiva y enfática les dije que allí había un error, que ese número nunca era uno adecuado para una pareja, menos para una recién casada, pues simbolizaba los espirales negativos de la naturaleza. Les expliqué entonces, de improviso, cómo dicha figura se ligaba con la violencia natural y cómo ella siempre viajaba de más a menos, hacia adentro, como en un feroz huracán. Al decirles esto, agregué que ésa era también la figura universal del egoísmo diabólico, que al viajar siempre hacia adentro de más a menos, destruía matrimonios y muchas otras instituciones.

En concordancia con mis palabras, tomé entonces el número de madera y lo coloqué en la mesa invertido hacia arriba, primero para mostrarles que el número 9 representaba el espiral positivo opuesto al otro, y segundo para explicarles que dicho símbolo representaba la fuerza fundamental del amor, la misma, que al viajar de menos a más y siempre hacia afuera, les garantizaría la sinfonía deseada en su nueva relación matrimonial.

Los cónyuges se abrieron gozosos a las lecciones no planeadas y a ambos les gustó la conexión del nueve con el amor que viaja del uno hacia el otro. Entonces, fijando mi mirada sucesivamente en sus ojos, les enfaticé que eso era en efecto el caso, pero siempre y cuando el flujo, independientemente de las circunstancias de sus vidas, llevara siempre del menos al más, de modo que uno pensara primero en el otro, y siempre viajando desde lo negativo a la cruz positiva, es decir hacia el amor esencial, lo cual ellos comprendieron bien, así su celebración no hubiera sido religiosa.

Como ellos prestaban atención, procedí a hablarles de otros hechos sutiles y amorosos. Le apunté al plato redondo enfrente del novio y le pregunté si veía un número. Me dijo, “creo que es un cero”, y yo estuve de acuerdo. Entonces tomé el plato y lo coloqué encima de su cabeza y le pregunté a la novia si veía algo. Segundos después ella dijo, dudando, “¿es un ángel?”, a lo que repliqué, “no, no lo es, sino más bien un santo”, un concepto que ambos entendieron a la vez. Notando que les gustó la imagen, coloqué el plato también encima de la cabeza de ella y procedí a decirles que si ambos practicaban el amor encarnado en el 9 sin egoísmo, entonces ellos también podían satisfacer el volverse santos y que eso era realmente maravilloso para ellos como pareja.

En medio de este diálogo peculiar, de veras inesperado y a la vez bienvenido, les hice una pregunta “matemática”: “y, ¿cuánto da el marido a la potencia cero?”. Ambos se rieron sorprendidos ante mi ocurrencia y trataron de responder. La esposa dijo que debía ser cero, pero cuando les dije que eso no era correcto, el esposo dijo, “¡entonces debe ser infinito!”. Nos reímos mucho ante tal extrapolación de la santidad, y entonces les recordé que cualquier número (excepto el cero, en algunos casos) elevado a la potencia cero era simplemente uno. Les dije entonces, “el esposo a la potencia cero es uno” y “la esposa a la potencia cero es uno” y luego argumenté cómo dicha unidad mística nos relacionada con Dios y Su verdad y cómo el concepto nos recordaba—en la potencia del cero—la necesidad de la humildad y el abandono en nuestras relaciones, y ciertamente en las matrimoniales.

Como mis discípulos impensados estaban felices, proseguí preguntándoles, y “¿cuánto es uno más uno?”. Al unísono ellos dijeron lo obvio, que era dos. Entonces, tomé sus cuchillos de la mesa y colocándoles uno siguiendo al otro, los convencí que, empleando no la aritmética sino la geometría, uno más uno era más bien otro uno: un uno más grande. Les encantó la metáfora, y así continué diciéndoles que esa era la definición de un Santo Matrimonio dada por Jesucristo (Mt 19:5), que el hombre y la mujer ya no eran dos sino uno, 1 + 1 = 1, una unidad que se podía además expresar por medio de la ecuación infinita 1 = 0.999…, que muestra, de una manera gráfica, que la reiteración del amor, y solo la del amor divino positivo en el 9, logra el ansiado milagro unitivo.

Cuando ya era el tiempo de irme pues había otras personas que querían saludar a los novios, les hice una última pregunta, y “¿cuánto es cero más cero?”. De nuevo, los dos estuvieron de acuerdo, “nada”. Pero entonces junté sus platos y les pregunté otra vez. Súbitamente, ayudada por su punto de referencia, ella dijo “¡ocho!” y le respondí, “¿y qué más?”. Hubo silencio hasta que seguí con un dedo el camino de los dos ceros pegados de arriba a la izquierda, abajo, a debajo a la derecha y arriba, etc., una y otra vez, hasta que le quedó claro al esposo que dibujaba su antes mencionado infinito. Entonces les hice repetir varias veces “cero más cero igual a infinito”, “cero más cero igual a infinito” y, cuando el mensaje quedó claro, procedí a repetirles (y acaso enseñarles) que cuando dos ceros (o más) están de acuerdo, allí está Jesús en medio de ellos y así a Él le podemos pedir (por su cruz bendita en el +) cualquier cosa, pues el amor santo de dos pequeñitos suma, en virtud del sacrificio “positivo” de Jesús, todo, o sea, entendido de una manera nuevamente geométrica, 0 + 0 = ∞ (Mt 18: 19—20).

Después de abrazos efusivos, finalmente les di mi regalo que incluye, aunque de una manera diferente, estas explicaciones y un poco más y regresé a mi mesa identificada por un número 4, en caso que quieran saberlo. Allí compartí con calma lo sucedido en mi visita con mi esposa Marta y con las dos parejas antes desconocidas con quienes nos pusieron, y todos se regocijaron con mis explicaciones, incluido el hecho, no citado a los novios, que cuando Jesús fue crucificado hubo oscuridad precisamente de la hora sexta a la hora novena (de las doce del día a las tres de la tarde), tal y como universalmente la hay si el egoísmo nos guía y no el amor.

Cuando llegó el momento de la exquisita cena, nos distinguimos de los otros invitados juntando nuestras manos en unidad y haciendo una plegaria a Dios por los recién casados haciendo un cero, que, como se puede comprender por lo relatado, fue también un significativo infinito. ¡Qué vivan los novios! …… Para finalizar, esta campanita contiene una canción que llegó intentando sanar un matrimonio en problemas, es decir uno que empezó con vital alegría. Tristemente, la composición no logró su cometido, pero felizmente sí sirvió posteriormente para sanar otro matrimonio. Ojalá esta tonada ya suene con la ayuda de la raíz de dos y llegue a ser útil para lograr reconciliaciones improbables.

¡Que el amor del niño Jesús, próximo a nacer, reine en todos los matrimonios! ¡Y que la Virgen María sea nuestro ejemplo y guía!

UNA HISTORIA FAMILIAR

Ay qué problema…

Vete ya egoísmo…

Voy a contarte
una historia familiar…

Una pareja de esas,
ay de las bellas,
halló un problema
que creció en queja,
no echó pa’lante,
hizo el silencio,
entró aquel ángel,
y se dejó de amar.

¡Ay Dios!

Ay qué problema
me causa pena,
esa pareja,
con to’ adelante,
olvidó el voto,
vino un desplante,
ay qué tristeza
y se dejó de amar.

¡Ay por Dios!

Y ahora viven separados
y discuten por centavos,
con el corazón cansado
olvidaron que soñaron.

Y ahora viven indignados
con amigos alineados,
empeñados en desprestigio
terminaron en litigio.

Ya no te quiero,
¡lo que hiciste no tiene perdón!

Y ahora viven acosados
intentando baile y canto,
huyendo de sus mentiras
ay ahondan sus heridas.

Y ahora viven despechados
culpándose el uno al otro,
ay por Dios, que bobería,
cosechan su cobardía.

Y por eso, ay les digo…

Puente de paz…

En serio, se puede…

Con Dios se puede…

Pídele perdón, no lo dudes,
pídele perdón, oh oh oh óh,
practica el amor, no pospongas,
ay sana el corazón. (2)

Oye consejo de amigo
ay confronta tu razón,
que el amor brotó consciente
dentro de tu corazón.

Pídele perdón, no lo dudes,
pídele perdón, oh oh oh óh,
practica el amor, no pospongas,
ay sana el corazón.

Sólo el amor valiente
vence toda incomprensión,
y por eso es que te digo
ay pídele, pídele perdón.

Pídele perdón, no lo dudes,
pídele perdón, oh oh oh óh,
practica el amor, no pospongas,
ay sana el corazón.

Este canto es sincero,
y por ende con razón,
oye mira no pospongas
y sana tu corazón.

Sana el corazón, se valiente,
sana el corazón, oh oh oh óh,
pídele perdón, se consciente,
ay, acepta tu porción. (2)

Que el amor lo puede todo
tú lo sabes, el amor,
ay aplica ya este coro
y sana, sana tu corazón.

¡Es lo mejor!

Sana el corazón, se valiente,
sana el corazón, oh oh oh óh,
pídele perdón, se consciente,
ay, acepta tu porción.

Ay no digas que no importa,
ay no finjas tu valor,
pues sólo el perdón eterno
es quien da toda razón.

Sana el corazón, se valiente,
sana el corazón, oh oh oh óh,
pídele perdón, se consciente,
ay, acepta tu porción.

Ay como duele, duele,
es rancio el desazón,
ay no lo dejes, no la dejes,
ve, ve y pídele perdón.

Pídele perdón, no lo dudes,
pídele perdón, oh oh oh óh,
practica el amor, no pospongas,
ay sana el corazón.

Sana el corazón, se valiente,
sana el corazón, oh oh oh óh,
pídele perdón, se consciente,
ay, acepta tu porción.

¿Óyeme, se perdonaron?

¡Verdad!

Y tuvieron muchos nietos…

Santa utopía, ¡por Dios!

(Mayo 2001)

Un fragmento de la canción a capela se puede escuchar aquí…

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