La sorpresa exponencial

Tal y como lo relatan las Sagradas Escrituras, Jesús estuvo en compañía de los apóstoles por cuarenta días a partir de su resurrección (Hch 1:3) y entonces ellos lo vieron ascender milagrosamente al cielo camino de Betania (Lc 24:50–53, Hch 1:9–11). Una vez sucedió el milagro prescrito, los discípulos regresaron a Jerusalén acatando la orden del victorioso Mesías y permanecieron allí esperando la Promesa del Padre de ser bautizados con el Espíritu Santo (Hch 1:4–5). Conformando un grupo de unas ciento veinte personas, incluida María la Madre de Jesús y Madre Nuestra, ellos perseveraron desde entonces en la oración hasta el día anhelado (Hch 1:12–15), y éste llegó cincuenta días después de la Pascua, celebrándose así (del día 41 al día 49) una novena de oración que precedió el comienzo de la Iglesia en la mañana de Pentecostés (Hch 2:1,15).

Como es bien sabido, el Espíritu Santo se manifestó de una manera particularmente poderosa, y ciertamente con la vitalidad que modernamente podría denominarse como una sorpresa exponencial. Como nos explican los Hechos de los Apóstoles, llegó del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento que llenó toda la casa, y se les aparecieron a ellos una lenguas como de fuego que se posaron en cada uno, para quedar así ellos llenos de Espíritu Santo y proceder a alabar a Dios en diversas lenguas (Hch 2:2–4). Este evento magnífico causó admiración y también burla de parte de los que residían en Jerusalén, pues mientras algunos se asombraron al oír las maravillas de Dios en sus propios idiomas, otros pensaron que los discípulos estaban borrachos cuando apenas era la hora tercia, o las 9 de la mañana (Hch 2:5–13).

¡Vaya manera insólita de llegar! ¡Vaya bautismo con fuego! ¡Vaya vital entendimiento el contar la grandeza de Dios en lenguas extrañas! Y luego, Pedro tomó la palabra para explicarle a la gente, detalladamente, lo que estaba sucediendo en nombre del Padre y del Hijo y se convirtieron allí, en ese día magnífico, como tres mil personas (Hch 2:14–41). ¡Vaya crecimiento realmente exponencial, y todo esto sin megáfono! Sin duda, el Dios trino es sorprendente y lo puede todo …

… El resto de esta campanita intenta mostrar, con toda humildad y sabiendo que es precisamente ÉlEl Espíritu Santo—quien enseña, guía y reparte como lo desea (Jn 14:26, Jn 16:13, 1 Co 12:11), cómo lo exponencial es, en efecto, inherente al Espíritu de Dios. Ciertamente, lo expuesto aquí, hallado meditando en el famoso pasaje de “La vid y los sarmientos” en el capítulo 15 del Evangelio según San Juan, llegó a mí de una manera sorpresiva y corresponde a una “traducción” simbólica-matemática del texto, tal y como intenté explicárselo al Papa Francisco en mi cuarta carta a él en el año 2014.

La bella y explícita explicación de Jesús a sus discípulos se encuentra a continuación, ilustrada por temas a todo color:

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en . Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis.  La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos. Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.” (Jn 15:1–10)

La “traducción” que se posó, la cual posee también connotaciones geométricas, es, paso a paso, como sigue.

I. Jesús es la vid, la esencia, claro, y si le pudiésemos asignar un número, éste tendría que ser el 1. Él es el único hijo divino de Dios (Jn 1:18), el único que no pecó (1 P 2:22), el Cordero de Dios por medio del cual se expían nuestros pecados (Jn 1:29, 1 P 2:24), y ciertamente el número 1 de quien lo sigue, pues ni nuestros padres o hijos pueden ser más importantes que Él (Mt 10:37).

II. Como se expresa en diversas citas (Mt 16:24, Mc 8:34, Lc 9:23), Él nos llama a que nos abandonemos, a que seamos buenos sarmientos, a que lo sigamos tomando su cruz de verdad y no mentiras negativas y así dichas ramas corresponden a la geométrica expresión,

1/x,

en donde al crecer nuestra cruz positiva, x, logramos irnos hacia el cero que eventualmente expresa, al bajarnos, el halo de la perfección y la santidad, a la que estamos llamados (Mt 5:48).

III. Pero claro, de acuerdo a lo relatado a color arriba, esto no es del todo correcto. La clave está en permanecer en Él y Él en nosotros y entonces esto da lugar a la ecuación,

1 + 1/x,

que expresa en el signo más—o en otra cruz misma—la necesidad de nuestra estrecha relación con Él, pues el pasaje nos explica categóricamente que no podemos hacer nada por nosotros mismos sino “injertados” en Él, en la vid.

IV. Pero aquí tampoco acaba el asunto, pues si permanecemos en Él cumpliendo sus mandatos, entonces Dios Padre regocijándose en nuestro fruto nos da lo que le pedimos, es decir, nos da poder—de amar, claro está—, y esa potencia, expresada por un exponente, es precisamente la misma cruz unitiva de Cristo (Flp 4:13), dando así lugar a la expresión vital,

(1 + 1/x)x.

V. Cuando dicha cruz crece al infinito, esta ecuación, además de proporcionarnos nuestra santidad en el segundo término en la limpieza de la poda hecha por Dios, define el famoso número exponencial e ≈ 2.7182, que, por lo tanto, en el espíritu del relato, adquiere una connotación bondadosa. Como puede inferirse, dicho número irracional infinito, que no contiene un patrón repetitivo en su expansión decimal, rota hacia afuera en coordenadas polares—es decir sin egoísmo alguno como lo hace a su vez el número 9 de la novena primaria arriba—, y, al viajar de una forma no natural de menos a más, refleja el amor y, por ende de una forma geométrica, al Espíritu Santo.

VI. Esto es así, algo asombroso sin duda, y además lo es de una manera más formal, pues la función exponencial, ex, y solo ésa, satisface la definición concreta del amor en el llamado de Cristo que amemos a todos sin diferencia (Jn 13:34–35), es decir, satisfaciendo “la esencia del cálculo, integrándonos con todos sin dejar nadie afuera. ¡Vaya sorpresa en la notación que permite conocer el mejor regalo para construir la ansiada unidad en el amor, pero es cierto que solo la función exponencial positiva al integrarla y diferenciarla da lugar a ella misma!

VII. Como se observa entonces, el poder verdadero solo podemos lograrlo en la santidad acompañada por el Espíritu Santo, y, en efecto, nunca por nosotros mismos, ni siquiera integrando 1/x, lo cual denota al logaritmo natural. Ésta es la función inversa a la exponencial, que como se explicará en una campanita futura corresponde a la viga negativa e hipócrita (Mt 7:5) que no provee fruto alguno sino conflictos, desigualdades y violencia, que están ligados con el infierno de ramas secas quemadas al fuego.

VIII. Es bello observar en la sencilla y simbólica ecuación que resume el pasaje,

(1 + 1/x)x,

la presencia de tres cruces, y observar allí, de una forma particularmente profunda, las tres veces que Jesús le preguntó a Pedro, después que él lo negara tres veces, si lo amaba (Jn 21:15–17). Es bello en verdad, pues se puede notar que dicha expresión también aplica a todos nosotros como resumen del orden prescrito por Jesús, con Él siendo la Vid y nosotros los fieles sarmientos podados por el viñador.

IX. Pero hay aún una sorpresa adicional que completa esta novena. La expresión simbólica también puede emplearse de una forma espléndida para reafirmar:

Por Cristo, 1/x, con Él, 1 + 1/x, y en Él, (1 + 1/x)x, a ti Dios Padre omnipotente, es decir cuando 𝑥 va a infinito, en la unidad del Espíritu Santo, la e en el límite que une en la integración sin diferenciación del amor de ex y, claro, de allí de una manera coherente: todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos, o sea el infinito, ∞, que concuerda, al rotar, con que la Nueva Alianza en Jesús sea la octava en la lista que Dios ha hecho con el hombre, AMEN

… Contrario a lo sucedido con otro envío, en esta ocasión no supe si mi escrito fue leído por el Papa Francisco o no. Ojalá algún día sí lo leyera, pues, aunque lo expresado contiene una apologética inusual, el material puede ser útil para expresar la imperiosa necesidad de nuestro arrepentimiento como preámbulo del misericordioso perdón de nuestros pecados (Lc 21:47) y la primacía única de Jesús para que podamos lograr la ansiada vida eterna (Jn 14:6).

Que el Espíritu Santo y sus sorpresas nos acompañen hoy y siempre y que su guía permanezca en nosotros para que, siguiendo la sana doctrina—una que el Espíritu de Dios no puede cambiar pues por definición Él no puede contradecirse—, sepamos adentrarnos en la verdad y prepararnos para el retorno del Señor.

Para alabar cual los discípulos, ahora sigue un cha cha chá que llegó de regalo, seguro no por azar, en un día de Pentecostés sorpresivo y exponencial. Ojalá les guste y en especial el coro: ¡Oh santa sorpresa, dulce compañía!

La sorpresa anunciada

Se celebró un 9
¿cómo explicarlo?
y el tiempo de la e
simplemente vino…

Llegó trenzando
santa armonía,
su fuego daba
clara alegría.

Llegó cuidando
como un vigía,
su luz sembraba
bella poesía.

Llegó talando
la hipocresía,
su amor dotaba
fiel compañía.

Llegó brindando
la fina guía,
su ardor sanaba
la rebeldía.

Oh santa sorpresa
dulce compañía. (4)

Llegó colmando
de valentía,
su fe llenaba
de gozo el día.

Llegó animando
toda utopía,
su voz calaba
cual sinfonía.

Llegó aclarando
rancia porfía,
su ser bordaba
de fantasía.

Llegó anidando
plena cuantía,
su paz moraba
y el mal moría.

Oh santa sorpresa
dulce compañía. (8)

(Junio 2001)

La canción a capela se puede escuchar aquí con ritmo de la Orquesta Aragón de Cuba…

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¡La descensión del Señor!

Un aspecto fundamental de la fe cristiana reside en un evento aún por suceder: la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo, o su descensión, pues Él vendrá de la misma manera que subió, tal y como los dos hombres vestidos de blanco se lo dijeron a los discípulos antes del primer Pentecostés (Hch 1:6–11). Como lo relata la palabra de Dios, no estamos esperando ciegamente dicho retorno, pues se nos han dado diversas señales que nos instan a adentrarnos en el amor para así estar debidamente preparados para la  segunda venida de Cristo.

En medio de ciclones furibundos, terremotos devastadores, incendios voraces y otras calamidades naturales, recientemente algunos se han preguntado si ya vivimos en los tiempos del fin. Ciertamente, todo ello son azotes prescritos al retorno (Mt 24:7), como lo son el advenimiento de una higuera maldecida con una rama tierna y también otros árboles (Lc 21:29–33) que observo satisfecha en la ciencia, la observación de las letras Alfa y Omega en un diagrama importante de la física como señales en el cielo (Lc 21:25), el holocausto silente de millones de niños desde el vientre de sus madres que—aunque no aparece con la palabra aborto en las Escrituras—refleja la caridad enfriada del fin de los tiempos (Mt 24:12), y acaso de una forma menos obvia de prever dado el cada vez más aceptado “todo vale” de los tiempos modernos, el intercambio de verdades por mentiras y mentiras por verdades, en una predicha apostasía (2 Ts 2:3) …

… Esta campanita, coincidente con la celebración alegre del día de las madres en muchos países y concordante con los buenos consejos de Nuestra Madre María por medio de sus apariciones siempre relevantes en Fátima, expresa jubilosamente que, en efecto, el día va llegando, que la historia de la humanidad no tiene otra salida, que no hay quien pueda parar el mejor evento, pues Jesús va a volver, acaso pronto.

Cuando además celebramos su prodigiosa ascensión al cielo, aquí se expresa a Nuestro Salvador, al único, empleando la terminología de la clave, es decir lo esencial, la cual es a la vez el nombre de un sencillo instrumento musical del Caribe compuesto por dos palitos y que se emplea como metrónomo de diversos ritmos, como el son y la rumba incluidos en la composición a continuación.

Imagino que esta canción podrá ser útil, ojalá en un día cercano, para animar al gran matrimonio futuro que culmina el amor verdadero (Ap 19:6–9). En verdad lo veo venir. Creo, con la debida humildad de quien ha sido amado por Dios sin merecerlo, que debemos prepararnos para el gran día.

En dicho espíritu, retomando el clamor de hermanos emocionados ante el evento vital, repito con debida exaltación: ¡Amén! ¡Ven Señor Jesús! (Ap 22:20).

Del cielo viene

¡Se acerca su día!

¡El día feliz va llegando!

No hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe,
se acerca un día feliz
el fiel lo sabe;
no hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe, no
se viene un canto de amor
vuelve la clave. (2)

De arriba mira
llega una fiesta,
es matrimonio veraz
total empresa.

Del cielo viene
oh gran orquesta,
es panorama final
vital promesa.

No hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe,
se acerca un día feliz
el fiel lo sabe;
no hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe, no
se viene un canto de amor
vuelve la clave. (2)

De arriba mira
gran fortaleza,
se viene un día feliz
con toda ciencia.

Del cielo viene
llega que llega,
oh corolario de amor
y justa esencia.

No hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe,
se acerca un día feliz
el fiel lo sabe;
no hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe, no
se viene un canto de amor
vuelve la clave. (2)

Shanti Setú…

Oye la clave
vuelve la clave (4).

Ay ya viene sí
ay se acerca, ay Dios,
ay regresa Él
ay el bien ganó.

Ay ya viene sí
ay regresa, ay Dios,
ay se acerca Él
ay triunfó el amor.

Puente de amor…

Oye la clave
vuelve la clave (4).

Ay ya viene sí
ay se acerca, ay Dios,
ay regresa Él
ay el bien ganó.

Ay ya viene sí
ay regresa, ay Dios,
ay se acerca Él
ay triunfó el amor.

Oye la clave
vuelve la clave (4).

Ay ya viene sí, prepárate,
ay se acerca, ay Dios, límpiate ya,
ay regresa Él
ay el bien ganó.

Ay ya viene sí, y pronto mamá,
ay regresa, ay Dios, busca aceite ya,
ay se acerca Él
ay triunfó el amor.

Oye la clave
vuelve la clave (4).

Ay ya viene sí, vuelve la clave,
ay se acerca, ay Dios, alinea ya,
ay regresa Él
ay el bien ganó.

Ay ya viene sí, manos pa’rriba,
ay regresa, ay Dios, puente de paz,
ay se acerca Él
ay triunfó el amor.

Oye la clave
vuelve la clave (4).

No hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe,
se acerca un día feliz
el fiel lo sabe;
no hay quien lo acabe, no noó
no hay quien lo trabe, no
se viene un canto de amor
vuelve la clave. (2)

Puente de paz…

(Noviembre 2004)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

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Enseñando el Amor

En estos agitados tiempos modernos en los que nos ha tocado vivir, es cada vez más difícil el inculcar a nuestros hijos los valores esenciales de la fe. El acceso generalizado de la tecnología ha creado, en particular, una falsa expectativa en la inmediatez, como si todo estuviese al alcance de la mano y pudiese lograrse sin mayor esfuerzo, como si el establecer una buena relación con Dios fuera cuestión de pulsar una tecla, como si su misericordia fuera suficiente y no tuviéramos que amar a Dios con todo el corazón, toda el alma, toda la mente y con todas nuestras fuerzas (Mc 12:30).

Ciertamente, la dependencia digital produce un ansioso afán y así es común que nuestros hijos, y también nosotros, estén más pendientes del mensaje corto que irrumpe en un teléfono celular en vez de considerar un buen libro, que se fijen en el último mensaje viral en vez de lo fundamental, y que se centren en lo urgente y pasajero en vez de lo relevante y eterno. Y es que como muchos seres a su alrededor hacen lo mismo, se crea la sensación que no hay otra manera y entonces, en aras de un pluralismo inculcado sin debate, les llegan ideas y más ideas del mundo que no son acordes con los mandatos divinos.

La batalla por las almas de nuestros hijos es permanente y sutil. Sin duda, el mundo gira en una rueda loca, una que no se parece al bello rosetón a continuación …

… Esta campanita surgió a partir de una canción que llegó un buen día como regalo para mis hijas Cristina y Mariana, “mis pollitas”, cuando eran pequeñitas. La composición incluye alusiones al origen divino de la creación y la consciencia—nociones despreciadas en virtud a “dogmas” evolutivos—y al camino de salvación por medio de la dolorosa pasión de Jesús—algo también en tela de juicio en estos tiempos del modernismo—, e intenta inculcar que solo por Él podemos soñar en nuestra morada final en el cielo. Me encantará escuchar esta rima para animar a los jóvenes y también a los menos jóvenes. ¡Ojalá la canción llegue a sonar pronto, pues la imagino muy bella!

Mientras Shanti Setú hace su aparición, en el tiempo de Dios claro está, deseo invitarlos a escuchar una estupenda conferencia del profesor argentino Antonio Caponnetto denominada Concepto Cristiano de la Educación, la cual me hubiera encantado escuchar, estudiar e implementar años atrás. Ojalá le saquen el tiempo y lleguen a una preciosa poesía al final en la que un padre le pide a Dios la santidad de su hijo, tal y como yo pido por mis hijas.

Por amor, ay mi amor

¡Para mis pollitas!

Con todo mi amor

Por amor, por amor, por amor,
el sol se levanta, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
y la vida canta, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
se abren las flores, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
llegan de colores, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
vuela el pajarito, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
tejen su nidito, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
dio la providencia, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
nació la conciencia, ay, mi amor.

Por amor,
brillan las estrellas,
por amor,
fue fecunda ella,
por amor,
se cambió la historia,
por amor,
se engendró la gloria,
por amor.

Por amor,
murió Él pobrecito,
por amor,
nos lo dio todito,
por amor,
vino su consuelo,
por amor,
soñamos el cielo,
ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
surgió esta rima, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
para darte vida, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
naciste mijita, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
y tu hermanita, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
ay, vive mijita, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
y lo oscuro evita, ay, mi amor.

Por amor, por amor, por amor,
sigue su camino, por amor.

Por amor, por amor, ay por amor,
y hallarás abrigo, ay, mi amor.

(Marzo 2001)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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La Infinita de Pascua

La magnificencia de la Pascua de Resurrección, en la derrota misma de la muerte y el maligno, es tan grande, que no hay cómo festejarla en tan solo un día. Es así como aún estamos haciéndolo durante ocho días, en la denominada Octava de Pascua, la cual, rotando el número 8 para acentuar su magnitud, bien podría llamarse también la Infinita de Pascua.

Tal y como se explicó brevemente en una campanita anterior, el ocho, 8, y su imagen rotada noventa grados denotando el infinito, ∞, están bellamente relacionados en el hecho que Jesús corresponde a la Octava Alianza de Dios con el hombre, la cual, de una forma coherente, da lugar, en virtud al arrepentimiento y al perdón de los pecados, a la recompensa de la vida eterna, o sea el cielo, o el ∞.

Para repasar la historia de nuestra salvación un poco, a continuación se resumen las ocho alianzas que Dios ha hecho con el hombre, cual relatadas en las Sagradas Escrituras. Ellas son: 1. La Alianza Edénica, que le da al hombre potestad sobre la creación en el jardín del Edén y que establece las bendiciones o maldiciones a la humanidad dependiendo de nuestra fidelidad (Gn 1:26–30; 2:16–17); 2. La Alianza Adánica, proferida con Adán (y también con Eva), y por ellos a todos nosotros, en la que se estipulan las dificultades que el pecado conllevará en nuestras vidas, incluida la muerte (Gn 3:16–19); 3. La Alianza de Noé, que anuncia por medio del arco iris que Dios no volverá a destruir la tierra como lo hizo en el diluvio universal (Gn 8:1–24, 9:1–29); 4. La Alianza de Abraham, mediante la cual Dios le promete al patriarca una descendencia próspera y multitudinaria y bendiciones al mundo entero por medio suyo (Gn 12:1–3); 5. La Alianza Mosaica, es decir entre Dios y Moisés, que dio lugar a los mandamientos y leyes que los israelitas deberían cumplir para ser una nación santa agradable a Dios, incluidos los famosos diez mandamientos (Ex 19:4–6, 20:1–26); 6. La Alianza de la tierra, la cual establece y otorga a los israelitas prosperidad en una tierra propia (Dt 30:1–10); 7. La Alianza Davídica, o sea entre Dios y el rey David, que incluye la promesa de una dinastía eterna a partir de él (2 S 7:8–16); y finalmente, 8. La Nueva Alianza, representada por un Mesías futuro (Jr 31:31–34) y firmada por Jesús, de una manera vívida, con su propia sangre de vida eterna (Jn 6:54).

Pero hay aún más acerca del ocho y el infinito …

… Resulta que por medio de la lengua griega, en la que se escribió el Nuevo Testamento, aparecen otras curiosidades tanto inesperadas como edificantes. Sucede que dicha lengua es tal que cada letra tiene una connotación numérica, como sigue: la alfa (A o α), o nuestra a, vale uno; la beta (β) o nuestra b, es igual a dos; la gamma (γ), nuestra g, vale tres; y así sucesivamente, hasta la iota (ι), la i, que vale diez. Luego, la letra kappa (κ), la k nuestra, equivale a 20 (pues el once se puede hacer juntando diez y uno en un iota alfa), y así sucesivamente, de diez en diez, hasta la letra rho (ρ), nuestra r, que tiene un valor de 100. Después sigue sigma (σ), la letra s nuestra, que vale 200 (por la misma razón aducida con relación a kappa) y así, de cien en cien, hasta la última letra que es, en efecto, omega (Ω o ω), una “o larga” en contraposición con nuestra “o breve” igual a ómicron ο, que tiene un valor de 800.

Como es bien sabido, “Jesús es el Αlfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13). Así, traduciendo las letras griegas a números se entiende cómo, seguramente, se definió el prefijo común de una llamada gratis: 1 800. ¡Sin duda, alguien entendió no solo el valor de las letras sino también la naturaleza dadivosa de Dios! Y es que esto es también acorde con que Él sea el único hijo de Dios (Jn 3:16), el 1, el primero, y con que en el 800, y con la debida imaginación, se vean tanto un infinito parado (el ocho) como un sinfín acostado—los dos ceros pegaditos, que además expresan el poder de dos o más “santitos” 0 + 0 = ∞ (Mt 18:19)—, lo cual es consonante con la naturaleza de Jesús y en particular con el hecho que su Reino será infinito, no tendrá fin, tal y como se proclama en el Credo de Nicea.

Pero hay aún un mucho más—un ∞ más. Ocurre que si se suman los números correspondientes a las letras en griego del nombre de Jesús, es decir del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2:9), escrito como Iησουσ, o Iota eta sigma ómicron ípsilon sigma, y leído en español Iesous, esto da:

Iησουσ = 10 + 8 + 200 + 70 + 400 + 200 = 888.

De una forma admirable, aparecen ahora tres infinitos verticales que enfatizan aún más, si es que eso fuera necesario, el poder del Justo que resucitó, el mismo ante quien toda rodilla se hincará y toda lengua confesará (Flp 2:10–11). Esta es, como ven, una coincidencia impecable, sin duda una bellamente orquestada de arriba y desde siempre, la cual además sirve para contrastar a Nuestro Salvador con el infame anticristo por venir y caracterizado, acaso en el mismo idioma griego, por el famoso 666 (Ap 13:18).

Para seguir pues el festejo de esta Pascua eterna, a continuación se encuentra una canción que expresa que el cielo, el ocho rotado, es nuestro mejor destino, un infinito hermoso y muchísimo mejor que otro mal domicilio en el infierno, tal y como se explicará en una campanita por venir a partir de la teoría del caos. Creo que estarán de acuerdo con el coro que enfatiza la bondad en irnos con Jesús: ¡Yo me voy, yo me voy, yo me voy con Él! ¡Que viva Cristo Rey!

Al ocho rotado

Para el Rey de Reyes…

Del abismo se fue
a la muerte venció,
este hombre divino volvió
y la vida nos dio.

Por las nubes se fue
a lo alto partió,
este amigo querido subió
y a su Reino llegó.

De las nubes vendrá
cosechando su vid,
este santo olvidado dará
a los buenos festín.

Por la tierra vendrá
regalando el reír,
este verbo sagrado será
gloria cierta sinfín.

¿Entonces?

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
siguiendo el camino fiel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
al cielo con la verdad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sanando todo lo cruel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’ lante sin más maldad.

¡Pa’l ocho rotado!

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
creciendo un verso del bien.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
toditos en hermandad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sembrando el amor que es.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’rriba con humildad.

 (Febrero 2000/Abril 2018)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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La geometría del amor

Extendiendo sus brazos dibujando una Y y clavado en una X denotando la cruz, el Justo murió, por amor a nosotros, encarnando, de una manera vívida, la más sencilla de las ecuaciones, X = Y. Esta es la misma expresión familiar que nos permite comprender visualmente porqué Jesús, al ser el único camino al Padre (Jn 14:6), está elocuentemente relacionado con el concepto de la hipotenusa:

Nuestro Señor ha resucitado y así ha derrotado a la muerte y al maligno. No podía ser de otro modo pues, de una forma tanto curiosa como certera, desde que Él estaba crucificado se preveía. Por ejemplo, en la prescrita oscuridad desde la hora sexta hasta la hora nona (de las doce del mediodía a las 3 de la tarde, Mc 15:33) se observaba, en sutil y potente contraste geométrico, el triunfo del más (la cruz, claro) sobre el menos, pues dichas horas contraponen al espiral positivo, luminoso y amoroso del 9 con el negativo, egoísta y diabólico del 6. Pues además, al sucederse su muerte justamente a la hora nona (Mc 15:34) y al rasgarse, a la vez, el velo del Santuario, precisamente por el medio (Lc 23:45), el evento aparentemente mortal definía, también con exquisita sutileza, la condición equilibrada del 50-50 que el santo Hijo de Dios satisfizo, regalándonos así la unidad:

Jesús derrotó a la muerte y tembló la tierra. No podía ser de otra manera. Es un enigma, sin duda, pero a los niños nos atrae su geometría pura y veraz …

… Para algunos, incluido yo, en el Manto Sagrado de Turín está plasmada la imagen de Nuestro Señor Jesucristo en el energético instante sobrenatural de su resurrección.

En virtud a una amable invitación de parte de mi amigo el Padre Robert Presutti en el año 2010, asistí una mañana con mi familia a una conferencia sobre la vilipendiada reliquia, impartida por el médico holandés Petrus Soons. La charla fue acerca de un estudio holográfico del Manto Sagrado y acompañaba la inauguración de una exhibición llamada “¿Quién es el hombre de la Sábana Santa?”, la cual suelo visitar para rezar cada Viernes Santo, como lo hice antes de ayer.

En medio de la conferencia—una similar a otra que pueden observar por sí mismos aquí—el Dr. Soons explicó, en inglés, cómo los hologramas permitían identificar un objeto ovalado colocado sobre el cuello y debajo de la barbilla (visto arriba debajo de la U invertida y delimitado por abajo por una rayita horizontal blanca que sube a la derecha) en el que aparecían tres letras que él, empleando sus estudios de caligrafía, identificó como:

Apenas él dijo esto (cual explicado a partir del minuto 31 en su charla citada arriba), me volteé hacia mi esposa Marta y le pregunté con toda emoción: ¿Ves tú lo que yo veo? ¡Jesús, X = Y! ¡Quedamos estupefactos! ¡Vaya coincidencia en una roca usada para identificar el cuerpo! ¡Aún me produce escalofrío relatar lo sucedido!

Al terminar la conferencia hablamos con Petrus y su esposa Dalys, claro, y les conté cómo las tres letras, y en especial las dos últimas, aparecían también a partir de la geometría de la hipotenusa. Y para que la alegría compartida fuera aún mejor entendida, me fui a casa y volví en la tarde con dos canciones impresas para ellos: X = Y (en español) y Y = X (en inglés), las cuales llegaron a mí ocho años antes de nuestro encuentro. En efecto fue un día memorable, mis suegros me acompañaron y escucharon la charla, ahora en español, pues el experto en el Manto Sagrado es además polígloto.

A continuación se encuentra la que considero es mi mejor canción, X = Y, y un video que permite escucharla y seguirla visualmente. El hermoso arreglo musical, que me hizo llorar de la emoción al igual que otro anterior, fue inspiración del versátil Lázaro en Cuba y las animaciones fueron amorosamente elaboradas por mi fiel discípulo Jason “Segundo” Huang, empleando los peculiares dibujos minimalistas de mi hermano duartecito. Esta sentida alabanza, en veintiuna estrofas, termina, como acaso lo pueden imaginar, con una bella moraleja geométrica. Los invito a que no se la pierdan.

Sumándome al júbilo de los aleluyas para así multiplicar el triunfo del amor, les deseo, exaltando la cruz (como acabo de hacerlo en los signos + y ×), una Feliz Pascua de Resurrección. ¡Que viva Cristo Rey!

X = Y

¡Esto sí es pura geometría!

X = Y
es justicia que ilumina,
es balanza que fascina:
X = Y.

X = Y
es la conciencia encarnada,
es la paciencia sangrada:
X = Y.

X = Y
es palabra que perdura,
es espiral de ventura:
X = Y.

X = Y
es la preciosa morada,
es la planicie anhelada:
X = Y.

X = Y
es hermandad que valora,
es colibrí con aurora:
X = Y.

X = Y
es corta raíz divina,
es geometría sin espina:
X = Y.

X = Y
es futuro que perdona,
es la ciencia con corona:
X = Y.

X = Y
es tonada siempre tierna,
es la oración eterna:
X = Y.

X = Y
es inocencia que besa,
es un jardín sin maleza:
X = Y.

X = Y
es el diseño sencillo,
es majestuoso estribillo:
X = Y.

X = Y
es amistad que da cura,
es libertad con cordura:
X = Y.

X = Y
es el abrazo sincero,
es la potencia del cero:
X = Y.

X = Y
es unidad que edifica,
es torsión que santifica:
X = Y.

X = Y
es el corazón sagrado,
es el más enamorado:
X = Y.

X = Y
es inspiración que llama,
es confianza de quien ama:
X = Y.

X = Y
es bondad apasionada,
es sabiduría soñada:
X = Y.

X = Y
es revelación que anida,
es renunciación querida:
X = Y.

X = Y
es la carencia del polvo,
es la línea del retorno:
X = Y.

X = Y
es el regalo que invierte,
es la vida sin la muerte:
X = Y.

X = Y
es vivencia sin el miedo,
es matrimonio de lleno:
X = Y.

X = Y
es ya lo pleno, te digo,
es amar al enemigo:
X = Y.

(Octubre 2001)

La canción se puede oír y visualizar aquí…

Publicado en Campanitas

Por la hipotenusa en San Pedro

En los últimos diez años he tenido la oportunidad de compartir conferencias en Roma, en el programa de Ciencia y Fe del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, invitado allí por mi buen amigo el Padre Rafael Pascual, quien me vio en acción en un congreso en la muy bella Puebla de los Ángeles en México en el 2002. Ha sido un gran honor para mí el enseñar en la ciudad eterna y eso me ha permitido, entre otras cosas, adentrarme en la oración, rezando sentidos Rosarios por la humanidad entera circundando el Vaticano, y meditando, tanto los misterios establecidos, gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos, como los “de la higuera”, que un buen día me inventé.

Un mes después que el Papa Francisco fuera escogido para reemplazar al renunciante Benedicto XVI en el año 2013, me tocó por suerte estar allí en Roma compartiendo mis charlas. Así, aún estupefacto ante el insólito cambio de guardia, pude presenciar una audiencia general en la Plaza de San Pedro, un día miércoles.  Recuerdo que fue un encuentro particularmente festivo y por los jubilosos vítores “Francesco, Francesco” pude comprender el porqué algunos auguraban que vendrían tiempos mejores para la Iglesia, tiempos seguramente más humanos.

Inspirado por lo que sucedía, llegué a pensar que mi viaje anual a Roma podría acaso ser propicio para intentar tener contacto directo con él, tal y como lo reportaban con emocionada sorpresa algunos seres sencillos. Así, y luego de escribirle varias veces durante su primer año, me preparé para tratar de darle mis libros en persona durante mi siguiente visita y para pedirle, lleno de valor y fe si lograba hablarle con calma, que me ayudara a compartir con mayor éxito las buenas nuevas de Jesús a partir de la ciencia, de modo que pudiera serle aún más fiel a lo que expresa el Evangelio, en particular el de San Marcos al final, que nos impele a proclamar—por el mundo entero—el inigualable y necesario amor redentor de Jesucristo (Mc 16:14–16).

Así pues, en otro día miércoles de audiencia al aire libre en el año 2014, un poco frío en medio de la primavera romana, llegué muy temprano a la gran plaza, y bien vestido para la ocasión, como lo hubiera aprobado orgullosa mi abuelita Fanny. Dada mi experiencia, sabía que para poder tener acceso al Pontífice debía estar en la primera fila de una sección en la que dividen la famosa glorieta para la efeméride. Observando que iban a abrir una zona, me quedé quedo, mirando a lo lejos, respetuoso y a la expectativa, y, apenas noté que ya era el momento, salí corriendo hacia la primera fila, hacia la intersección de dos vallas perpendiculares. Quedé en una silla en la mera hipotenusa, y de allí el título de esta campanita.

A mi lado llegaron, también corriendo, otros feligreses como Leonardo, un amigo solidario quien no por azar me fotografió con mis libros, y un niño juguetón que se me colaba a mi derecha y a quien su mamá le gritaba, desde varias filas atrás, “Mateo la capucha”, pues a veces llovía.

Gracias a Dios no llovió con fuerza y el sonriente y luminoso pasajero del papamóvil, que se contoneaba graciosamente, pudo hacer su ronda acompañado de aplausos y vivas en varios idiomas. Súbitamente, el bullicio se sintió ya cercano, aumentó la expectación, y llegó el lento pero rápido cortejo hacia mi callejón. Para mi fortuna, él miraba hacia mi lado. A punto de llegar a mí le grité: “¡Francisco, unos libros para ti y para Obama, tómalos!”, lo cual él hizo moviéndose hacia adelante y diciendo “gracias”. Yo, cautivado por el instante, le volví a gritar: “¡bendición!” y proseguí a bendecirlo. Y cuando él se dio cuenta de lo que yo hacía, se volteó hacia mí y me bendijo. Fue algo emocionante, y yo solía contar la historia en conferencias o en clases diciendo graciosamente: “no se metan conmigo, pues estoy bendecido por el Papa”

… Al Obispo de Roma, como él se hizo llamar cuando empezó su reinado, le di mis libros La Higuera & La Campana y La Hipotenusa en español, con una copia de la parábola The Hypotenuse, en inglés, para el entonces líder del país más poderoso del mundo, con quien se reunía al otro día. De mi parte sabía que a éste también le enviaría dicha obra que, entre otras cosas y como se explicó en una campanita anterior, modela las desigualdades reinantes en Estados Unidos y en el mundo entero, y muestra la única solución equilibrada en la implementación debidamente entendida y, por ende, no forzada del amor de Jesús.

Todo esto ocurrió en la Cuaresma, durante la misma época que ya casi termina, pocas semanas antes de la Semana Santa que ya empieza y así, una vez concluidas mis conferencias el jueves en la noche, pude adentrarme el viernes en el misterio del Sacramento de la Reconciliación, participando en un servicio penitencial en la Basílica de San Pedro, presidido por el mismo Francisco. Allí volví a llegar temprano y quedé relativamente cerca del principio de una larga cola que le daba la vuelta a la plaza con obelisco en medio.

Dado que muchos querían colocarse al centro de la nave para poder tener una mejor vista de él para fotografiarlo, una vez se permitió el ingreso al templo pude llegar, nuevamente corriendo, a la primera fila posible, otra vez ante una valla que ahora dividía a laicos y a prelados ataviados con colores rojos y púrpuras, y muy cercana a la famosa estatua de San Pedro. Quedé en diagonal a la silla del celebrante—no un trono como antaño—y a la izquierda de una amable señora argentina, hoy por hoy mi amiga Claudia Dattilo, con quien departimos acerca de lo que hacíamos: ella intentando un programa denominado La Semana de Francisco y yo soñando con poder hacer más por Cristo, mi Señor.

Allí, en el ejercicio de la solidaria compasión, Claudia me habló de un Monseñor llamado Guillermo Karcher, también argentino y a quien me mostró a lo lejos cerca del majestuoso altar encima de la tumba del primer Pontífice, quien acaso, el Monseñor, valga la aclaración, pudiera servirme de puente para llegar a su Jefe, pues él ayudaba a su programa semanal consiguiendo que pudieran estar presentes en eventos privados de Francisco. Así, en medio de conexiones inesperadas, como orquestadas desde lo alto, gocé mucho el pomposo servicio que contuvo hermosos cánticos y, en particular, la vital oportunidad de la—tan despreciada—confesión.

Una vez regresé con espíritu renovado a casa, a la muy bella Davis en California, le escribí a Claudia y recibí de su parte las coordenadas del Monseñor. Cuando se avecinaba ya la Semana Santa, me inspiré y le escribí pidiéndole que le diera a Francisco mi carta número ocho, aquí adjunta, que incluía algunas aseveraciones acerca de cómo la teoría del caos es útil para comprender algunos pasajes bíblicos enigmáticos y relevantes. Mi carta esbozaba también mi deseo de reunirme con él cuando lo quisiera y también incluía los misterios de la higuera antes nombrados—incluidos dos que sucedieron en la semana mayor aunque la Iglesia no los enfatice para centrarse en la Pasión: la maldición desconcertante que Jesús hizo de una higuera sin fruto hasta secarla cuando regresaba a Jerusalén el lunes desde Betania (Mt 21:18–22, Mc 11:12–14; 11:20–23) y la parabólica lección pocos días después en el Monte de los Olivos acerca de otra higuera con rama tierna y brotes como preámbulo de su segunda venida (Mt 24:32–35, Mc 13:28–31, Lc 21:29–33).

Pocos días después de la Pascua, recibí una respuesta breve del Monseñor que decía que el sucesor de Pedro había leído mi envío con detenimiento” y que podía escribirle a él por medio suyo. Este fue, indudablemente, un evento gratificante, un gran triunfo, pues llegaba como fruto de intentos repetidos por diversas rutas y por años. No pocos amigos, incluido el padrino de este blog, se emocionaron con mi alegría y algunos hasta se atrevieron a vaticinar, esta vez con optimismo y contrario a lo sucedido anteriormente con el Nobel Saramago, que Francisco me contestaría y que llegaría a él …

… Le escribí un total de dieciséis veces, es decir ocho cartas más a partir de la que leyó. En contra de los buenos augurios, sin embargo, nunca llegó—como en efecto no había llegado tampoco un comentario a mi octavo envío—respuesta alguna. No arribó una esquela romana, ni siquiera una palabra “misericordiosa” de aliento a mis esmerados escritos, la cual hubiese sido bienvenida. Aunque logré reunirme en el año 2015 con el amable Monseñor Guillermo Karcher, comprendí, por razones cada vez más evidentes y en contra de mis instintos básicos que siempre me han instado a insistir, que no debía intentar más pues lo había entregado todo.

En verdad lamenté y lamento que mis envíos no hayan suscitado un encuentro con Francisco. En efecto me hubiera montado y me montaría gozoso en un avión para explicarle lo que sé, pues creo, de corazón, que lo que Dios me regaló de forma inmerecida, y más allá de la improbabilidad que “algo bueno” (Jn 1:46) pueda salir de un “científico” y más aún uno “colombo-americano” y sin estudios formales de teología, es valioso para animar de una forma novedosa y urgente al amor y la paz de Jesús, y solo a Él. De veras creo, humildemente, que lo que me ha sido dado debería ser acogido en mi Iglesia Católica, por ejemplo en la Comisión Pontificia para la Nueva Evangelización, pero mis repetidos intentos allí han sido infructuosos.

Dejando para una campanita futura algunas reflexiones que acaso permiten comprender el porqué de silencios reiterados a mis esfuerzos, silencios solitarios y dolorosos que ciertamente palidecen ante el sufrimiento de Nuestro Señor durante la semana en que se celebra nuestra redención, a continuación incluyo y leo la poesía Puente de amor que cerró la carta que él leyó. Ésta, la octava, o la del infinito rotado—pues la Nueva Alianza de Dios con nosotros por medio de Jesús, y solo Él, es la octava y provee, si le somos fieles, el regalo de la vida eterna, o sea el infinito—concluye, en efecto, con una inspiración muy especial para mí, pues llegó como escrita en primera persona por el discípulo Natanael, según Él, “un israelita carente de engaño”, quien aceptó al único salvador inmediatamente, solo porque Jesús le dijo que lo había visto bajo la higuera (Jn 1:45–51). ¡Cuán hermosa es la relación entre el ocho y el infinito y qué bonito y curioso es el pasaje que define el tercer misterio de la higuera! ¿No les parece?

Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, quien muere: sufriendo una agonía solitaria por nuestro pecado, azotado vilmente por nuestro pecado, escupido toscamente y coronado con las espinas de nuestro pecado, cargando las pesadas cruces de nuestro pecado y clavado en el madero hasta la muerte misma por nuestro pecado, blanquee todos nuestros corazones por medio de la conversión—ojalá durante la Semana y hasta el más alto nivel en su desposada Iglesia—, para que, al renacer en Él, podamos servirlo en la unicidad de su amor hasta que vuelva y gozando de su unidad en la eternidad.

Puente de amor

¡A Natanael, un israelita puro!

Estuve bajo la fronda
hilvanando una oración,
y un amigo de esa era
compartió su bendición.

Le seguí por insistente
reprendiendo mi razón,
y de forma sorprendente
se encendió mi corazón.

Caminamos a su encuentro
en pos de profunda unción,
y por la luz en mi centro
conocí la santa opción.

Comprobé por su discurso
que leía mi intención,
y por árbol alegórico
supe que era hijo de Dios.

Le entregué toda mi suerte
en sentida conversión,
y con su verbo potente
predijo una gran visión.

Anduve por el sendero
compartiendo su canción,
y con un gozo sincero
repartí su sanación.

Luego vino la tibieza:
mi dolida deserción,
y en medio de mi pobreza
reencontré su compasión.

Lo vi subir a lo alto
confirmando predicción,
y con fuego de su mando
él mostró su protección.

Fueron esos tiempos plenos
de asombro y revelación,
y viajamos por el mundo
proclamando redención.

Hoy contemplo agradecido
mi martirio y vocación,
y recuerdo conmovido
como fui puente de amor.

(Mayo 2001)

La poesía se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

La parábola de la libélula

Cuando felizmente llegué a mis cincuenta años, lo celebramos con una gran fiesta en casa, con un baile que incluyó, gracias a mi buen amigo León Soto, unos estupendos músicos puertorriqueños. Nos congregamos en la sala, cerca de la puerta, y allí cantamos alegremente, acompañados de guitarra, cuatro, maracas y bongos, mientras llegaban otros invitados.

De cuando en cuando se abría la puerta para dejar entrar más personas al convite y en medio de ese abrir y cerrar el espacio, y sin que nadie lo notara, se coló una hermosa libélula que voló hacia lo más alto del techo, en donde, sin duda, tenía la mejor vista del areito. Al verla allí, inmediatamente pensé en qué debía hacer para sacarla de la casa, lo cual parecía sumamente difícil pues estaba fácilmente a más de cinco metros de altura.

Al ver al animalito tornasolado, algunos de los presentes empezaron a felicitarme con convicción, argumentando que dicha visita era un signo de buena suerte. Ciertamente ese ser alado se convirtió en el tema de conversación y recuerdo cómo le conté a mi hermano duartecito, cuando llegó, que una así, acaso la misma, se posaba a veces en un palo que sostenía una campanita enfrente de la casa y cómo ella recordaba a una que él había dibujado saliendo de una campana, en la muy artística carátula que él diseñó para mi primer libro.

En medio de la algarabía y sin haber dado muestra alguna de movimiento desde su posición arriba, el “San Pedro” o el “caballito del diablo”, tal y como algunos la llaman—vaya dicotomía—de pronto se lanzó planeando hacia una lámpara de pie que lanzaba luz hacia arriba. Oímos conmovidos el horrible sonido que hizo cuando se achicharró …

… Quedamos atónitos ante lo sucedido y un mes después me inspiré para escribir la canción que se encuentra a continuación, la cual esboza una moraleja, una parábola, en el no dejarnos confundir por una luz irreal.

En estos tiempos que nos toca vivir, en los que casi todo vale y muchas mentiras se expresan como verdades, es pertinente recordar, en medio de la Cuaresma, que solo hay uno quien es la luz verdadera, Jesús, Nuestro Señor (Jn 8:12).

Mi libélula

!Vaya, qué curioso!

Libélula en caratula…

Luego me visitó…

Y hasta entró en casa…

Una libélula
vuela coqueta una libélula,
una libélula
se posa en palo la libélula.

Un verso alado del edén
tornasolado en mi jardín,
siempre venía a visitar
engalanando con postín.

Esta amiga singular
enarbolaba su matiz,
llegaba presta a descansar
acompasando mi sentir.

Una libélula
vuela coqueta una libélula,
una libélula
se posa en palo la libélula.

Una libélula
entró en la casa la libélula,
una libélula
en lo más alto la libélula.

La puerta abierta encontró
en bello areito del vivir,
muchos la vieron reposar
arriba, arriba, ay de mí.

Entre arpegios y bongo
fue fiel testigo del festín,
la concurrencia la alabó
es buena suerte, sí que sí.

Una libélula
entró en la casa la libélula,
una libélula
en lo más alto la libélula.

Una libélula
bajó planeando la libélula,
una libélula
a lo atrayente la libélula.

Nuestra amiga decidió
ay deslumbrada por candil,
cambiar su vista sin igual
irse a buscar otro perfil.

Se lanzó ella sin dudar
a fría lámpara de pie,
y allí la oyeron centellear
jugar su último papel.

Una libélula
bajó planeando la libélula,
una libélula
a lo atrayente la libélula.

Una libélula
murió tostada la libélula,
una libélula
por confundida mi libélula.

Ay se fundió un San Pedro…

Ay caballito del diablo,
mala suerte…

Puente de paz, con amor…

Hay moraleja…

No te confundas tú
ay yendo a falsa luz,
no te equivoques no
y aferrarte al buen amor.

No te confundas tú
olvidando la santa cruz,
no te equivoques no
solo uno por ti murió.

Shanti Setú a caballito…

No te confundas tú
alejado de buena luz,
no te equivoques no
y acepta a tu Señor.

No te confundas tú
con remedo de fina cruz,
no te equivoques no
un sacrificio solo salvó.

Oye bien…

Aprende el coro…

Una libélula
fue buen regalo la libélula,
una libélula
de cumpleaños mi libélula.

Una libélula
de buena suerte la libélula,
una libélula
pa’ mis amigos mi libélula.

Una libélula
oh don del cielo la libélula,
una libélula
pal equilibrio mi libélula.

Una libélula
brota e campana la libélula,
una libélula
ay siempre llama mi libélula.

Puente de paz…

Una libélula
no te confundas tú,
ay mi libélula
no te equivoques no… (3)

(Septiembre 2006)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas