Un científico algo extraño

Vivimos en una época extraña, decididamente extraña, en tiempos de cuarentena y barbijo, tiempos de introspección y gel de manos. Son circunstancias raras, sin duda, y para mí es como si todos los días fueran “martes”, como si el tiempo se hubiera detenido y así Dios nos invitara a su realidad, a la ansiada normalidad suya, una que va mucho más allá de lo ya vivido.

La quietud de estos días se siente particularmente misteriosa e incierta y es en medio de esta coyuntura que surge esta campanita, cuyo título estaba ya definido meses antes de la insólita epidemia del virus con coronita. Este texto, adornado por dos canciones que le sirven de base, presenta algunas reflexiones testimoniales que surgen al mirarme al espejo, contemplando, con la debida calma, lo que he hecho y he intentado hacer en los tiempos posteriores a mi conversión, en los últimos 31 años.

No tengo la menor duda: el título de la campanita me define. Soy un científico algo extraño, o ¿por qué no admitirlo?, soy a la vez un ser muy extraño, como sé algunos me perciben. En verdad, no tengo cómo desmentir el apelativo más severo, pues entiendo muy bien que pueda ser juzgado así. Desde hace ya casi la mitad de mi existencia me he convertido, poco a poco y sin habérmelo propuesto, no sólo en un científico distinto sino también en una persona algo peculiar, y esto es, en el verdadero orden de las razones, por intentar seguir a Jesucristo y por “mezclar” cuestiones que para no pocos no deberían juntarse: la fe y la ciencia o la fe y la razón, lo cual no siempre es lo mismo, pero que para efectos de lo que va a ser relatado aquí sí es igual.

Ciertamente, soy “culpable” por atreverme a notar conexiones inesperadas y novedosas entre dos ramas del saber que para no pocos deben ser antagónicas y, en particular, por intentar mostrar cómo la ciencia moderna de lo complejo permite ilustrar de una forma novedosa la unicidad de Jesucristo y la veracidad de la fe católica tradicional. Tal y como ha quedado patente en estas campanitas, observo relaciones tanto hermosas como urgentes que he divulgado en donde he podido, concordancias universales que enfatizan la vital necesidad de la reconciliación y del amor pleno en Jesús, y solamente en Él, es decir contrario a cualquier ecumenismo interreligioso posible.

Sin desear que la siguiente retahíla pueda parecer mal humorada, aquí resumo algunas asociaciones “extrañas” ya expuestas en estas campanitas, en orden cronológico:

  • ¿No soy acaso un científico algo extraño al argumentar, a partir de cómo ocurre la divisiva turbulencia en el aire, que Jesús sea el equilibrio—entendido como el bien sin mal en la carencia de desigualdades y discriminaciones—y que desde allí Él sea, con toda lógica, “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14:6)?
  • ¿No soy seguramente un ser muy extraño al explicar que el Mesías sea también la corta y recta hipotenusa de un triángulo esencial, al ser ella la única rampa que permite evadir las comunes escaleras del diablo, producto de espinas y polvo, para así arribar al origen que es Dios Padre, y completar elocuentemente la famosa cita definitoria ya citada en el punto anterior?
  • ¿No soy acaso un científico algo extraño al notar que la ecuación de la salvación de Dios, la del equilibrio acumulado en la más sencilla línea recta, X = Y, la misma fórmula de la hipotenusa, refleje de una forma coherente a Jesús en la cruz y su silueta crucificado en ella, cual observado también en el Manto de Turín?
  • ¿No soy seguramente un ser muy extraño al escribir una conga cubana a partir de tres numeritos, el cero, el uno y el infinito, para invitar con ellos al amor y a soñar con el día en que se forme mi banda Shanti Setú, o Puente de Paz, para cantarle al Señor un canto nuevo?
  • ¿No soy acaso un científico algo extraño al observar que la moderna teoría del caos—en verdad no tan moderna sino más bien ya clásica—permita visualizar cómo nos alejamos más y más de hacer la voluntad de Dios, es decir, cómo pecamos, subiéndonos a un árbol lleno de polvo, espinas y un caos real?
  • ¿No soy seguramente un ser muy extraño al atreverme a hablar del infierno y el purgatorio—conceptos estos ya arcaicos para muchos—tal y como pueden entenderse en la cima de una simbólica higuera, inesperada y también certera de la ciencia?
  • ¿No soy acaso un científico algo extraño al notar en dicha higuera improbable del caos paralelos con otras higueras metafóricas y misteriosas en la Biblia que nos terminan invitando a la conversión, a bajarnos del árbol, y, de una manera acaso urgente, a estar preparados para la segunda venida del Justo?
  • ¿No soy seguramente un ser muy extraño al afirmar que se puede visualizar al mismísimo Espíritu Santo—vaya locura la mía—en un diagrama de la ciencia con la forma de las alas de un ángel y compuesto por una unidad infinita yendo siempre hacia arriba, un objeto límite capaz de trocar la muerte en vida?
  • ¿No soy acaso un científico algo extraño al emplear ese mismo diagrama para describir facetas relevantes y hermosas acerca de la Santísima Trinidad—el mayor de los misterios—incluyendo el que a partir de la roca, o sea Jesús y solo Él, se pueda construir un templo maravilloso y real que lo lleva todo al cielo, al infinito?
  • ¿No soy seguramente un ser más que extraño, para variar el estribillo, al imaginar la trascendental transformación del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo en la dinámica victoriosa del mismo bello diagrama de la Santísima Trinidad?

Efectivamente, lo que está citado en este inventario es tan inesperado e insólito que puede ser considerado, especialmente por aquellos que no me han leído, como algo inverosímil. Entiendo muy bien que todo esto también puede ser tildado, a la vez,  como una verdadera “locura”, y es así como el epíteto “extraño” me ha acompañado durante mis intentos de comunicación, tanto con personas de ciencia como con personas de fe.

Sabiéndome pues un ser peculiar y también juzgándome cuerdo, en este “martes” vital proclamo, para citar a mi trovador por segunda vez, que “moriré” como estoy viviendo, soñando comunicarme “necio” de amor a Cristo, cual un rosetón extraño llegando a flor, que, sé muy bien, no gusta a todos …

… Una vez sucedió mi inesperada conversión y me adentré en lecturas pausadas de la Biblia, comprendí la realidad de diversas citas, mas no sólo como algo que estaba escrito en la Palabra de Dios, sino por su relación explícita con mi propia vida. Por un lado, y cual relatado ya en mi testimonio esencial, con no poca felicidad corroboré que era cierto que mi conversión incluiría, a su debido tiempo, ¡siempre en el tiempo perfecto de Dios!, también la de toda mi familia (He 16:31), no poca cosa.

Por otro lado, y al profundizar en el misterio más allá de la euforia original, entendí también que el cambio de vida que empezaba vendría acompañado, a su vez, de persecuciones por seguir a Jesús, tal y como Él lo dijo en la última bienaventuranza, la novena, la del verdadero amor:

“Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por causa” (Mt 5:11).

Sin entrar en detalles específicos, como sí lo hice en mi testimonio de conversión y en otros escritos aquí y aquí, debo decir que el que yo haya tenido una experiencia mística, y en particular el que en ella haya experimentado a Jesús en mi corazón, fue algo que naturalmente suscitó que algunos de mis amigos me vieran con cierto recelo. Entiendo bien que para ellos fue “extraño” el oír a su amigo, casi hermano, hablar de alguien que no nombrábamos en nuestras conversaciones y también comprendo que mi emoción inicial pudo haberlos repelido. Sin embargo, no dejó de ser doloroso para mí el que con el tiempo llegaran silencios descalificadores así estuvieran predichos. Y es que, aunque la continuación de la novena bienaventuranza venga cargada de excelentes augurios:

“Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros” (Mt 5:12),

el hallar el regocijo en medio del descrédito y de la implicada soledad fue algo que solamente vino a llegar con el pasar de los años, ciertamente acompañado con mis oraciones por quienes han continuado siendo cercanos a mi corazón.

En la medida en que mis investigaciones científicas en el área de la complejidad natural crecieron conformando un rompecabezas inusitado y cuando, en particular, empecé a enseñar hace 20 años mi curso seminario en la Universidad de California, Davis bajo el título Caos, Complejidad y Cristiandad (en inglés, claro), comencé a tener algunas dificultades en mi estupenda institución secular. Las conexiones inesperadas entre la ciencia y la fe empezaron a plasmarse en mí poco a poco y, aprovechando mi “libertad académica”, desarrollé las ideas a la vez que llevaba a cabo mis investigaciones hidrológicas. Esto hizo que en un momento dado asistiera a tres tipos diferentes de conferencias: acerca de la complejidad natural, en el área de la ciencia y la religión y en mi hidrología vital, la ciencia del agua que define mi acreditación académica. Mis múltiples ocupaciones, sin embargo, no gustaron del todo a varios colegas que pensaban, con razones, claro está, que yo debería dedicarme exclusivamente a la ciencia física, tal y como ellos lo hacían.

Dado que las ideas que sirvieron de inicio y sustento a mi fe tenían como base las mismas nociones empleadas en la modelación de datos hidrológicos de lluvia y caudales (esto se explicará en la próxima campanita “De puntito a puntito”), de mi parte mantuve que lo que hacía no era del todo “extraño” sino que más bien era parte de un ente coherente, lo cual dio lugar a diversas opiniones. Yo deseaba que me evaluaran todo el trabajo que hacía y esto causó molestia en no pocos, de nuevo con razones, y el resultado fue que no solo no lo hicieran, sino que, en virtud de la aversión creada, me negaran un par de veces el subir en el escalafón salarial. Estas “palmaditas en la mano” (o acaso en la mejilla) fueron, en perspectiva, algo esperado dado el celo profesional existente y resultaron también ser tanto desoladoras como benéficas para mí, pues a pesar de que algunos colegas me aislaron de posibles proyectos y me marginaron a la soledad, la compañía del amor de Cristo nunca me abandonó.

En verdad, poco importó que lo que hacía en mi gran universidad estuviese fielmente publicado, es decir debidamente avalado por expertos, ya sea en el área de la complejidad o en la de la ciencia y la fe. No importó, pues imperó más bien la prevención ante un tema incómodo y tabú que para algunos era mejor evitar. Aunque la “academia” debería fomentar la búsqueda de la verdad sin frontera alguna, este hidrólogo, discípulo de Juan Bautista (claro, esto es políticamente incorrecto decirlo, así el profeta bautizara con agua) publicó su mejor trabajo—lo incluido en la retahíla arriba y un poco más—en libros, uno en inglés Treasures inside the Bell, y otros dos en al menos dos idiomas La Hipotenusa y La Higuera & La Campana, y ellos no fueron celebrados como logros relevantes, a pesar de contener bellos comentarios de expertos incluido un Premio Nobel y un Premio Templeton—el galardón más importante en la Ciencia y la Fe.

Mi trabajo en dichos tópicos ha tenido, por años, una connotación clandestina, tanto en mi universidad—en mi departamento y en toda la institución—como fuera de ella, pues no pocos colegas me han visto con aprensión y decidido escarnio cuando he tenido la valentía de mostrar lo que entiendo en diversas conferencias hidrológicas y geofísicas, tanto nacionales como internacionales. Ese ha sido mi territorio vital y, aunque he sido respetuoso con todos, amándoles como debo, a veces he sido presumido “culpable” sin que se me dé la oportunidad de comprobar mi inocencia, y no al revés, como se dice en las películas. Hoy por hoy, y ya después de 34 años de una intensa vida académica, le doy gracias a Dios por todo lo que pude hacer y también por las vicisitudes que experimenté, las cuales me permitieron crecer en la fe. Pues el aprender a perdonar y el osarme a amar a aquellos que decidieron ser mis enemigos ha sido algo muy benéfico para mí persistir en la verdad.

En el ámbito de la fe las cosas tampoco han sido color de rosa. Excepto algunas bellas y contadas excepciones como una ya citada, por aquí me ha acompañado la carencia de respuesta de no pocos, lo cual es una forma real, aunque sutil y acaso inconsciente, de persecución. Una vez escribí mis libros, y en verdad desde antes y ahora, intenté compartir las ideas con diversos sacerdotes, ya sea en vivo o enviándoles mis escritos. Dios sabe, claro que sí, que le escribí a muchas personas, incluidos también expertos no católicos en diversos temas religiosos, económicos y políticos, y muy pronto empecé a observar que la respuesta más común a mis envíos era el silencio, un mutismo impersonal que ni siquiera venía acompañado de los buenos modales de un “gracias”. Los que me conocen saben que mi vocación por mucho tiempo ha sido insistir y así he persistido muchas veces, tal y como lo hago reincidiendo en estas campanitas, pero debo decir que hasta la fecha la escasez de respuesta a mis envíos ha sido la respuesta más frecuente.

Ciertamente comprendo qué ha podido causar dicho silencio y aquí aparecen diversas razones. Primero, el que aunque haya estudiado en el afamado Instituto Tecnológico de Massachusetts y tenga algunos pergaminos en la hidrología de la ciencia, no los tenga formalmente en teología y así sea considerado como alguien que no tiene el conocimiento requerido para ser tenido en cuenta. Segundo, el que a los que les he escrito sean, sin duda, seres muy ocupados, que hacen lo que deben empleando las herramientas que aprendieron en sus estudios y quienes no necesariamente cuentan con el tiempo ni con las bases científicas para adentrarse en un envío externo y “extraño”. También he aprendido que de la misma manera en que no pocas personas de ciencia sienten una animadversión visceral en contra de aquellas que se definen “religiosas”, hay, a su vez, personas de fe que sienten una clara desconfianza en contra de los científicos y su saber. Tal y como ocurre en otros ámbitos del saber, es común que los representantes de diferentes disciplinas marquen sus territorios y así se alcen muros en vez de que se tiendan puentes.

Así pues, yo, hidrólogo y puente extraño, científico buscador de la verdad y seguidor de Juan Bautista, para volverlo a citar y enlazar así una canción, me he encontrado en medio de fuegos cruzados (por no citar las diferencias descalificadoras al ser católico y no protestante) intentando mostrar que sí es cierto que Jesús sea la solución a todos nuestros problemas. No he encajado bien ni en un bando ni en otro, pero la vivencia ha sido ciertamente tanto interesante como apasionante. Aunque muchas veces me ha susurrado la frustración, no tengo cómo quejarme pues, en verdad, es una bella “locura” el estar vivos.

Sería injusto generalizar diciendo que sólo he recogido problemas por escoger ser un discípulo de Jesús, pues su amor maravilloso lo abarca todo y porque sí han existido y existen personas, colegas científicos (y algunos famosos) y también sacerdotes (y hasta Obispos) que me han leído y apoyado. Sin embargo, sí es verdad que mi éxito raramente ha llegado por haber enviado algún escrito o un libro, sino más bien porque o ya conocía a una persona o porque un interlocutor me haya visto en acción, compartiendo alguna charla en algún foro o universidad, por ejemplo, cual relatado aquí. Es por este medio, cuando el oyente se ha dado cuenta de la veracidad de las nociones, que se han abierto puertas para compartir en diversos coloquios, en particular, organizados por sacerdotes y también laicos creyentes que se han convertido en un apoyo vital. Sabiendo bien que mis libros y mis campanitas no son precisamente éxitos de taquilla, que no se archivan ni en copias ni en originales, ¡cuán bello ha sido tocar algunos corazones en mi clase seminario y en las conferencias que he podido dar y de esa manera crecer amistades en Cristo y cuánta alegría siento en estos días al recibir algún mensaje de apoyo cuando publico alguna campanita o alguna canción! ¡Ciertamente han valido la pena todos los esfuerzos!

Hoy por hoy, y después de haberle escrito a los tres últimos Sumos Pontífices—incluyendo varias cartas al Papa Francisco, y de haber intentado sin éxito mostrar ante la entidad Vaticana correspondiente que lo que se resume en la retahíla de mis libros puede ser muy útil para evangelizar de una manera novedosa, es decir, para ser parte de la llamada Nueva Evangelización, sigo esperando que aparezca quien me “descubra” y ayude a hacer un poco más. Pues, aunque algunos cuestionen naturalmente el que algo bueno pueda venir de Davis (para citar al discípulo Natanael visto bajo la higuera y reemplazando mi pueblo por Nazaret  Jn 1:46), anhelo poder hacer las canciones de Shanti Setú profesionalmente y no por azar y compartir más conferencias para así animar hacia el amor de Jesús, el único, quien, por definición, es el ser más “extraño” que ha existido—¡piensen en su vida y verán cuán rara fue!

Ojalá ya llegue ese descubridor (palabra algo desvirtuada estos días) y que el Espíritu Santo lo inspire a leerme, acaso un fiel y elocuente Obispo que acompañó el comienzo de esta cuarentena por 80 días seguidos o quizás un científico católico que comprenda lo que Dios me regaló. En verdad, poco me importa por dónde rompa mi estación, ¿cierto Silvio, por cuarta vez?, pues me encantará poder hacer un poco más por la paz del mundo, en donde pueda.

Ya para finalizar, y con relación a mí entorno familiar, debo decir que es cierto que la división prescrita por Jesús en:

“¿Creéis que estoy aquí para dar paz a la tierra? No, os lo aseguro, sino división” (Lc 12:51),

también se manifiesta más allá de los ambientes de mi trabajo y abarca a su vez seres queridos muy cercanos que aún no se adentran de una forma definitiva en el amor misericordioso y real del buen Jesús. Yo entiendo que esto les puede suceder ya sea por temor, por posponer el encuentro pensando que siempre hay tiempo, por desear hacer las cosas por sus propias fuerzas como lo hacen muchos, por acaso no creer aún en la ayuda divina y también porque las turbulencias caóticas de mi propio pecado no han proveído el ejemplo requerido. Pues, en honor a la verdad, este escrito no podría estar completo si no reconociera que muchas veces no he dado en el blanco y así no he sido el santito que debo ser, como lo admitió no con poca frustración de “hacer lo que no quería” el apóstol Pablo, quien me anima a persistir en el espiral positivo, pues él sí llegó a ser santo (Ro 7:18—24):

Recapitulando entonces, el seguir a mi Señor ha estado acompañado de mucho gozo y también por silencios, soledades y sufrimientos, los cuales no comparan con lo que Él injustamente sufrió por mi culpa y para liberarme: espinas, escupitajos, clavos, heridas y demás. Al final, no cabe lamento alguno por lo que he vivido sino alabanza, así a veces olvide lo que importa y me embarguen la queja y la prisa, como si pretendiera poder hacer por mis propios medios lo que sólo Dios puede, a su tiempo. ¡Para Jesús, camino único y verdadero, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos, amén!

Para concluir, esta campanita incluye las dos canciones base del escrito, una, un son cubano, con maracas, que expresa mi vivencia en medio de marea y viento (así al revés del dicho popular denotando al diablo, el mortal enemigo) y la otra, un paseo vallenato colombiano que expresa la alegría y la “locura” de estar vivos en un “martes” como hoy, un día propicio para seguir entendiendo un poco más y para seguir intentando sanar este mundo eminentemente trastornado y confundido.

¿Y qué más decirles? Que ya van 57 campanitas y que me faltan 12 para llegar a la meta.

¡Un feliz y bendecido “martes” para todos!

¡MI AMOR, AY VOY!

¡Persistiendo se llega lejos!

¡La marea y el viento pierden!

Contra marea y viento, ay voy,
siguiendo a quien bien guía,
contra marea y viento, mi amor,
así pasa mi vida.

Contra marea y viento, mi amor,
lisito y sin espinas,
contra marea y viento, ay voy,
derechito a la fila.

Contra marea y viento, ay voy,
sabiendo de guarida,
contra marea y viento, mi amor,
oh verso con heridas.

Contra marea y viento, mi amor,
con Madre que camina,
contra marea y viento, ay voy,
su gozo me reanima.

Puente de paz…

Contra marea y viento, ay voy,
ligando otra rima,
contra marea y viento, mi amor,
armando medicina.

Contra marea y viento, mi amor,
pensando en el día,
contra marea y viento, ay voy,
creyendo en profecía.

Contra marea y viento, ay voy,
aferrado al Mesías,
contra marea y viento, mi amor,
vienen algarabías.

Contra marea y viento, mi amor,
al diablo ay no sigas,
contra marea y viento, ay voy,
engaña con mentiras.

Shanti Setú…

Contra marea y viento, ay voy,
explico ay lo trino,
contra marea y viento, mi amor,
ay sigue su camino.

Contra marea y viento, mi amor,
no me queda otra cosa,
contra marea y viento, ay voy,
ay no pierdas la Rosa.

Contra marea y viento, ay voy,
un puente algo extraño,
contra marea y viento, mi amor,
ay únete al rebaño.

Contra marea y viento, en verdad,
un pequeñín soñando,
contra marea y viento, mi amor,
su voz se oye a diario.

(Marzo 2014)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

¡AY LA LOCURA!

¡Qué maravilla la vida!

¡Y estoy cuerdo!

Una aventura me llama
hilvanando su congruencia,
se define, ay, misteriosa,
invitándome a su ciencia.

Una Rosa me acompaña
ofrendando su belleza,
me enamora, ay, silenciosa,
animándome a su empresa.

Una mirada me llena
regalando su clemencia,
se detiene, ay poderosa,
convidándome a su esencia.

Una verdad me cautiva
recordando su riqueza,
se repite, ay, majestuosa,
ayudándome a crecerla.

Una locura me aborda
consagrando mí conciencia,
se pavonea, ay, dadivosa,
anunciándome su estrella.

Shanti Setú…

Ay qué locura, Señor,
el estar vivos,
ay qué locura, por Dios,
el ser queridos.

Una locura, en verdad,
ser elegidos,
y en el silencio hallar
el santo abrigo.

Ay qué locura, Señor,
el estar vivos,
ay qué locura, por Dios,
el ser queridos.

Oh que locura, el vivir,
comprometidos,
y con el cielo contar
para el camino.

Ay qué locura, Señor,
el estar vivos,
ay qué locura, por Dios,
el ser queridos.

Ay qué locura, mi amor,
yo no lo entiendo,
oh que locura, el vivir,
pero lo siento.

Ay qué locura, Señor,
el estar vivos,
ay qué locura, por Dios,
el ser queridos.

Puente de paz…

Ay qué locura, mi amor,
con to’a dulzura,
ay qué locura, mi bien,
con santa ayuda.

Ay qué locura, mi amor,
con to’a ternura,
ay qué locura, mi bien,
con plena cura.

Ay qué locura, mi amor,
ay qué locura,
ay qué locura, mi bien,
con santa ayuda.

¡Y estoy cuerdo!

(Agosto 2000)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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