La Infinita de Pascua

La magnificencia de la Pascua de Resurrección, en la derrota misma de la muerte y el maligno, es tan grande, que no hay cómo festejarla en tan solo un día. Es así como aún estamos haciéndolo durante ocho días, en la denominada Octava de Pascua, la cual, rotando el número 8 para acentuar su magnitud, bien podría llamarse también la Infinita de Pascua.

Tal y como se explicó brevemente en una campanita anterior, el ocho, 8, y su imagen rotada noventa grados denotando el infinito, ∞, están bellamente relacionados en el hecho que Jesús corresponde a la Octava Alianza de Dios con el hombre, la cual, de una forma coherente, da lugar, en virtud al arrepentimiento y al perdón de los pecados, a la recompensa de la vida eterna, o sea el cielo, o el ∞.

Para repasar la historia de nuestra salvación un poco, a continuación se resumen las ocho alianzas que Dios ha hecho con el hombre, cual relatadas en las Sagradas Escrituras. Ellas son: 1. La Alianza Edénica, que le da al hombre potestad sobre la creación en el jardín del Edén y que establece las bendiciones o maldiciones a la humanidad dependiendo de nuestra fidelidad (Gn 1:26–30; 2:16–17); 2. La Alianza Adánica, proferida con Adán (y también con Eva), y por ellos a todos nosotros, en la que se estipulan las dificultades que el pecado conllevará en nuestras vidas, incluida la muerte (Gn 3:16–19); 3. La Alianza de Noé, que anuncia por medio del arco iris que Dios no volverá a destruir la tierra como lo hizo en el diluvio universal (Gn 8:1–24, 9:1–29); 4. La Alianza de Abraham, mediante la cual Dios le promete al patriarca una descendencia próspera y multitudinaria y bendiciones al mundo entero por medio suyo (Gn 12:1–3); 5. La Alianza Mosaica, es decir entre Dios y Moisés, que dio lugar a los mandamientos y leyes que los israelitas deberían cumplir para ser una nación santa agradable a Dios, incluidos los famosos diez mandamientos (Ex 19:4–6, 20:1–26); 6. La Alianza de la tierra, la cual establece y otorga a los israelitas prosperidad en una tierra propia (Dt 30:1–10); 7. La Alianza Davídica, o sea entre Dios y el rey David, que incluye la promesa de una dinastía eterna a partir de él (2 S 7:8–16); y finalmente, 8. La Nueva Alianza, representada por un Mesías futuro (Jr 31:31–34) y firmada por Jesús, de una manera vívida, con su propia sangre de vida eterna (Jn 6:54).

Pero hay aún más acerca del ocho y el infinito …

… Resulta que por medio de la lengua griega, en la que se escribió el Nuevo Testamento, aparecen otras curiosidades tanto inesperadas como edificantes. Sucede que dicha lengua es tal que cada letra tiene una connotación numérica, como sigue: la alfa (A o α), o nuestra a, vale uno; la beta (β) o nuestra b, es igual a dos; la gamma (γ), nuestra g, vale tres; y así sucesivamente, hasta la iota (ι), la i, que vale diez. Luego, la letra kappa (κ), la k nuestra, equivale a 20 (pues el once se puede hacer juntando diez y uno en un iota alfa), y así sucesivamente, de diez en diez, hasta la letra rho (ρ), nuestra r, que tiene un valor de 100. Después sigue sigma (σ), la letra s nuestra, que vale 200 (por la misma razón aducida con relación a kappa) y así, de cien en cien, hasta la última letra que es, en efecto, omega (Ω o ω), una “o larga” en contraposición con nuestra “o breve” igual a ómicron ο, que tiene un valor de 800.

Como es bien sabido, “Jesús es el Αlfa y el Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22:13). Así, traduciendo las letras griegas a números se entiende cómo, seguramente, se definió el prefijo común de una llamada gratis: 1 800. ¡Sin duda, alguien entendió no solo el valor de las letras sino también la naturaleza dadivosa de Dios! Y es que esto es también acorde con que Él sea el único hijo de Dios (Jn 3:16), el 1, el primero, y con que en el 800, y con la debida imaginación, se vean tanto un infinito parado (el ocho) como un sinfín acostado—los dos ceros pegaditos, que además expresan el poder de dos o más “santitos” 0 + 0 = ∞ (Mt 18:19)—, lo cual es consonante con la naturaleza de Jesús y en particular con el hecho que su Reino será infinito, no tendrá fin, tal y como se proclama en el Credo de Nicea.

Pero hay aún un mucho más—un ∞ más. Ocurre que si se suman los números correspondientes a las letras en griego del nombre de Jesús, es decir del “Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2:9), escrito como Iησουσ, o Iota eta sigma ómicron ípsilon sigma, y leído en español Iesous, esto da:

Iησουσ = 10 + 8 + 200 + 70 + 400 + 200 = 888.

De una forma admirable, aparecen ahora tres infinitos verticales que enfatizan aún más, si es que eso fuera necesario, el poder del Justo que resucitó, el mismo ante quien toda rodilla se hincará y toda lengua confesará (Flp 2:10–11). Esta es, como ven, una coincidencia impecable, sin duda una bellamente orquestada de arriba y desde siempre, la cual además sirve para contrastar a Nuestro Salvador con el infame anticristo por venir y caracterizado, acaso en el mismo idioma griego, por el famoso 666 (Ap 13:18).

Para seguir pues el festejo de esta Pascua eterna, a continuación se encuentra una canción que expresa que el cielo, el ocho rotado, es nuestro mejor destino, un infinito hermoso y muchísimo mejor que otro mal domicilio en el infierno, tal y como se explicará en una campanita por venir a partir de la teoría del caos. Creo que estarán de acuerdo con el coro que enfatiza la bondad en irnos con Jesús: ¡Yo me voy, yo me voy, yo me voy con Él! ¡Que viva Cristo Rey!

Al ocho rotado

Para el Rey de Reyes…

Del abismo se fue
a la muerte venció,
este hombre divino volvió
y la vida nos dio.

Por las nubes se fue
a lo alto partió,
este amigo querido subió
y a su Reino llegó.

De las nubes vendrá
cosechando su vid,
este santo olvidado dará
a los buenos festín.

Por la tierra vendrá
regalando el reír,
este verbo sagrado será
gloria cierta sinfín.

¿Entonces?

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
siguiendo el camino fiel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
al cielo con la verdad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sanando todo lo cruel.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’ lante sin más maldad.

¡Pa’l ocho rotado!

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
creciendo un verso del bien.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
toditos en hermandad.

Ay, yo me voy,
yo me voy,
yo me voy con Él,
sembrando el amor que es.

Ay, vamos ya,
vamos ya,
oye, vamos ya,
pa’rriba con humildad.

 (Febrero 2000/Abril 2018)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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La geometría del amor

Extendiendo sus brazos dibujando una Y y clavado en una X denotando la cruz, el Justo murió, por amor a nosotros, encarnando, de una manera vívida, la más sencilla de las ecuaciones, X = Y. Esta es la misma expresión familiar que nos permite comprender visualmente porqué Jesús, al ser el único camino al Padre (Jn 14:6), está elocuentemente relacionado con el concepto de la hipotenusa:

Nuestro Señor ha resucitado y así ha derrotado a la muerte y al maligno. No podía ser de otro modo pues, de una forma tanto curiosa como certera, desde que Él estaba crucificado se preveía. Por ejemplo, en la prescrita oscuridad desde la hora sexta hasta la hora nona (de las doce del mediodía a las 3 de la tarde, Mc 15:33) se observaba, en sutil y potente contraste geométrico, el triunfo del más (la cruz, claro) sobre el menos, pues dichas horas contraponen al espiral positivo, luminoso y amoroso del 9 con el negativo, egoísta y diabólico del 6. Pues además, al sucederse su muerte justamente a la hora nona (Mc 15:34) y al rasgarse, a la vez, el velo del Santuario, precisamente por el medio (Lc 23:45), el evento aparentemente mortal definía, también con exquisita sutileza, la condición equilibrada del 50-50 que el santo Hijo de Dios satisfizo, regalándonos así la unidad:

Jesús derrotó a la muerte y tembló la tierra. No podía ser de otra manera. Es un enigma, sin duda, pero a los niños nos atrae su geometría pura y veraz …

… Para algunos, incluido yo, en el Manto Sagrado de Turín está plasmada la imagen de Nuestro Señor Jesucristo en el energético instante sobrenatural de su resurrección.

En virtud a una amable invitación de parte de mi amigo el Padre Robert Presutti en el año 2010, asistí una mañana con mi familia a una conferencia sobre la vilipendiada reliquia, impartida por el médico holandés Petrus Soons. La charla fue acerca de un estudio holográfico del Manto Sagrado y acompañaba la inauguración de una exhibición llamada “¿Quién es el hombre de la Sábana Santa?”, la cual suelo visitar para rezar cada Viernes Santo, como lo hice antes de ayer.

En medio de la conferencia—una similar a otra que pueden observar por sí mismos aquí—el Dr. Soons explicó, en inglés, cómo los hologramas permitían identificar un objeto ovalado colocado sobre el cuello y debajo de la barbilla (visto arriba debajo de la U invertida y delimitado por abajo por una rayita horizontal blanca que sube a la derecha) en el que aparecían tres letras que él, empleando sus estudios de caligrafía, identificó como:

Apenas él dijo esto (cual explicado a partir del minuto 31 en su charla citada arriba), me volteé hacia mi esposa Marta y le pregunté con toda emoción: ¿Ves tú lo que yo veo? ¡Jesús, X = Y! ¡Quedamos estupefactos! ¡Vaya coincidencia en una roca usada para identificar el cuerpo! ¡Aún me produce escalofrío relatar lo sucedido!

Al terminar la conferencia hablamos con Petrus y su esposa Dalys, claro, y les conté cómo las tres letras, y en especial las dos últimas, aparecían también a partir de la geometría de la hipotenusa. Y para que la alegría compartida fuera aún mejor entendida, me fui a casa y volví en la tarde con dos canciones impresas para ellos: X = Y (en español) y Y = X (en inglés), las cuales llegaron a mí ocho años antes de nuestro encuentro. En efecto fue un día memorable, mis suegros me acompañaron y escucharon la charla, ahora en español, pues el experto en el Manto Sagrado es además polígloto.

A continuación se encuentra la que considero es mi mejor canción, X = Y, y un video que permite escucharla y seguirla visualmente. El hermoso arreglo musical, que me hizo llorar de la emoción al igual que otro anterior, fue inspiración del versátil Lázaro en Cuba y las animaciones fueron amorosamente elaboradas por mi fiel discípulo Jason “Segundo” Huang, empleando los peculiares dibujos minimalistas de mi hermano duartecito. Esta sentida alabanza, en veintiuna estrofas, termina, como acaso lo pueden imaginar, con una bella moraleja geométrica. Los invito a que no se la pierdan.

Sumándome al júbilo de los aleluyas para así multiplicar el triunfo del amor, les deseo, exaltando la cruz (como acabo de hacerlo en los signos + y ×), una Feliz Pascua de Resurrección. ¡Que viva Cristo Rey!

X = Y

¡Esto sí es pura geometría!

X = Y
es justicia que ilumina,
es balanza que fascina:
X = Y.

X = Y
es la conciencia encarnada,
es la paciencia sangrada:
X = Y.

X = Y
es palabra que perdura,
es espiral de ventura:
X = Y.

X = Y
es la preciosa morada,
es la planicie anhelada:
X = Y.

X = Y
es hermandad que valora,
es colibrí con aurora:
X = Y.

X = Y
es corta raíz divina,
es geometría sin espina:
X = Y.

X = Y
es futuro que perdona,
es la ciencia con corona:
X = Y.

X = Y
es tonada siempre tierna,
es la oración eterna:
X = Y.

X = Y
es inocencia que besa,
es un jardín sin maleza:
X = Y.

X = Y
es el diseño sencillo,
es majestuoso estribillo:
X = Y.

X = Y
es amistad que da cura,
es libertad con cordura:
X = Y.

X = Y
es el abrazo sincero,
es la potencia del cero:
X = Y.

X = Y
es unidad que edifica,
es torsión que santifica:
X = Y.

X = Y
es el corazón sagrado,
es el más enamorado:
X = Y.

X = Y
es inspiración que llama,
es confianza de quien ama:
X = Y.

X = Y
es bondad apasionada,
es sabiduría soñada:
X = Y.

X = Y
es revelación que anida,
es renunciación querida:
X = Y.

X = Y
es la carencia del polvo,
es la línea del retorno:
X = Y.

X = Y
es el regalo que invierte,
es la vida sin la muerte:
X = Y.

X = Y
es vivencia sin el miedo,
es matrimonio de lleno:
X = Y.

X = Y
es ya lo pleno, te digo,
es amar al enemigo:
X = Y.

(Octubre 2001)

La canción se puede oír y visualizar aquí…

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Por la hipotenusa en San Pedro

En los últimos diez años he tenido la oportunidad de compartir conferencias en Roma, en el programa de Ciencia y Fe del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, invitado allí por mi buen amigo el Padre Rafael Pascual, quien me vio en acción en un congreso en la muy bella Puebla de los Ángeles en México en el 2002. Ha sido un gran honor para mí el enseñar en la ciudad eterna y eso me ha permitido, entre otras cosas, adentrarme en la oración, rezando sentidos Rosarios por la humanidad entera circundando el Vaticano, y meditando, tanto los misterios establecidos, gozosos, dolorosos, gloriosos y luminosos, como los “de la higuera”, que un buen día me inventé.

Un mes después que el Papa Francisco fuera escogido para reemplazar al renunciante Benedicto XVI en el año 2013, me tocó por suerte estar allí en Roma compartiendo mis charlas. Así, aún estupefacto ante el insólito cambio de guardia, pude presenciar una audiencia general en la Plaza de San Pedro, un día miércoles.  Recuerdo que fue un encuentro particularmente festivo y por los jubilosos vítores “Francesco, Francesco” pude comprender el porqué algunos auguraban que vendrían tiempos mejores para la Iglesia, tiempos seguramente más humanos.

Inspirado por lo que sucedía, llegué a pensar que mi viaje anual a Roma podría acaso ser propicio para intentar tener contacto directo con él, tal y como lo reportaban con emocionada sorpresa algunos seres sencillos. Así, y luego de escribirle varias veces durante su primer año, me preparé para tratar de darle mis libros en persona durante mi siguiente visita y para pedirle, lleno de valor y fe si lograba hablarle con calma, que me ayudara a compartir con mayor éxito las buenas nuevas de Jesús a partir de la ciencia, de modo que pudiera serle aún más fiel a lo que expresa el Evangelio, en particular el de San Marcos al final, que nos impele a proclamar—por el mundo entero—el inigualable y necesario amor redentor de Jesucristo (Mc 16:14–16).

Así pues, en otro día miércoles de audiencia al aire libre en el año 2014, un poco frío en medio de la primavera romana, llegué muy temprano a la gran plaza, y bien vestido para la ocasión, como lo hubiera aprobado orgullosa mi abuelita Fanny. Dada mi experiencia, sabía que para poder tener acceso al Pontífice debía estar en la primera fila de una sección en la que dividen la famosa glorieta para la efeméride. Observando que iban a abrir una zona, me quedé quedo, mirando a lo lejos, respetuoso y a la expectativa, y, apenas noté que ya era el momento, salí corriendo hacia la primera fila, hacia la intersección de dos vallas perpendiculares. Quedé en una silla en la mera hipotenusa, y de allí el título de esta campanita.

A mi lado llegaron, también corriendo, otros feligreses como Leonardo, un amigo solidario quien no por azar me fotografió con mis libros, y un niño juguetón que se me colaba a mi derecha y a quien su mamá le gritaba, desde varias filas atrás, “Mateo la capucha”, pues a veces llovía.

Gracias a Dios no llovió con fuerza y el sonriente y luminoso pasajero del papamóvil, que se contoneaba graciosamente, pudo hacer su ronda acompañado de aplausos y vivas en varios idiomas. Súbitamente, el bullicio se sintió ya cercano, aumentó la expectación, y llegó el lento pero rápido cortejo hacia mi callejón. Para mi fortuna, él miraba hacia mi lado. A punto de llegar a mí le grité: “¡Francisco, unos libros para ti y para Obama, tómalos!”, lo cual él hizo moviéndose hacia adelante y diciendo “gracias”. Yo, cautivado por el instante, le volví a gritar: “¡bendición!” y proseguí a bendecirlo. Y cuando él se dio cuenta de lo que yo hacía, se volteó hacia mí y me bendijo. Fue algo emocionante, y yo solía contar la historia en conferencias o en clases diciendo graciosamente: “no se metan conmigo, pues estoy bendecido por el Papa”

… Al Obispo de Roma, como él se hizo llamar cuando empezó su reinado, le di mis libros La Higuera & La Campana y La Hipotenusa en español, con una copia de la parábola The Hypotenuse, en inglés, para el entonces líder del país más poderoso del mundo, con quien se reunía al otro día. De mi parte sabía que a éste también le enviaría dicha obra que, entre otras cosas y como se explicó en una campanita anterior, modela las desigualdades reinantes en Estados Unidos y en el mundo entero, y muestra la única solución equilibrada en la implementación debidamente entendida y, por ende, no forzada del amor de Jesús.

Todo esto ocurrió en la Cuaresma, durante la misma época que ya casi termina, pocas semanas antes de la Semana Santa que ya empieza y así, una vez concluidas mis conferencias el jueves en la noche, pude adentrarme el viernes en el misterio del Sacramento de la Reconciliación, participando en un servicio penitencial en la Basílica de San Pedro, presidido por el mismo Francisco. Allí volví a llegar temprano y quedé relativamente cerca del principio de una larga cola que le daba la vuelta a la plaza con obelisco en medio.

Dado que muchos querían colocarse al centro de la nave para poder tener una mejor vista de él para fotografiarlo, una vez se permitió el ingreso al templo pude llegar, nuevamente corriendo, a la primera fila posible, otra vez ante una valla que ahora dividía a laicos y a prelados ataviados con colores rojos y púrpuras, y muy cercana a la famosa estatua de San Pedro. Quedé en diagonal a la silla del celebrante—no un trono como antaño—y a la izquierda de una amable señora argentina, hoy por hoy mi amiga Claudia Dattilo, con quien departimos acerca de lo que hacíamos: ella intentando un programa denominado La Semana de Francisco y yo soñando con poder hacer más por Cristo, mi Señor.

Allí, en el ejercicio de la solidaria compasión, Claudia me habló de un Monseñor llamado Guillermo Karcher, también argentino y a quien me mostró a lo lejos cerca del majestuoso altar encima de la tumba del primer Pontífice, quien acaso, el Monseñor, valga la aclaración, pudiera servirme de puente para llegar a su Jefe, pues él ayudaba a su programa semanal consiguiendo que pudieran estar presentes en eventos privados de Francisco. Así, en medio de conexiones inesperadas, como orquestadas desde lo alto, gocé mucho el pomposo servicio que contuvo hermosos cánticos y, en particular, la vital oportunidad de la—tan despreciada—confesión.

Una vez regresé con espíritu renovado a casa, a la muy bella Davis en California, le escribí a Claudia y recibí de su parte las coordenadas del Monseñor. Cuando se avecinaba ya la Semana Santa, me inspiré y le escribí pidiéndole que le diera a Francisco mi carta número ocho, aquí adjunta, que incluía algunas aseveraciones acerca de cómo la teoría del caos es útil para comprender algunos pasajes bíblicos enigmáticos y relevantes. Mi carta esbozaba también mi deseo de reunirme con él cuando lo quisiera y también incluía los misterios de la higuera antes nombrados—incluidos dos que sucedieron en la semana mayor aunque la Iglesia no los enfatice para centrarse en la Pasión: la maldición desconcertante que Jesús hizo de una higuera sin fruto hasta secarla cuando regresaba a Jerusalén el lunes desde Betania (Mt 21:18–22, Mc 11:12–14; 11:20–23) y la parabólica lección pocos días después en el Monte de los Olivos acerca de otra higuera con rama tierna y brotes como preámbulo de su segunda venida (Mt 24:32–35, Mc 13:28–31, Lc 21:29–33).

Pocos días después de la Pascua, recibí una respuesta breve del Monseñor que decía que el sucesor de Pedro había leído mi envío con detenimiento” y que podía escribirle a él por medio suyo. Este fue, indudablemente, un evento gratificante, un gran triunfo, pues llegaba como fruto de intentos repetidos por diversas rutas y por años. No pocos amigos, incluido el padrino de este blog, se emocionaron con mi alegría y algunos hasta se atrevieron a vaticinar, esta vez con optimismo y contrario a lo sucedido anteriormente con el Nobel Saramago, que Francisco me contestaría y que llegaría a él …

… Le escribí un total de dieciséis veces, es decir ocho cartas más a partir de la que leyó. En contra de los buenos augurios, sin embargo, nunca llegó—como en efecto no había llegado tampoco un comentario a mi octavo envío—respuesta alguna. No arribó una esquela romana, ni siquiera una palabra “misericordiosa” de aliento a mis esmerados escritos, la cual hubiese sido bienvenida. Aunque logré reunirme en el año 2015 con el amable Monseñor Guillermo Karcher, comprendí, por razones cada vez más evidentes y en contra de mis instintos básicos que siempre me han instado a insistir, que no debía intentar más pues lo había entregado todo.

En verdad lamenté y lamento que mis envíos no hayan suscitado un encuentro con Francisco. En efecto me hubiera montado y me montaría gozoso en un avión para explicarle lo que sé, pues creo, de corazón, que lo que Dios me regaló de forma inmerecida, y más allá de la improbabilidad que “algo bueno” (Jn 1:46) pueda salir de un “científico” y más aún uno “colombo-americano” y sin estudios formales de teología, es valioso para animar de una forma novedosa y urgente al amor y la paz de Jesús, y solo a Él. De veras creo, humildemente, que lo que me ha sido dado debería ser acogido en mi Iglesia Católica, por ejemplo en la Comisión Pontificia para la Nueva Evangelización, pero mis repetidos intentos allí han sido infructuosos.

Dejando para una campanita futura algunas reflexiones que acaso permiten comprender el porqué de silencios reiterados a mis esfuerzos, silencios solitarios y dolorosos que ciertamente palidecen ante el sufrimiento de Nuestro Señor durante la semana en que se celebra nuestra redención, a continuación incluyo y leo la poesía Puente de amor que cerró la carta que él leyó. Ésta, la octava, o la del infinito rotado—pues la Nueva Alianza de Dios con nosotros por medio de Jesús, y solo Él, es la octava y provee, si le somos fieles, el regalo de la vida eterna, o sea el infinito—concluye, en efecto, con una inspiración muy especial para mí, pues llegó como escrita en primera persona por el discípulo Natanael, según Él, “un israelita carente de engaño”, quien aceptó al único salvador inmediatamente, solo porque Jesús le dijo que lo había visto bajo la higuera (Jn 1:45–51). ¡Cuán hermosa es la relación entre el ocho y el infinito y qué bonito y curioso es el pasaje que define el tercer misterio de la higuera! ¿No les parece?

Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, quien muere: sufriendo una agonía solitaria por nuestro pecado, azotado vilmente por nuestro pecado, escupido toscamente y coronado con las espinas de nuestro pecado, cargando las pesadas cruces de nuestro pecado y clavado en el madero hasta la muerte misma por nuestro pecado, blanquee todos nuestros corazones por medio de la conversión—ojalá durante la Semana y hasta el más alto nivel en su desposada Iglesia—, para que, al renacer en Él, podamos servirlo en la unicidad de su amor hasta que vuelva y gozando de su unidad en la eternidad.

Puente de amor

¡A Natanael, un israelita puro!

Estuve bajo la fronda
hilvanando una oración,
y un amigo de esa era
compartió su bendición.

Le seguí por insistente
reprendiendo mi razón,
y de forma sorprendente
se encendió mi corazón.

Caminamos a su encuentro
en pos de profunda unción,
y por la luz en mi centro
conocí la santa opción.

Comprobé por su discurso
que leía mi intención,
y por árbol alegórico
supe que era hijo de Dios.

Le entregué toda mi suerte
en sentida conversión,
y con su verbo potente
predijo una gran visión.

Anduve por el sendero
compartiendo su canción,
y con un gozo sincero
repartí su sanación.

Luego vino la tibieza:
mi dolida deserción,
y en medio de mi pobreza
reencontré su compasión.

Lo vi subir a lo alto
confirmando predicción,
y con fuego de su mando
él mostró su protección.

Fueron esos tiempos plenos
de asombro y revelación,
y viajamos por el mundo
proclamando redención.

Hoy contemplo agradecido
mi martirio y vocación,
y recuerdo conmovido
como fui puente de amor.

(Mayo 2001)

La poesía se puede escuchar aquí…

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La parábola de la libélula

Cuando felizmente llegué a mis cincuenta años, lo celebramos con una gran fiesta en casa, con un baile que incluyó, gracias a mi buen amigo León Soto, unos estupendos músicos puertorriqueños. Nos congregamos en la sala, cerca de la puerta, y allí cantamos alegremente, acompañados de guitarra, cuatro, maracas y bongos, mientras llegaban otros invitados.

De cuando en cuando se abría la puerta para dejar entrar más personas al convite y en medio de ese abrir y cerrar el espacio, y sin que nadie lo notara, se coló una hermosa libélula que voló hacia lo más alto del techo, en donde, sin duda, tenía la mejor vista del areito. Al verla allí, inmediatamente pensé en qué debía hacer para sacarla de la casa, lo cual parecía sumamente difícil pues estaba fácilmente a más de cinco metros de altura.

Al ver al animalito tornasolado, algunos de los presentes empezaron a felicitarme con convicción, argumentando que dicha visita era un signo de buena suerte. Ciertamente ese ser alado se convirtió en el tema de conversación y recuerdo cómo le conté a mi hermano duartecito, cuando llegó, que una así, acaso la misma, se posaba a veces en un palo que sostenía una campanita enfrente de la casa y cómo ella recordaba a una que él había dibujado saliendo de una campana, en la muy artística carátula que él diseñó para mi primer libro.

En medio de la algarabía y sin haber dado muestra alguna de movimiento desde su posición arriba, el “San Pedro” o el “caballito del diablo”, tal y como algunos la llaman—vaya dicotomía—de pronto se lanzó planeando hacia una lámpara de pie que lanzaba luz hacia arriba. Oímos conmovidos el horrible sonido que hizo cuando se achicharró …

… Quedamos atónitos ante lo sucedido y un mes después me inspiré para escribir la canción que se encuentra a continuación, la cual esboza una moraleja, una parábola, en el no dejarnos confundir por una luz irreal.

En estos tiempos que nos toca vivir, en los que casi todo vale y muchas mentiras se expresan como verdades, es pertinente recordar, en medio de la Cuaresma, que solo hay uno quien es la luz verdadera, Jesús, Nuestro Señor (Jn 8:12).

Mi libélula

!Vaya, qué curioso!

Libélula en caratula…

Luego me visitó…

Y hasta entró en casa…

Una libélula
vuela coqueta una libélula,
una libélula
se posa en palo la libélula.

Un verso alado del edén
tornasolado en mi jardín,
siempre venía a visitar
engalanando con postín.

Esta amiga singular
enarbolaba su matiz,
llegaba presta a descansar
acompasando mi sentir.

Una libélula
vuela coqueta una libélula,
una libélula
se posa en palo la libélula.

Una libélula
entró en la casa la libélula,
una libélula
en lo más alto la libélula.

La puerta abierta encontró
en bello areito del vivir,
muchos la vieron reposar
arriba, arriba, ay de mí.

Entre arpegios y bongo
fue fiel testigo del festín,
la concurrencia la alabó
es buena suerte, sí que sí.

Una libélula
entró en la casa la libélula,
una libélula
en lo más alto la libélula.

Una libélula
bajó planeando la libélula,
una libélula
a lo atrayente la libélula.

Nuestra amiga decidió
ay deslumbrada por candil,
cambiar su vista sin igual
irse a buscar otro perfil.

Se lanzó ella sin dudar
a fría lámpara de pie,
y allí la oyeron centellear
jugar su último papel.

Una libélula
bajó planeando la libélula,
una libélula
a lo atrayente la libélula.

Una libélula
murió tostada la libélula,
una libélula
por confundida mi libélula.

Ay se fundió un San Pedro…

Ay caballito del diablo,
mala suerte…

Puente de paz, con amor…

Hay moraleja…

No te confundas tú
ay yendo a falsa luz,
no te equivoques no
y aferrarte al buen amor.

No te confundas tú
olvidando la santa cruz,
no te equivoques no
solo uno por ti murió.

Shanti Setú a caballito…

No te confundas tú
alejado de buena luz,
no te equivoques no
y acepta a tu Señor.

No te confundas tú
con remedo de fina cruz,
no te equivoques no
un sacrificio solo salvó.

Oye bien…

Aprende el coro…

Una libélula
fue buen regalo la libélula,
una libélula
de cumpleaños mi libélula.

Una libélula
de buena suerte la libélula,
una libélula
pa’ mis amigos mi libélula.

Una libélula
oh don del cielo la libélula,
una libélula
pal equilibrio mi libélula.

Una libélula
brota e campana la libélula,
una libélula
ay siempre llama mi libélula.

Puente de paz…

Una libélula
no te confundas tú,
ay mi libélula
no te equivoques no… (3)

(Septiembre 2006)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

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Por un aretito

En estos tiempos modernos plagados de desvíos, en los que verdades se vuelven mentiras y mentiras se tornan en “verdades”, es cada vez más común que la gente no crea ni en el infinito ni en el valor infinito del Sacramento de la Reconciliación.

Después de todo, aunque lo primero que Jesús nos dijo luego de haber sido tentado por el diablo cuarenta días en el desierto fue “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado” (Mt 4:17), no pocos piensan que los Sacerdotes, “los curas” que en efecto sanan en nombre de Jesús si nos arrepentimos, no son más que imperfectos seres humanos, seguro más malos que nosotros mismos como lo testifican escándalos conocidos, y, por ende, ir a ellos a confesar nuestros pecados es una soberana tontería …

… Esta campanita resume un episodio inesperado sucedido en casa, el cual fue y es útil para intentar enseñarle a mis hijas, y de una forma peculiar y graciosa, el valor que tiene limpiarnos por dentro, acatando un regalo vital que previene vagar para siempre en el calor real del infierno.

Lo entiendo bien, eso del infierno es, también para no pocos, otro cuento anticuado, como que el sacerdote a partir de Pedro “desata en la tierra lo que quedará desatado en el cielo” (Mt 16:18–19; 18:18). Y como algunos nos dicen que todos somos “hijos de Dios”, independientemente que lo seamos por medio de Jesucristo (Ga 3:26), entonces ahora no hay nada que temer, pues el pecado—oh palabra ésta realmente anticuada—o no tiene gravedad o acaso ni existe.

A mis hijas les causa debida repulsión el “baboso flan” citado en la rima a continuación, compuesta con ritmo de cha cha chá, y se ríen nerviosamente cuando les recuerdo la ocurrente letra que inspiró el resbalón de un aretito hacia un sifón.

¡Qué bueno fuera que, reconociendo la gravedad de la “porquería” acumulada de nuestras acciones, en sutil cascada creo yo y cual la suciedad contenida en un tubo casero, nos dejáramos limpiar acudiendo a los emisarios que Jesús nos dejó! ¡Qué bueno fuera, en efecto, que, comprendiendo la necesidad de nuestra pureza de espíritu para hallar el justo reino de Dios y su paz, ejercitáramos nuestra libertad y fuéramos a confesarnos todos, ahora en la Cuaresma!

Hoy por hoy, yo hago lo que debo y puedo, y como dice el coro debajo, mejor me limpio adentro …

Un aretito

¡Vaya lección!

Te voy a contar
ay una historia real,
pasó hace poco
sucedió en casa.

A una hija mira
se le cayó
un aretito
en un sifón.

Me dijo pápa
ven sácalo,
si yo lo pierdo
válgame Dios.

Me dijo mira
se me resbaló,
si tú lo sacas
me alegro yo.

Así fue…

Después de un tiempo
y con dificultad,
roté las tuercas
empezó a gotear.

Salía agua
oliendo mal,
con mucha maña
pude soltar.

Cayó el arete, al fin,
por gravedad,
y mata e pelo
y baboso flan.

Qué cosa mira
con deo limpié,
o porquería
la que yo hallé.

Se fue tapando,
como a veces yo,
poco a poquito
válgame Dios…

Shanti Setú, con amor…

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Adentro mira
es donde es,
si se acumula
el sol no ves.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Cuesta trabajo
lo sé muy bien,
si echas lo feo
sonríes con Él.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Pidiendo excusas
sirviendo fiel,
la virtud mira
sana también.

Puente de paz, para sanar…

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Ay haz tu cita
limpia muy bien,
que si perdonas
cenas con Él.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Puente de paz…

Shanti Setú…

O mata e pelo
y horrendo flan,
ay dizque limpio
pero que va.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Se acumula
poco a poquito,
lo feo mata
no es bonito.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Gracias papito
¿cómo quedé?,
oye mijita
te ves muy bien.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Puente de paz…

Shanti Setú…

Gracias papito
beso pa ti,
no se ha perdido
estoy feliz.

Mejor me limpio adentro
te digo yo,
si no lo hago siempre
me pierdo ay Dios.

Ay limpia oye
usa ese don,
sana hoy mira
tu corazón.

(Agosto 2005)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

La mejor aventura

Cuando ha llegado nuevamente la época de carnaval, una en la que comúnmente se da rienda suelta a las pasiones para buscar las emociones y el “gozo”, deseo retomar en esta campanita lo sucedido cuando experimenté la epifanía que cambió mi vida.

Si acaso no han tenido la oportunidad de considerar mi segunda carta al Nobel José Saramago, allí en las páginas 7 y 8 se cuenta en detalle lo sucedido. Si van al texto y lo leen despacio—a números de Reynolds bajos—observarán que allí se cita, sin darle nombre, a un “buen amigo” que jugó un papel preponderante en todo lo ocurrido. Éste es, además de amigo, mi hermano Álvaro Alberto Aldama—AAA o 111 en griego—y él, conjuntamente con su esposa Elizabeth, fueron, como se verá, mis primeros “padrinos espirituales“.

Con esta bella pareja nos conocimos en la fría pero hermosa Cambridge, cuando Álvaro y yo estudiábamos nuestros doctorados en hidrología en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Allí, él se distinguía por su prodigiosa memoria, por la particular seriedad que le imprimía a su trabajo y por una seguridad esencial que ciertamente yo no tenía. Con el paso del tiempo y de la amistad, pude comprender la fuente de dicho estado y es que él y su esposa bien aceptaban que Cristo fuera su Señor.

Cuando llegaron los descubrimientos científicos que dieron lugar a mi conversión, Álvaro y Elizabeth me hablaron acerca de la relevancia de la experiencia de “nacer de nuevo“, cual relatada en el Evangelio según San Juan. Ellos me contaron porqué dicha acción era esencial para entrar al “reino de los cielos” y yo escuché, con atención, sabiéndome ignorante, pues entonces no conocía, ni siquiera de una forma coloquial, lo que dicho vocablo significaba.

Para que la Biblia hable por sí misma y para que quede claro mi agradecimiento a mis padrinos por su fiel proselitismo—explicado todo sin forzar nada—, aquí incluyo la cita que relata una vital conversación entre un hombre judío llamado Nicodemo y Jesús, tal y como aparece en la Biblia de Jerusalén y con énfasis mío (Jn 3:1–7):

“Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, magistrado judío. Fue éste donde Jesús de noche y le dijo: ‘Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar los signos que tú realizas, si Dios no está con él’. Jesús le respondió: ‘En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de nuevo no puede ver el Reino de Dios‘. Nicodemo le preguntó: ‘¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?’ Respondió Jesús: ‘En verdad, en verdad te digo que el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne es carne; lo nacido del Espíritu es espíritu. No te asombres de que te haya dicho que tenéis que nacer de nuevo.’ “

Como se observa, el pasaje es particularmente relevante y por eso me lo explicaron mis buenos amigos: o se nace de nuevo o no se entra al Reino de Dios. La lógica del texto no da lugar a otra posibilidad, algo similar a lo expresado en la campanita anterior cuando se corroboraron de una forma geométrica las palabras de Jesús cuando Él afirmó que nadie llega al Padre sino por medio suyo, es decir por la hipotenusa.

Tal como fue relatado al Nobel de literatura, el experimentar el nacimiento espiritual en la cita bíblica fue para mí realmente emocionante. ¿Cómo olvidar el primer “calorcito” dulce y suave en mi corazón una vez toqué fondo y abordé a Jesús? ¿Cómo no evocar que tuve a mis hermanos Aldama como testigos de una fiesta en el cielo en mi honor? (Lc 15:7,10). ¿Cómo no reconocer una promesa fiel en lo sucedido, pues por encima de las vicisitudes de la vida, a partir de dicho evento ya nada fue igual?

Sin lugar a dudas, esa vivencia fue la mejor aventura que tuve y desde entonces se ha repetido por medio del mismo algoritmo de pedir perdón y perdonar, pues esto de nacer de nuevo es algo que no debemos hacer solo una vez sino durante el resto de nuestras vidas …
… Existe en Colombia una estupenda agrupación musical llamada el Grupo Niche, el cual ha compuesto diversas canciones que han llegado a ser grandes éxitos, dentro y fuera del país. Uno de sus temas emblemáticos, sin embargo, resulta ser contrario a lo enseñado por Cristo, pues le da vana gloria a las aventuras extramaritales, incitando, aún acaso sin proponérselo, a que la gente desee, por asociación con un muy bien logrado arreglo musical, hacer lo que no debe.

Esas aventuras, claro está, no son temas triviales y ellas rompen anillos (de diamantes o esmeraldas) y más tristemente corazones en mil pedazos. Y es que, aunque algunos seres “modernos” y situados en donde no deberían estar, repitan que el adulterio y otros “pecados de la carne” son menos serios que otros y que el entrar al Reino de los Cielos está “asegurado” pues el mismo infierno o está casi vacío o no existe, no se debe olvidar que no hay mejores escaleras del diablo que otras, como tampoco se debe pasar por alto, en particular, lo que Jesús le dijo categóricamente a Nicodemo.

Un buen día, dándole gracias a Dios por tener la fortuna de comprender un poco acerca de sus misterios, me apropié de la melodía de “Una aventura” y le escribí otra letra acorde con “la mejor aventura” que, de acuerdo a las Sagradas Escrituras, podemos y debemos experimentar.

Aquí está a continuación “Nacer de nuevo“, una canción que invita al amor infinito de Cristo, fuente del gozo verdadero y, por ende, sustento de un carnaval real. Ella surgió con el debido respeto al Maestro Jairo Varela, y representa una coherente convocatoria—sin forzar nada—para que nos adentremos a tener Cuaresmas renovadas y así lleguemos a celebrar mejor la Pascua de la Resurrección de Jesús, Nuestro Señor.

¡Cuánto me gustará cuando esta nueva versión, nacida de nuevo con la misma música, llegue a contribuir a la verdadera paz de mi patria y del mundo! ¡Cuán emocionante será oírla algún día, ojalá cercano, e interpretada por el mismísimo Grupo Niche!

Nacer de nuevo

¡Vaya aventura!

¡El mejor carnaval!

¡Mejor tocar fondo!

Nacer de nuevo
es muy hermoso,
es descubrir el sol
en tu interior.

Nacer de nuevo
es tan glorioso,
que todo te parece
una bendición.

Nacer de nuevo
es asombroso,
es encontrar en ti
la inmensidad.

Nacer de nuevo
es tan grandioso,
que al sueño hace
una realidad.

Sí, el mejor carnaval…

Perdonamos
y a todos mejor amamos,
y a la vez
ya de veras intentamos,
y de frente
hacia la luz ya caminamos,
y el trino eterno
se enciende en el corazón.

Puente de paz…

Nacer de nuevo
es muy hermoso,
es hallar el agua
que sacia tu sed.

Nacer de nuevo
es tan glorioso,
que aleja la queja
llamando a crecer.

Nacer de nuevo
es asombroso,
es escuchar la voz
que anima la fe.

Nacer de nuevo
es tan grandioso,
pues así conoces
a Dios en tu ser.

Seguro, gran carnaval…

Perdonamos
y a todos mejor amamos,
y a la vez
ya de veras intentamos,
y de frente
hacia la luz ya caminamos,
y el trino eterno
se enciende en el corazón.

Puente de paz…

Qué bello es vivir feliz
y comprender que nunca tendrá fin.

Hallas oasis en el desierto
y en el silencio escuchas lo cierto.

Qué bello es vivir feliz
y comprender que nunca tendrá fin.

En un instante lo crees todo
y en la quietud aprendes tu coro.

Qué bello es vivir feliz
y comprender que nunca tendrá fin.

Buscas de lleno y hallas el fuego
y desde entonces se aleja el miedo.

Qué bello es vivir feliz
y comprender que nunca tendrá fin.

¡Vaya, qué carnaval!

Perdonamos
y a todos mejor amamos,
y a la vez
ya de veras intentamos,
y de frente
hacia la luz ya caminamos,
y el trino eterno
se enciende en el corazón.

¿Ya naciste de nuevo?

(Julio 2000)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

Jesús, la hipotenusa

En la campanita anterior se estudiaron, rompiendo una barra de plastilina, dos juegos de niños que terminan produciendo espinas y polvo. Uno está definido por la propagación de desequilibrios:

y el otro está basado en la proliferación de vacíos:

Para apreciar aún más los dos juegos genéricos—las dos cascadas sencillas que comúnmente empleamos nosotros “los niños” para crear división—y como ellos dan lugar a objetos que no contienen nada individualmente mientras crecen a un infinito que no puede dibujarse, es conveniente considerar sus masas acumuladas desde su comienzo a un punto x.

Así, los objetos espinosos producidos por las cascadas, mostrados debajo a la izquierda, dan lugar a las plastilinas acumuladas dibujadas a la derecha, donde P(x) es la cantidad de masa que se halla de cero a x, con la salvedad que las escalas horizontales a la izquierda y a la derecha no se muestran iguales, aunque ambas van de cero a uno:


Para el juego turbulento arriba, el de los desequilibrios, se obtiene un perfil acumulado que evoca el de una nube de polvo—como la producida por una explosión volcánica o la implosión de una estructura—el cual, como se ve, contiene una multitud de muescas horizontales-verticales. La más notoria sucede cuando x es igual a un medio y tiene una altura de 0.7, pues desde cero a la mitad del objeto espinoso de la izquierda se halla, por construcción, precisamente el 70% de la masa. La “nube” contiene otra muesca visible en x igual a un cuarto y con altura 0.49, la cual corresponde al 70% del 70% de la masa, y relacionada al “rectángulo” más grande al segundo nivel de la cascada. A partir de la evolución del proceso aparecen, en efecto, muchísimas muescas, tantas que cualquier pedacito de la “nube” las contiene por todas partes.

Para el juego de los vacíos, que ajusta las capas del juego de los desequilibrios al variar la brecha original, se encuentra un perfil torcido y curioso—con el blanco y el negro perfectamente simétricos y definiendo un baldosín interesante—el cual posee, como se observa, una gran cantidad de mesetas que corresponden a las brechas o huecos sucesivos de dicha cascada. El segmento horizontal más largo ocurre de un tercio a dos tercios y tiene una altura de 0.5, pues la cascada empieza apilando la mitad de la masa hacia la izquierda y hacia la derecha no dejando nada en dicha brecha. Luego, siguiendo la dinámica del proceso, aparecen dos mesetas con longitudes de un noveno—el tercio del tercio—y alturas de un cuarto y tres cuartos, que corresponden a las dos brechas al segundo nivel de la cascada, y así sucesivamente.

Tal y como puede apreciarse, los perfiles acumulados de plastilina terminan siendo— cuando los juegos se repiten un número infinito de veces—unos “monstruos matemáticos”, pues, a pesar de ser ininterrumpidos de izquierda a derecha, ellos contienen muchísimos puntos en los que no se pueden definir tangentes. Mientras que el perfil del juego desigual no las tiene en todo punto al contener muescas por todas partes, el perfil del juego de los vacíos carece de ellas en todos los extremos de las mesetas que contienen, ya sea, transiciones horizontales-verticales (a la derecha de las mesetas) o verticales-horizontales (a la izquierda).

Así, los objetos acumulados dados por los juegos resultan ser localmente planosP(x) termina siendo horizontal para cualquier valor de x—y esto implica que las distancias, de abajo a arriba, yendo desde el punto (0,0) por dichas fronteras hacia el punto (1,1), miden dos unidades, es decir, una unidad horizontal más una unidad vertical.

Esta propiedad es, en efecto, universal, pues cuando se propagan desequilibrios p o vacíos h, arbitrarios, así sean minúsculos, los procesos definen espinas y polvo que siempre dan lugar a objetos acumulados con infinitas muescas o mesetas que, por lo tanto, tienen longitudes máximas de dos unidades. Lo mismo sucede al combinar los juegos para definir cascadas “más sofisticadas” que contienen desequilibrios y vacíos a cada nivel y también cuando se emplea el azar para definir cascadas aún más generales que poseen desequilibrios y vacíos variables, de nivel a nivel.

Como los rugosos perfiles generados por las cascadas son localmente planos y como es imposible deslizarse por ellos, al carecer de tangentes inclinadas, si llegáramos allí en paracaídas, uno creería haber caído en tierra llana:

Por este claro engaño—pues el objeto acumulado repleto de mesetas no es verdaderamente llano, ni tampoco aquél compuesto de muescas—y en virtud a la fragmentación repetitiva y por ende diabólica de los juegos, previamente explicada en la campanita anterior, a dichos perfiles, serrados y con distancias máximas, se les conoce en la física y las matemáticas como las escaleras del diablo, una notación introducida por el gran matemático alemán George Cantor en 1883 …

… Una vez entendido el “juego” de acumular la masa de plastilina, esta misma operación se puede aplicar a la condición equilibrada que refleja el amor, es decir a lo encontrado cuando se “rellenan los valles y se cortan los montes” para hallar a Jesucristo, “la salvación de Dios” (Lc 3:56):

Claramente, existe un 25% de la masa desde el principio (cero) hasta la cuarta parte, un 50% de la masa hasta la mitad, etcétera, y la barra original de plastilina da lugar, al acumular, a una rampa recta. Como dicha línea, conocida además como la línea uno a uno, tiene una distancia mínima de √2 de abajo a arriba en virtud al célebre teorema de Pitágoras, se puede entender el por qué la hipotenusa del triángulo mostrado, al reflejar el amor pleno, siempre unitivo y sin violencia alguna, es el camino de y hacia la paz.

Contrastando la rampa fiel y las escaleras del diablo desleales, se observa que el mantener lo verdaderamente llano, en el uniforme equilibrio reconciliado del bien sin mal, equivale a viajar siempre satisfaciendo la corta y radical rampa cuya tangente existe y tiene pendiente unouno siempre pendiente—, mientras que el emplear los juegos en cascada corresponde a andar por escaleras del diablo ásperas y torcidas que son eventualmente tan largas como los catetos del mismo triángulo.

Así pues, nosotros, los niños, podemos entender, con la debida imaginación, por qué la ecuación de la línea recta más sencilla que define la hipotenusa, es decir, X = Y, representa, en efecto, a Jesús mismo. Él está allí en la acumulación del juego santo y, por ende, perfecto del amor, es decir en el equilibrio que siempre mantuvo (Mt 5:17), y también lo está en la expresión simbólica y geométrica que define su identidad. Pues Jesús murió en la cruz, X, extendiendo allí sus brazos, Y, para dotar su silueta redentora y universal y porque además solo por tal camino—la rampa, claro está—podemos viajar por la tangente y deslizarnos hacia el origen—el punto (0,0)—, que corresponde al Origen, con mayúscula, o Dios Padre:

De una forma insospechada pero ciertamente hermosa, y aunque algunos vean en esto una “herejía separatista” contra otros “posibles caminos”, estas observaciones completan el famoso verso “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14:6). La campanita anterior mostró la primera parte de la cita y ahora la segunda aseveración aparece, también de una forma nada ecuménica, acumulando la plastilina, pues solo por Él, por Jesús, la hipotenusa, se llega a la esencia, a Dios Padre.

De esta manera, para seguir a Jesús, el equilibrio y también la hipotenusa—pues la información en la uniforme plastilina y en la rampa es ciertamente la misma—no hay otra solución sino acoger el fiel algoritmo de la reconciliación, un real Sacramento que siempre contiene como primer paso el arrepentimiento (Mt 4:17). En verdad no existe otra manera sino regresar a la “barra original” de plastilina admitiendo nuestro “pecado original” en romperla, y esto es así dado que es imposible escabullirse por una escalera del diablo que siempre adolece de buenas tangentes.

Sin duda es mucho mejor caminar por y con la hipotenusa que por los catetos, tal y como lo expresa la siguiente canción bellamente arreglada por Lázaro en Cuba en el año 2010. A él le envié mis ideas a capela para recibir electrónicamente la música dividida en cincuenta pedazos, pues el ancho de banda de la red informática allí no permitía otra opción. La canción, que fue la primera que me envió el gran músico y que me tomó un tiempo en unir para solventar su fragmentación, me hizo llorar de la emoción por su sorprendente hermosura, pues además captó lo que deseaba mucho mejor de lo que yo mismo me podía imaginar.

Sabiendo bien que el Dios trino sí que sabe cómo sorprendernos hasta regalarnos lágrimas de gozo, espero que les guste esta canción y la empleen para alabar a Jesús repitiendo: ¡Ay por catetos no, ay Dios, usa la hipotenusa!

¡Usa la hipotenusa!

¡Mejor me voy recto!

Shanti Setú…

¿Te acuerdas?,
¿de los días de la escuela?
¿Te acuerdas?,
¿aprendiendo de veras?

¿Te acuerdas?,
¿pintando todo el día?
¿Te acuerdas?,
¿jugando geometría?

¿Te acuerdas?,
¿de los ángulos rectos?
¿Te acuerdas?,
¿de los tales catetos?

¿Te acuerdas?,
¿de hipotenusa y su distancia?
¿Te acuerdas?,
¿del teorema de tu infancia?

¡Pitágoras!

Ahora vamos a explorar
para qué más sirve eso,
ahora vamos a estudiar
su relación con lo nuestro.

Ahora vamos a explorar
para qué más sirve eso,
ahora vamos a estudiar
su relación con lo cierto.

Puente de paz…

Hay dos caminos
ve, no es invento,
el uno es mentira
y el otro es recto.

Camino largo
o viaje derecho,
exigiendo en vano
o dando alimento.

Conciencia ligera
o corazón pesado,
la vida plena
o el tiempo gastado.

Yendo por el medio
o por los catetos,
hallando la raíz
o perdiendo el centro.

Mira, esto es solo verdad,
mira, la vida como va. (2)

Aunque dudemos,
no hay más opción,
y aunque parezca exageración:
usamos la hipotenusa
o vamos por los catetos. (2)

Si tu corazón no miente
y comprendes que hay hermano,
si tú haces lo que es bueno
y al que sea das la mano:
la hipotenusa.

Y si me pongo iracundo
y mi ego incita al tajo,
si acumulo los rencores
sin perdonar desde abajo:
los catetos.

Si el amor guía tu día
en lo humilde de la entrega,
si construyes la alegría
en constante vida nueva:
la hipotenusa.

Y si me hago el bobo
con hipócrita conciencia,
y si lo ajeno es excusa
para crecer mi indiferencia:
los catetos.

¿No es cierto?

Entonces, corolario.

Coro, ¿qué?

Aprende el coro.

Shanti Setú…

Ay por catetos no,
ay por catetos no,
ay Dios,
usa la hipotenusa.

Ay por catetos no,
ay por catetos no,
no, no, no,
usa la hipotenusa.

Para vivir en paz,
para sembrar unión,
ay Dios,
usa la hipotenusa.

Para sanar dolor,
para gestar amor,
ay Dios,
usa la hipotenusa.

Para reír al fin,
para entender mejor,
ay Dios,
usa la hipotenusa.

La hipotenusa es Cristo
es el camino al Padre,
silueta en cruz lo define
la hipotenusa es arte.

La hipotenusa es Cristo
es geometría brillante,
vital potencia del cero:
la hipotenusa y pa’lante.

X = Y,
X = Y,
geometría,
usa la hipotenusa.

Ay por catetos no,
ay por catetos no,
ay Dios,
usa la hipotenusa.

Oye amigo…

X = Y,
X = Y,

geometría
usa la hipotenusa.

¿Está claro?

Ay por catetos no
ay por catetos no
no, no, no,
usa la hipotenusa.

(Agosto 1999/Febrero 2018)

La canción se puede escuchar aquí…

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