Y ¿qué pasó con Silvio?

Para festejar mis 30 años de vida espiritual, hace pocas semanas llevé a cabo un bello viaje por mi patria. Tal y como está relatado en la campanita anterior, además de compartir dieciséis conferencias durante mi estancia, fui entrevistado dos veces en el programa “Construyendo Sociedad” de la emisora de la Universidad Piloto de Colombia.

En la segunda de dichas entrevistas, realizada por mi amigo Felipe Santamaría, conté cómo se forjó un proyecto de canción que se ha convertido en un sueño vital, este es, el llegar a constituir una gran banda Shanti Setú para cantarle al Señor un canto nuevo. Como lo pueden escuchar a continuación, si se toman una hora para hacerlo—oh intervalo larguísimo que no tenemos en estos tristes tiempos modernos—, el diálogo se centró en mi amor desde niño por la música cubana y, en particular, en mi interacción con los grandes músicos Silvio Rodríguez y José María Vitier.

Ya aquí en el blog habían sido citados estos dos artistas. Mientras Silvio apareció en el primer escrito como el buen “culpable” de mis intentos de canción—y esto en virtud a un silencio no acordado de su parte luego de que lo conociera en La Habana en 1995, José María afloró en el relato de mi regreso a la isla—cuando en el año 2002 participé en un primer congreso internacional acerca de la teoría de la complejidad y tuve la buena fortuna de conocerlo conjuntamente con su esposa Silvia.

Si oyen la simpática entrevista o si leen las dos campanitas acabadas de citar, notarán que no está descrito lo que sucedió cuando tuve la oportunidad de volver a ver a Silvio. De aquí surge el nombre de esta campanita que continúa con la historia …

… En efecto, en enero del año 2004, ¡cómo pasa el tiempo!, volví a Cuba al segundo congreso bi-anual acerca de la complejidad y, contrario a lo sucedido dos años atrás, esta vez Silvio si estuvo y así pudimos tener un bello encuentro.

Nos reunimos en el vestíbulo de mi hotel situado en el centro de convenciones en donde se realizaba el congreso. Allí compartimos por cuatro horas seguidas y sin interrupción, salvo para tomarnos un refresco al final. Después de un saludo fraternal y mis felicitaciones, pues él acababa de ser papá y abuelo a la vez, empezamos a entrar en calor y muy pronto el tema de conversación fue “el creer o no creer”, en Dios claro.

Una vez se definió la temática esencial, él lo primero que me dijo, de una forma serena y firme, fue que no creía, a lo cual repliqué, instintivamente, que yo sí. A mí, en verdad, me tomó por sorpresa su afirmación, pues por años me alimentaba de concordancias directas entre muchas de sus canciones y la temática del amor divino. ¿Qué querría decir él entonces en sus composiciones “¿Qué hago ahora?”, “Sólo el amor”, “El reparador de sueños” y en muchas más? ¿No era a Jesús a quién había hallado y quien ahora lo era todo para él? ¿No era acaso el amor que cambia en milagro el barro el mismo del Dios creador? ¿No era nuevamente Jesús ese “enanito” que hacía su mejor tarea llevándolo todo a su propia luz?

Él me dijo que ciertamente había leído la Biblia desde niño y que eso seguramente lo influenciaba y, para no desvirtuar mi presunción, recalcó que existían otras personas conocidas suyas que también creían, equivocadamente, que él creía.

Habiéndole llevado copias recientes de mis libros, en adelante me adentré en el mensaje de La Higuera & La Campana para contarle, en particular, cómo, a partir de la ciencia moderna y de una forma coherente con su canción “Tocando Fondo”, había experimentado una epifanía real que cambió mi vida. Nuestra conversación sucedió despacio y él le prestó toda su atención. De mi parte me esmeré para que él pudiera comprender las explicaciones matemáticas y físicas, sabiendo que él no tendría problema alguno en identificar los símbolos comunes en mi trabajo y en el suyo. Recuerdo bien cómo todo fluyó bellamente en un “toma y dame” respetuoso y profundo.

Empleando las ayudas visuales en mi libro, nos adentramos en los apartes más importantes, capítulo a capítulo. Fue así como estudiamos las cascadas multiplicativas diabólicas de la turbulencia natural, la ecuación logística para comprender el caos infernal en el calentamiento excesivo de los fluidos, y una transformación renovadora y vital capaz de vencer la muerte y llevarlo todo hacia el infinito en una campana singular. Hablamos de aguaceros apocalípticos inspirados por una higuera caótica de la ciencia, como en sus canciones “El vigía”, “Rabo de Nube”, “Y tantos huesos chocarán” y “El día feliz que está llegando”; ponderamos los signos esenciales y la victoria del más sobre el menos y del equilibrio sobre la turbulencia, como en sus obras “¿Qué signo lleva el amor?”, “Canto arena”, “La maza”, “Entre el espanto y la ternura” y “Lo de más”; consideramos la mentira inherente en las inmensas desigualdades en el mundo y su origen diabólico, entendido en su “El viento eres tú” y “Quiero cantarte un beso”; y yo le dije, acaso no en el encuentro sino antes o después, que creía que la Madre que caminaba codo a codo con su clan en su “Cuando digo futuro” era en efecto la Virgen María, la Lupe, la Guadalupana, la rosa, a quien veía también en sus “Casiopea”, “En estos días” y “En el jardín de la noche”.

Cubrimos bastante territorio y al final exaltamos la preeminencia del amor, de mi parte entendido como el de Jesús entregado por nosotros, y de la suya en el mismo “Jerusalén año cero” que él cita y que percibo en varios de sus hermosos himnos como “Por quién merece amor” y “Con un poco de amor”. El encuentro fue, sin duda, muy bonito y estoy seguro que, al haber sido diferente e inesperado, también fue muy especial para él. Entiendo que apreció la forma, así hubiera sido extraña a partir de la ciencia, en que sucedieron mi conversión y epifanía, pues cuando pocos meses después le relaté ese mismo testimonio al Nobel José Saramago y le envié una copia, él reconoció que eso era precisamente de lo que habíamos hablado.

A veces, cuando comparto conferencias acerca de “La Hipotenusa”—cuya temática aparece en las campanitas Jesús, el equilibrio y Jesús, la hipotenusa—opto por nombrar al trovador para lograr una mayor atención en la audiencia. Y es que allí aprovecho para decir que él exclamó vigorosamente “¡qué nombre tan bien puesto!” cuando entendió en La Habana lo que eran “las escaleras del diablo”.

El encuentro pospuesto por casi diez años concluyó con un largo apretón de manos en medio del cual le dije que creía que él estaba muy cerca de creer—¡valga el juego de palabras! Él me respondió diciendo “pudiera ser…” o “acaso ser…”, lo cual yo no sabía era parte de su canción “Qué sé yo” que estaba contenida en su último y estupendo álbum “Cita con Ángeles” que me acababa de regalar y que, por ende, aún no conocía …

… Al regresar a casa, contento por haber compartido las buenas nuevas de nuestra salvación con mi trovador-—¡no poca cosa!—, me valí de diversas canciones del gran Silvio para escribir una larga poesía-canción “Creí que creías” que intenta explicar que mi “confusión” no había sido solamente un acto de locura, así sea cierto que mi canción favorita de él sea precisamente “Locuras”.

Mi composición, cual un agradecido homenaje, se encuentra a continuación y puede ser leída y/o escuchada sin canto. Ella sigue, línea por línea, y estrofa por estrofa, el orden progresivo de las 71 canciones que se encuentran aquí, en una lista bellamente elaborada por mi amiga Sharel Charry. Esta colección puede escucharse en cualquier orden, claro está,  y representa, al final, sólo una muestra de la gran producción del cantautor que ha acompañado con su especial lirismo y profundidad a no pocos, o sea a muchos, que no expresa exactamente lo mismo, pero es igual.

CREÍ QUE CREÍAS

Para mi buen trovador

Creí que creías
por miles amores,
por signo olvidado,
¡oh trino al destino!,
por flores, colores
y días con abrigo…

Creí que creías
por hallar la risa,
por roca cantora,
¡oh mentira prima!,
por arena buena
sin viento de prisa…

Creí que creías
por mujer y estrella,
por deseo y semilla,
¡oh hijo y el padre!,
por rosa en la noche
su clan y esa silla…

Creí que creías
por huesos chocando,
por honda tonada,
¡oh llanto de muerte!,
por luz y su cielo
intactos, conscientes…

Creí que creías
por rancio problema,
por alas, ternuras,
¡oh señas del alma!,
por besos cantados
y duendes en calma…

Creí que creías
por sueño lanzado,
por sana locura,
¡oh Dios y su acto!,
por enanito en tierra
secando tu llanto…

Creí que creías
por verbo despierto,
por amor sangrado,
¡oh Rey y su año!,
por ojalá encarnado
vigía del rebaño…

Creí que creías
por tus coordenadas,
por verano terrible,
¡oh serpiente arpía!,
por singular caricia
y un después, todavía…

Creí que creías
por tu tocar fondo,
por ave a las doce,
¡oh noche de Juan!,
por maza, silencio
y causa sin azar…

Creí que creías
por virtud en juego,
por toda esperanza,
¡oh rocío eterno!,
por eso encontrado
en Biblia y empeño…

Creí que creías
por hueso y cincel,
por abismo dulce,
¡oh lucero aquel!,
por mañana terca
acaso con él…

Creí que creías
por agua y aurora,
por amistad pura,
¡oh mi jardinero!,
por sol encendido
esperando su hora…

Pensé que creías
sensible poeta,
pues ya sospechabas
todita la orquesta.

Pensé que creías
ya cerca la huerta,
sabía que sufrías
por esos sin fiesta.

Ven vamos hermano
la lluvia se acerca,
la vergüenza humilde
dota recompensa.

Ven vamos hermano
de savia y de sal,
ya llega anidando
tu tema total.

Ven vamos hermano
se viene feliz,
tu día anhelado
se arrima por fin.

Ven vamos hermano
con fe en el don,
tu amigo mayor
derrotó el dolor.

Ven vamos hermano
de ímpetu fiel,
unamos bandera
con verso de miel.

Ven vamos hermano,
humano leal,
la vida regala
siempre lo de más.

(Enero 2004)

La poesía-canción leída se puede escuchar aquí…

Aunque no suscribo necedad que impida la conversión sincera a la verdad, ni rebeldías modernas de Evas que permitan desechar seres indefensos desde sus vientres, ni tampoco comparto una valoración vengativa de un ser sideral que venga a matar, cual canalla, a otros canallas, creo que a Silvio Rodríguez, por sus múltiples contribuciones poéticas en la lengua española y primordialmente por sus composiciones acerca del “Vamos a andar” del verdadero amor, le deberían otorgar, como ya sucedió con Bob Dylan, el Premio Nobel de Literatura.

Cual tres soles de catorce puntas dentro de la campana, que así sea, ojalá  …

… En el ya citado álbum “Cita con Ángeles” hay una canción también ya nombrada, “Quiero cantarte un beso”, en la que el trovador expresa que tal no es posible en medio de tantos líos sucediendo en el mundo que hacen poner en duda la existencia misma de la humanidad. Inspirado en dicha obra y respondiendo a su vez a la canción “Cita con Ángeles” allí mismo en el mismo álbum, escribí la canción a continuación que expresa que Jesús es la razón de que sí haya humanidad: sólo el amor real del hijo fiel—son en inglés y un ritmo esencial—quien siempre provee, por su nobleza, un beso veraz.

Sé que le gustaron a Silvio esta canción y el poema anterior. Lo sé porque José María Vitier me lo dijo.

SILVIO, SÍ HAY HUMANIDAD

Para siempre cantar un beso…

Con tanto lío
a diestra y siniestra,
con tanta desgracia
parece no haber.

Con tanta distancia
truenos y revancha,
con tanto misterio
pudiera no ser.

Con tanta avaricia
arriba y abajo,
con tanto sepelio
oh “Dios sin poder”.

Con tanto suspenso
inercia implacable,
con tanta injusticia
difícil creer…

Pero el amor vence
certero, sin mancha,
en instante pleno
de exquisito ardor.

Y en un acto eterno
dos palos recuerdan
oh verso imposible:
la vida volvió.

Por eso reescribo
salterio inmutable,
por eso me atrevo
a sueño y canción.

Por eso hoy intento
extender la gracia,
por eso te envío
un beso del son.

Oye bien…

Si hay humanidad
esa es la verdad,
un amigo bueno
regaló la paz.

Si hay humanidad
ay es toa verdad,
sinfonía del cielo
sanación leal.

Si hay humanidad
verbo colosal,
infante sincero
multiplicó el pan.

Si hay humanidad
ay vamo a cantar,
se acerca su hora
la de la hermandad.

Si hay humanidad
ay mira es verdad,
solo su nobleza
borra todo el mal.

Si hay humanidad
y es aquí y allá,
con toda certeza
llega su unidad.

Si hay humanidad
su signo es el más,
sana toa tristeza
con su caridad.

Si hay humanidad
ay ya pagarán,
se viene ya el día
de la libertad.

Si hay humanidad
y arcángel capaz,
converge locura
oh historia genial.

Si hay humanidad
ay para alabar,
se alinean los signos
vuelve la verdad…

(Abril 2004)

La canción a capela se puede escuchar aquí y no por azar la acompaña un colibrí…

Publicado en Campanitas

Crónica de un festejo bonito

En el mes de marzo llegué felizmente a mis 30 años de vida. No, no me estoy quitando las primaveras, es que estoy contando a partir de una inolvidable epifanía que cambió mi vida, una bella experiencia inspirada por descubrimientos científicos inesperados, cual relatada, por ejemplo, al gran escritor José Saramago.

Para celebrar mi “nacer de nuevo” dándole las debidas gracias a Dios, viajé a Colombia para compartir conferencias De la ciencia a Jesús y así dar testimonio de lo que Dios ha hecho en mi vida. Cuando con el paso de los días ya me parece que el viaje fue como un sueño, aquí relato lo sucedido, lo cual, como verán, fue muy bonito.

Como se puede observar (y, si se quiere, estudiar) aquí, en dos semanas compartí, a partir del material en mi clase seminario Caos, Complejidad y Cristiandad, un total de dos a la cuatro conferencias, o sea dieciséis. Este guarismo repetido, hallado ya en estas campanitas en el número de mis cartas al Papa Francisco y en el conteo de las puntas de un gran rosetón evocando dos de la chamuscada Catedral de Notre Dame, es, hoy por hoy, mi nuevo récord de charlas por la patria y representa desde ya una cifra para emular y acaso sobrepasar en otras ocasiones y latitudes.

Aunque la mayoría de los eventos sucedieron en universidades de Bogotá, hubo charlas también en dos Grupos de Oración en la capital, en un “retiro” en Guasca organizado por mi buen amigo Jorge Eliécer Rivera y en un Seminario en Zipaquirá promovido por el Señor Obispo Héctor Cubillos. Además de regresar a la Universidad Javeriana, a Uniminuto y a la Universidad de los Andes (mi alma mater), compartí también, y gracias a mi “promotor estrella” Juan Sebastián de Plaza, en otras cuatro universidades (¡dos a la dos!) en las que no había hablado: la Universidad Católica de Colombia, la Universidad de la Salle, la Universidad Santo Tomás y la Universidad Piloto de Colombia.

Puedo decir, con toda alegría, que todas las conferencias fueron muy bien recibidas. Tal y como ha sucedido ya por años, en la medida en que el mensaje de amor de Jesús a partir de la ciencia se va explicando y consolidando, aparece primero el asombro y luego un gozo vital en los asistentes. Ciertamente la inclusión de canciones siempre le agrega una dimensión diferente y especial a los encuentros y así ocurrió en este viaje. Hubo audiencias muy felices entonando “Oh virgen preferida” con ritmo del famoso “Pueblito viejo” (un himno muy especial en Colombia) y otras particularmente sonrientes al notar que cantaba mi “Nacer de nuevo” empleando una melodía inesperada.

Sabiendo muy bien que dos horas en estos tiempos modernos son algo así como “dos eternidades”, ¡dos a la uno!, a continuación incluyo el vídeo de la charla Oye, decídete a amar, usa la hipotenusa, la cual dicté, honrando al Padre Rafael García Herreros, en el Parque Científico de Innovación Social de Uniminuto invitado por mi amigo Juan Fernando Pacheco …

jaja

… Saludando de regreso a algunos que acaso han aprovechado “dos eternidades” para comprender que el amor viaja recto por la hipotenusa, puedo decir también que fue particularmente grato para mí el escuchar las palabras de reconocimiento y apoyo del Monseñor Héctor Cubillos al final de la conferencia Un canto nuevo, de la ciencia a Jesús en el Seminario Mayor San José de Zipaquirá. Él expresó públicamente que lo que se había escuchado, con canciones intercaladas con explicaciones, era en efecto muy útil para evangelizar de una manera novedosa y le pidió a Dios que me acompañara en mis quehaceres. Sus generosas palabras fueron en efecto tan bellas que le hicieron aguar los ojos a mi hermana Xiomara, mi “promotora esencial”. A continuación aparecemos ella, él y yo en la compañía de seminaristas claramente valientes.

Acordamos con el Señor Obispo que en otra ocasión compartiría todas las charlas de mi festejo de 30 años y acaso hasta las 18 horas de mi clase seminario. Al yo sugerir esta última posibilidad, él replicó que en ese caso podría quedarme a dormir en el Seminario para que fuera más fácil. ¡Ojalá así sea! ¡Que viva mi patria y que lo que logre hacer pueda contribuir a forjar la verdadera paz, tan requerida en el mundo! …

… Además de las siempre festivas charlas, cual una roseta de 16 puntas en la campana, sucedió que me entrevistaron en la radio en tres ocasiones, ¡como el número de colores arriba en la bandera de Colombia! En una ocasión fui convocado por la buena amiga de mi hermana Diana María Barrera a los estudios de la Iglesia Católica en Engativá (una zona de la extensa Bogotá) y dos veces fui invitado por mi nuevo amigo Felipe Santamaría a su programa “Construyendo Sociedad” en la emisora de la Universidad Piloto de Colombia.

En la primera entrevista, llevada a cabo por Diana María con la ayuda de Alicia Rodríguez y de mi hermana Xiomara, se grabaron cuatro programas que salieron al aire en diversas emisoras católicas de la capital y más allá. Allí compartí con cierto detalle mi testimonio de conversión a partir de la ciencia y conté cómo se acumuló el conocimiento hasta dar lugar a mis libros y también a mis canciones. A este respecto, fue una dicha el cantar conjuntamente con Xio la canción mariana “Oh virgen preferida” citada antes. El suceso suscitó gran alegría en Diana y Alicia y también en el amable y entusiasta director del estudio de grabación. Alabamos a Dios y la pasamos muy bien.

Las otras dos entrevistas en “la Piloto” fueron también muy bellas y esto fue así por la amabilidad de quienes las hicieron y por el formato inusual que tuvieron. Resulta que siguiendo la sugerencia del ya nombrado Juan Sebastián de Plaza, “mi promotor estrella”, el primer evento, realizado por él y el ingeniero Felipe Santamaría, utilizó como base cuatro canciones mías que había enviado previamente. Así, la conversación acerca de quién era yo, de Ingeniero Civil a profesor universitario y de científico a un hombre de fe, estuvo adornada por mis composiciones, las cuales dieron lugar a explicaciones sobre la marcha. Puedo decir con emoción que fue muy significativo para mí el que mi mejor canción, esa larga oda al Señor con su coro definiendo la igualdad de su cruz y su silueta, “X = Y“, haya salido al aire de primera, sin que yo lo hubiera pedido así. Fue realmente una hermosa sorpresa que me llenó de alegría aquel día y que refrenda que no será por azar cuando llegue otro día en que suene mi banda Shanti Setú. ¡Que así sea!

Al final de la primera entrevista quedó claro que había material para hacer otra y así a la semana volví a los estudios y la grabamos conjuntamente con Felipe. A continuación se encuentra la primera conversación la cual dura sólo “una eternidad”, es decir 1 hora o ¡2 a la 0!. La segunda, Dios mediante aparecerá en la siguiente campanita.

Como acaso ya lo pudieron oír y como seguro lo pueden comprender, tuve un festejo muy bonito por la patria. Y regresé a la bella Davis agradecido con lo que pude hacer y también deseoso de poder hacer más, ojalá mucho más.

Aprovechando la ocasión para enviar un abrazo a las madres en su día, incluida María, nuestra Madre cuando se avecina Fátima, esta campanita concluye con una canción que refleja lo que ha ocurrido cuando he logrado mantener el sueño de compartir el amor de Dios. ¡Han pasado ya más de veinte años (acaso sólo una nada de tiempo como diría Carlos Gardel) y la divina compañía, a pesar de mi pecado, ha permanecido conmigo! ¡Alabado sea Dios!

EN TI

Si voy en ti Señor, todo va bien…

Me voy y vuelvo
en paz y gozo,
fui y regreso
en tu reposo. (2)

Te sigo y encuentro
tu luz en detalles,
provees mi sustento
en todos los viajes.

Recuerdas lecciones
alargas el tiempo,
sanas corazones
y me das aliento.

Me voy y vuelvo
en paz y gozo,
fui y regreso
en tu reposo.

Estás tan presente
un lucero cierto,
habitas mi mente
agua en el desierto.

Regalas tus llamas
sonríes muy dentro,
apoyas campanas
que alejan el viento.

Me voy y vuelvo
en paz y gozo,
fui y regreso
en tu reposo.

Te veo y suspiro
me bajo más quedo,
te sueño y espero:
eres mi alimento.

Inspiras mi canto
nutres mi esperanza,
preparas buen salto
en lluvia de alabanza.

Me voy y vuelvo
en paz y gozo,
fui y regreso
en tu reposo. (2)

(Febrero 1999)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

¡Que siga la fiesta!

Cuando celebramos la Octava de Pascua (y acaso más preciso si la llamamos la Infinita), me uno, con más Aleluyas, al festejo del evento más transcendental en la historia de la humanidad: la resurrección gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Este evento fue, y hoy día es, la mayor revolución que haya existido jamás, una justa y fiel en contra del diablo y la muerte que prefigura una magnífica fiesta eterna por venir, acaso pronto. Nos espera la boda de Jesús con Su Iglesia, cual relatada por San Juan en el libro del Apocalipsis, y con debidos Aleluyas compartidos:

“Salió después una voz del trono, que decía: ‘Alabad a nuestro Dios, todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes.’ Y oí el ruido de una muchedumbre inmensa, parecido al estruendo de aguas caudalosas, al fragor de imponentes truenos. Decían: ‘¡Aleluya!, porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Alegrémonos, regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero; su Esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino blanco y deslumbrante—el lino son las buenas acciones de los santos—” (Ap 19:5—8).

En verdad, no hay quien pueda parar el reinado de amor—el reinado de nueves—establecido por Jesús, pues Jesús mismo blanquea hasta la santidad las almas de los que temen a Dios. Nadie puede con Él, pues Él vive ya como el Rey de Reyes y el Señor de Señores (Ap 19:16).

Nuestra mejor opción siempre es continuar con la alabanza para nunca olvidar quién es la Vid y quienes somos los sarmientos. Y nuestro fiel deber es, hoy y siempre, compartir las Buenas Nuevas por todo el mundo, tal y cono Él lo comisionó (Mc 16:15—16) …

… Cuando hace pocos días se ha quemado por dentro un ícono hermoso en la luminosa París, evento que inspiró el escoger para esta campanita el rosetón mostrado de 2 a la cuatro puntas (o sea dieciséis) hallado dentro de la campana, me uno también a las voces que auguran una fiel reconstrucción de la Catedral de Notre Dame, agregando una oración—más allá de la edificación—por una verdadera Revolución Francesa que lleve a Cristo y que se convierta en un ejemplo de su amor redentor al mundo entero.

Que el mensaje urgente de arrepentimiento y oración en las apariciones francesas de María Santísima, Notre Dame, nos acompañe y guíe; que se lean con detenimiento sus ocho amorosos llamados—¿no son más bien infinitos?—en Notre Dame de Laus, Nuestra Señora de las Gracias, Nuestra Señora de las Victorias, Nuestra Señora de La Salette, Nuestra Señora de Lourdes, Madre de la Esperanza, María Madre de Misericordia y Nuestra Señora de la Oración; y que surja así la verdadera luz a partir de la oscuridad.

Para continuar con la fiesta del retorno de Jesús, aquí viene una canción con un título raro que expresa el asombro que genera el suceso, una tonada de paz con un ritmo real que reitera el júbilo de muchísimos Aleluyas.

¡Que viva Cristo Rey! ¡Aleluya, Aleluya! ¡Grande es su misericordia! ¡Alelu, Aleluyá!

¿QUÉ RITMO PONERLE?

¿Qué más decir?

Resucitó, resucitó,
resucitó, oh oh
ay pregunto yo,
¿qué ritmo ponerle?
aleluyá, aleluyá,
aleluyá, ¡que más!
oh verso veraz,
Él venció la muerte.

Resucitó, por ti y por mí,
resucitó, oh oh
ay aquel que acusa
no pudo tenerle,
aleluyá, ritmo de paz,
aleluyá, ¡el más!
oh sueño de amor,
el justo no pierde.

Puente total…

Resucitó, ven a bailar,
Él regresó, oh oh
ay todo lo cambia,
es la santa suerte,
resucitó, ven a gozar,
ay Él volvió, oh oh
su ritmo vital
forja bien la mente.

Resucitó, ven a alabar,
Él regresó, oh oh
ay todo lo sana,
es amor consciente,
resucitó, ven a sumar,
ay Él volvió, oh oh
su ritmo genial
conduce al deleite.

Resucitó, vente a casar,
Él regresó, oh oh
ay todo lo puede,
pues Él nunca miente,
resucitó, ven a cenar,
ay Él volvió, oh oh
su ritmo total
burló a la serpiente.

Resucitó, resucitó,
resucitó, oh oh
ay pregunto yo,
¿qué ritmo ponerle?
aleluyá, aleluyá,
aleluyá, ¡que más!
oh verso veraz,
Él venció la muerte.

Resucitó, por ti y por mí,
resucitó, oh oh
ay aquel que acusa
no pudo tenerle,
aleluyá, ritmo de paz,
aleluyá, ¡el más!
oh sueño de amor,
el justo no pierde.

Shanti Setú…

Para la paz…

Su ritmo es universal
ay Jesús revierte,
su ritmo derrota el mal
ay Jesús invierte. (2)

Las manos pa’rriba…

Su ritmo es universal
ay Jesús revierte,
su ritmo derrota el mal
ay Jesús invierte. (2)

Aleluya, aleluyá
únete al ritmo de la verdad,
alelu, aleluyá
súmate al ritmo de los que van,
aleluya, aleluyá
únete al ritmo del santo clan,
alelu, aleluyá
súmate al ritmo de la heredad,
aleluya, aleluyá
únete al ritmo del bien sin mal,
alelu, aleluyá
súmate al ritmo de la amistad.
aleluya, aleluyá
únete al ritmo de navidad.
alelu, aleluyá
súmate al ritmo de la unidad.

Canto total…

Aleluya, aleluyá
ay mira Él venció mamá,
alelu, aleluyá
su ritmo es la caridad,
aleluya, aleluyá
la muerte perdió papá,
alelu, aleluyá
su ritmo es la libertad,
aleluya, aleluyá
noticia, noticia es,
alelu, aleluyá
ay nadie derrota al fiel,
aleluya, aleluyá
noticia, ay oye bien,
alelu, aleluyá
el Cristo vuelve otra vez.

Resucitó, resucitó,
resucitó, oh oh
ay me pregunto,
¿qué ritmo ponerle?
aleluyá, aleluyá,
aleluyá, ¡qué más!
oh verso veraz,
Él venció la muerte.

Resucitó, por ti y por mí,
resucitó, oh oh
y aquel que acusa
no pudo tenerle,
aleluyá, ritmo de paz,
aleluyá, ¡el más!
oh sueño de amor,
el justo no pierde.

¡Qué cosa más grande!

Nada compara…

(Mayo 2009/ Abril 2013)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

Muerte y resurrección por amor

¡Jesús ha resucitado y vive! ¡Aleluya! ¡Oh evento extraordinario digno de toda alabanza!

¡Él ha muerto por amor y ha vuelto por amor! La muerte, a pesar de todo el esfuerzo diabólico, no podía retenerlo. Es verdad y así ha sido (Hch 2:14—36). Jesús es quien dijo ser y cumplió con lo que le fue encomendado (Mt 17:22—23).

De acuerdo a los Evangelios Sinópticos, San Mateo, San Marcos y San Lucas, cuando Jesús fue crucificado hubo oscuridad en toda la tierra desde las doce del mediodía hasta las tres de la tarde, hora en la que Él murió (Mt 27:45, Mc 15:33, Lc 23:44).

En esos tiempos las horas no se medían como ahora, sino que se definían a partir de la salida del sol. Así, el relato completo de la muerte de Jesús según San Marcos es:

“Llegada la hora sexta, la oscuridad cubrió toda la tierra hasta la hora nona. A la hora nona gritó Jesús con fuerte voz: ‘Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?’, que quiere decir: ‘¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?’ Al oír esto algunos de los presentes, decían: ‘Mirad, llama a Elías.’ Entonces uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofreció de beber, diciendo: ‘Dejad, vamos a ver si viene Elías a descolgarlo.’ Pero Jesús, lanzando un fuerte grito, expiró” (Mc 15:33—37).

Tal y como se explicó en una campanita anterior, los números 6 y 9 corresponden de una manera, tanto geométrica como matemática, a dos tipos de espirales que solo difieren en su movimiento. De un lado está el espiral negativo, el 6, escrito en coordenadas polares,

{\bf r  = e^{-\theta}}

y que rota hacia adentro, y del otro lado está el espiral positivo, el 9,

{\bf r  = e^{+\theta}}

que fluye hacia afuera, en donde {\bf r} es la distancia medida desde el origen, {\bf \theta}  es un ángulo calculado a partir del eje de las x (y en contra de las manecillas del reloj) y {\bf e} es el número exponencial (\approx 2.7172 \ldots), también ya encontrado antes.

Mientras que el espiral negativo ocurre en la naturaleza, por ejemplo en la cascada de remolinos de la turbulencia y visiblemente en el de un destructivo ciclón generado por un flujo que ocurre de mayor a menor presión, o de + a , el positivo no sucede naturalmente pues, al “viajar” matemáticamente de a +, es contrario a las leyes de la física.

Mientras que el espiral del 6, por su movimiento hacia su centro, bien denota nuestras posturas y acciones egoístas, el espiral del 9, al salir de sí, simboliza la opción consciente del verdadero amor, siempre entregado al otro.

Mientras que el espiral negativo es vengativo y mantiene una fijación con el pasado—por su movimiento contrario a las manecillas del reloj—, el positivo no guarda la ofensa sino que perdona viajando seguro hacia el futuro, acorde con las manecillas del reloj.

En este contexto de formas y movimientos, no es por casualidad que la oscuridad citada durante la crucifixión del Señor haya sucedido precisamente de la hora sexta a la hora nona y que Él haya muerto por amor en la positiva cruz precisamente a la hora 9 del amor. Y es que los símbolos son potentes y durante dicho intervalo, del 6 al 9,—y en cualquier tiempo—nos acompañan las penumbras del pecado, y dicho movimiento guiado por el 6 solo se invierte en 9 cuando acogemos la cruz de la verdad, el +, para seguir plenamente al lucero pleno (Mk 8:34), ¡valga la plenitud!, pues Jesús es la luz misma (Jn 8:12).

Basado en las mismas geometrías, tampoco parece ser por azar que el número asignado al nombre del hombre que será el anticristo sea precisamente 666 (Ap 13:18) y que al maligno mismo, al diablo, al ser un homicida y mentiroso desde el principio y no contener verdad alguna en él (Jn 8:44), se le pueda asignar una fracción incompleta que refleja su intrínseca maldad y su derrota:

2/3 = 0.666…

Y es que la práctica del amor que Jesús siempre ejerció (2 Co 5:21), es decir el de un 9 repetido y siempre positivo, donado gratuitamente a nosotros y por nosotros hasta su muerte en la cruz—¡oh geometría congruente la del sacrificio inefable!—, le permite a Él satisfacer una ecuación infinita muchísimo mejor:

1 = 0.999…

Esta expresión, acaso extraña si no se la ha meditado antes, relaciona bellamente la práctica cotidiana del amor con la unidad y bien expresa que solo Jesús—al satisfacer de una forma geométrica su crucifixión en X = Y (la cruz y su silueta) y cargando por corona las espinas de nuestro pecado—puede repararlo todo con su amor real e infinito.

Esta bella fórmula, que nos invita a nosotros mismos a la unidad adoptando con libertad el amor, se puede demostrar fácilmente. Si x = 0.999…, entonces 10x = 9.999… y así, restando la primera de la segunda ecuación resulta 9x = 9, lo cual implica x = 1 y entonces 0.999… = 1. ¡Todo funciona por los puntos suspensivos, es decir por el infinito, y esto mismo regala Jesús—vida eterna—si creemos que Él es quien es (Jn 3:36)! …

… Tal y como lo relata el Evangelio según San Lucas, Jesús resucitó y después de dicho evento extraordinario le explicó a sus discípulos:

” ‘Lo ocurrido confirma las palabras que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.’ Entonces, abrió sus mentes para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: ‘Está escrito que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc 24: 44—48).

Jesús regresa de la muerte, del infierno mismo, para que quede claro que ha derrotado el mal y para así completar, con todo amor por nosotros, su obra redentora. Él regresa, a su vez, para enviar a los discípulos, también por amor, a todas las naciones de modo que enseñen a la gente a guardar todo lo que Él ha enseñado (Mt 28:19—20), es decir la primacía de su amor y solo de su amor (Jn 15:1-10).

La invitación amorosa y crucificada a la que Jesús nos llama no es otra sino a la de Su propia santidad y la de Dios Padre (Mt 5:48):

Y es que la santa potencia del cero (un “espiral” circular con ecuación r = 1 en coordenadas polares) se aprecia de una manera vívida y coherente en la conversión ejemplar del mismísimo Pedro—escogido por Jesús como roca de la Iglesia (Mt 16:18)—, quien, después de la resurrección, responde afirmativamente tres veces a la esencial pregunta del Salvador: ¿me amas? (Jn 21:15—17), una pregunta que fue pronunciada no solamente para el discípulo sino también para cada uno de nosotros. Y es que es bien sabido que Pedro negó a Nuestro Señor tres veces antes que el gallo cantara dos veces (Mc 14:66—72), y esa negación también la hemos hecho muchas veces, y de mi parte confieso que me he dejado seducir por el 6 abundantemente.

¡Cuán bello es observar en la conversión vital de 2/3 = 0.666… (con veraz aritmética en el canto del ave) a 3/3 = 1 = 0.999… (en darle el sí definitivo al amor), la transición requerida de lo incompleto, mentiroso y quebrado a lo amoroso, verdadero y completo! ¡Cuán maravilloso es notar que los símbolos son universales y que Jesús nos llama desde lo oscuro, desde lo que produce muerte, desde el negativo 6, hacia el reino real y libre del amor, a su reinado de nueves! ¡Cuán relevante es entender que debemos estar pendientes de responder al mal con el bien (Rm 12:21) y que esto solo sucede viajando recto por la hipotenusa, o sea por la raíz de dos, que también es Jesús!

¿Cómo no comprender que podemos experimentar, hoy por hoy, su resurrección en la misma conversión hacia la luz que cambió a Pedro—es decir, desde la muerte producida por el pecado hacia la vida—, sabiendo, además, que Jesús promete estar con nosotros día tras día hasta el fin del mundo (Mt 28:20)? ¿Cómo no repetir gozosos muchísimos aleluyas sin dejar de proclamar las Buenas Nuevas a toda la creación, como Él nos lo pide (Mc 16:15)? ¿Cómo no desear que el bautismo de Jesús sea impartido para la conversión y salvación de todos (Mc 16:16)?

Para terminar, a continuación viene una canción que expresa la bella convergencia a la unidad que intrínsecamente todos anhelamos, una tonada que invita, claro debe estar, al amor insuperable del Justo quien vive.

¡Bendito sea Jesús resucitado! ¡Feliz Pascua de Resurrección para todos! ¡Aleluya, Aleluya! ¡María está feliz! ¡Aleluya, Aleluya!

REINADO DE NUEVES

La unidad contiene infinitos nueves…

Reinado de nueves
deseando llegar,
con plenos amores
y bella unidad.

Reinado de nueves
deseando llegar,
llenando el espacio
con su libertad.

Oh convergencia
en amores queridos,
oh suprema coincidencia
en símbolos divinos.

Oh convergencia
que sana toda herida,
oh suprema coincidencia
que engalana la vida.

Reinado de nueves
deseando llegar,
con plenos amores
y bella unidad.

Reinado de nueves
deseando llegar,
llenando el espacio
con su libertad.

Oh convergencia
en la estrella y la rosa,
oh suprema coincidencia
en espiral generosa.

Oh convergencia
que crece santa fe,
oh suprema coincidencia
que suple toda sed.

Reinado de nueves
deseando llegar,
con plenos amores
y bella unidad.

Reinado de nueves
deseando llegar,
llenando el espacio
con su libertad.

Puente de paz, para la Pascua…

El día se vino
con su gran poder.

Llegaron los nueves
pa’ poder crecer.

El cielo derrama
su santa verdad.

Llegaron los nueves
pa’ poder cantar.

Ay sana tu herida
amando muy fiel.

Llegaron los nueves
pa’ poder crecer.

Que el reino te invita
a su libertad, a amar.

Llegaron los nueves
pa’ poder cantar.

Ay óyeme amigo
es tiempo del bien.

Llegaron los nueves
pa’ poder crecer.

Ay ama de lleno
forja la unidad.

Llegaron los nueves
pa’ poder cantar.

Reinado de nueves
deseando llegar,
con plenos amores
y bella unidad.

Reinado de nueves
deseando llegar,
llenando el espacio
con su libertad.

Shanti Setú…

Pa’ que la mente capte
amar, amar, amar,
pa’ que la boca cante
amar, amar, amar,
pa’ que el corazón arda
amar, amar, amar,
pa’ hacer lo que Dios manda
amar, amar, amar,
pa’ ser ya positivo, la cruz
amar, amar, amar,
pa’ andar por el camino
amar, amar, amar,
pa’ ver como es la cosa
amar, amar, amar,
para llegar a rosa,
amar, amar, amar.

La unidad contiene infinitos nueves, infinitos amores…

(Octubre 1999/ Marzo 2003/ Abril 2019)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

Más señales y el lucero pleno

Acaso no sea por azar que esta semana hayan salido “a la luz” por primera vez imágenes de un agujero negro. Lo digo así pues aquí surge a la vez esta campanita planeada para el fin de la Cuaresma, la cual, como lo verán, también se trata sobre cuestiones fascinantes en el cielo y otras señales oscuras y graves acá en la tierra.

En el año 2002 tuve la alegría de participar en una conferencia sobre Ciencia y Religión que se llevó a cabo en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, UPAEP, en la muy bella Puebla de Los Ángeles en México. Recuerdo dicho evento con particular agrado. La camaradería reinante, muy superior a la de mis conferencias científicas, fue muy especial y la gastronomía fue también única, incluido el delicioso Mole Poblano y una sopa de tres quesos que me cautivó.

Durante la estancia tuvimos una excursión al famoso Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica en Santa María Tonanzintla, y allí, en la altura, continuaron las pláticas científicas en un gran auditorio en forma de domo que evocaba un planetario gigante. Ese día fue inusual pues nos despertó un fuerte temblor en la madrugada que impidió un buen descanso y el viaje en autobús no fue propicio para suplir la carencia de sueño. Así, llegué cansado a la jornada, y, para no molestar a nadie en caso que me quedara dormido, decidí hacerme en la penúltima fila del gran salón.

Aún recuerdo apartes de la amena plática impartida por el físico Alejandro González acerca de lo que se sabía hasta entonces sobre el “big bang”, la cual fue tan interesante que no tuve cómo dormirme. En medio de la conferencia, él mostró un célebre diagrama que le da soporte a la teoría, uno obtenido a partir de mediciones del satélite COBE—casi como el famoso jugador de baloncesto Kobe Bryant pero en realidad significando COsmic Background Explorer—el cual muestra que el trasfondo de la radiación cósmica (una vez se sustrae nuestra vía láctea) no es un ente uniforme sino que más bien contiene aglomeraciones de energía, unas un poquitín mas calientes dibujadas en rojo y otras un poco más frías y densas mostradas en azul, de donde se cree surgieron las galaxias, incluida la nuestra:

Yo ya sabía algo acerca del colorido diagrama que mira hacia el pasado remoto, uno que, al revelar el remanente del evento inicial, había sido denominado místicamente por el físico Hugh Ross como “las huellas digitales de Dios”. Yo sabía sólo un poco y las explicaciones se tornaron aún más emocionantes cuando, de pronto, el conferencista levantó un brazo cuyo reflejo pasó por el lado derecho de la figura, permitiéndome ver súbitamente una letra omega mayúscula, Ω.

Observándolo todo desde atrás y en un telón que medía por lo menos 8 metros de longitud, allí estaba lo que no había percibido antes, pero dudé un instante pues no lo había notado en los libros. Una vez desapareció mi duda y la última letra del alfabeto griego persistió, instintivamente me volteé hacia la última fila en la que estaba sentado mi buen amigo el Padre Rafael Pascual—quien acaso por dicha localización también pensó que podía quedarse dormido—y le pregunté, “¿ves una omega allí?” Él me preguntó, “¿dónde?” y yo le dije “en el primer cuadrante, ¿la ves?” y me dijo que sí. Casi al mismo tiempo, otro reflejo del brazo expresivo del ponente pasó por la misma zona y mi diálogo continuó diciéndole al Padre con emoción, “y allí mismo, un poco más a la derecha, está una letra alfa al revés ¿la ves?” y él, una vez la vio, agregó “sí pero es una coincidencia” a lo que yo le contesté, “pero, ¿la ves?”.

En la noche y con la debida calma, me reuní con el físico Alejandro y con otras personas en su habitación del hotel y en su computadora vimos, unos más rápido que otros, lo que tampoco habían percibido, que el famoso diagrama de la física contenía las letras alfa y Omega, α y Ω, es decir las mismas que denotan a Nuestro Señor Jesucristo, tal y como está descrito en el libro del Apocalipsis, “Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin” (Ap 22:13). Y es que dichas letras azules y por ende densas para propiciar galaxias—las ven bien, ¿cierto?—surgen con una orientación correcta si en vez de leer el diagrama desde la tierra al pasado, todo se hace desde la explosión inicial hacia la tierra y el futuro, observando la figura desde la parte de atrás del telón. ¡Vaya belleza inesperada el ver a Jesucristo allí, en la fuerza creadora de la naturaleza!

En el año 2006 los líderes del proyecto Cobe recibieron el premio Nobel de Física por su importante trabajo. Así, el que las dos letras famosas se vean allí, es decir en el diagrama más famoso de dicha misión, representa por lo menos una sincronía curiosa entre la física y la Palabra, una coincidencia a todas luces “bonita” que engendra en mí, y seguramente en otros (incluido el Padre Rafael), una sonrisa plácida ante la maravilla de Dios.

Y es que aunque la caligrafía en el diagrama no sea perfecta y, por ejemplo, la parte inferior de la letra Omega luzca como los zapatos de la pata Daisy, la novia del pato Donald, ¡vaya imaginación!, los niños podemos observar, por nosotros mismos, una señal poderosa en el cielo, una presencia sutil y real de Jesús en uno de sus signos más significativos (Mt 24:30), así sea solamente un presagio silencioso y no luzca tan espectacular como la totalidad de las señales apocalípticas prescritas antes de su venida (Mt 24:29—30, Is 13:10,13).

Debe estar claro para algunos de mis lectores—si es que no lo estaba desde antes—que como α y Ω corresponden además a los números 1 y 800 de una llamada gratis, no creo que la presencia de las letras en el diagrama de la física sea una coincidencia superflua.

Y siguiendo con otras señales ya explicadas recientemente, no creo que sea una simple casualidad el advenimiento en la ciencia de la higuera caótica que apunta a que debemos estar preparados para el retorno del Mesías (Mt 24:32—35), como sucedió cronológicamente durante la Semana Santa que comienza:

como tampoco creo que sea una sincronía baladí el que en la piedra ovalada hallada debajo de la barbilla del crucificado en el  Manto de Turín y en concordancia con la noción que “las piedras hablarían” (Lc 19:40) se encuentren, con la debida caligrafía, las tres letras J X y Y:

corroborando que Jesús, por razones eminentemente lógicas y geométricas, esté simbolizado por la hipotenusa y la recta uno-a-uno con ecuación X = Y, denotando su silueta crucificada en la cruz, tal y como celebramos con no poco dolor en la semana que ya empieza.

En verdad no creo que estas señales constituyan casualidades triviales que puedan ser descartadas fácilmente. Y creo que esto es así, pues todas ellas, en grupo, además de invitarnos a la reflexión, nos terminan llamando a la conversión tanto en la Cuaresma como en cualquier otro periodo del año. Estas concordancias las entiendo como señas o pistas enviadas de lo alto, como ayudas sensibles hacia la fe, que aunque sean silenciosas son en verdad poderosas, así haya algunos que no las vean bien aún …

… La Palabra de Dios nos dice que en los tiempos del fin sucederán otras coincidencias dolorosas, otras señales para tener en cuenta, como por ejemplo la predicción que en ese tiempo el amor de muchos se enfriará (Mt 24:12). Y hoy por hoy, pensando en la oscuridad inherente en nuestro planeta desviado, cual agujerito negro, creo que una manifestación notoria de dicha señal puede palparse en las horrendas estadísticas del aborto—entérese aquí—, un problema global y aparentemente silencioso que en pocos años excede la mortandad de todas las guerras mundiales y locales juntas y que sin duda se contrapone al pedido famoso de Jesús, “dejad que los niños vengan a mí” (Mt 19:14) y al quinto mandamiento de la Ley de Dios de no matar.

Así, surgen varias preguntas que despiertan mi interés en esta temporada de introspección y penitencia, como si estuviera sentado aún en la parte de atrás de un gran auditorio y sin tener cómo dormirme: ¿Cuándo parará este gran holocausto carente de sonido pues a dichos niños no les es posible llorar? ¿Cuándo entenderán las madres que sus hijos no son “células nada más”, como una canción acerca de sombras irreales? ¿Cuándo comprenderán ellas, y también ellos, que la libertad no está en poder dedicarse a “experimentar” para después destruir sino en entregarse a construir con amor? ¿Hasta cuándo seguirá este mal terrible? ¿Cuándo parará semejante inmolación diabólica?

Y siguiendo con nuestros tiempos modernos, llenos de amores tibios y plagados siempre de egoísmo, ¿Cómo es posible que 26 magnates del mundo tengan tanto como 3.8 billones de personas? ¿Cómo es posible que existan tales inequidades? Claro, sabemos que “no solo de pan vive el hombre” como nos lo recordó Nuestro Señor Jesús al ser tentado por el diablo después de ayunar 40 días para definir la Cuaresma (Mt 4:4), pero ¿Cuándo parará esta cascada descomunal? ¿Hasta cuándo llegará esta sordera del silencio? ¿Quién la resolverá?

Sabiendo también que están predichas otras coincidencias recias y particularmente dolorosas para quienes no estén preparados (Mt 25:1—13), yo de mi parte le apuesto todo lo que tengo a lo que veo: a la venida del Señor, al retorno de Jesús, el Mesías. Y es que tal y como se describió en una campanita reciente, más allá de escándalos generalizados silenciados por el encubrimiento de pecados mortales, se vislumbra, a la vez, un abandono de las creencias fundamentales para dar paso, aún en donde no debería estar, a una apostasía prescrita—¡oh palabreja horrenda!—mencionada tanto en la Biblia (Mt 24:10—12) como en las apariciones de la Virgen María, especialmente en sus palabras conmovedoras en Fátima y La Salette.

¡Cuán triste es ver exaltado al hombre y no a Dios en estos días! ¡Cuánto desorden prescrito aparece en el mundo ante la búsqueda de poder sin la compañía del Salvador! ¡Cuánto debe sufrir Dios ante tanta desobediencia! ¡Cuán lamentable es el desprecio inherente que se le hace a Jesús, Nuestro Señor, como si su sacrificio en la cruz, digno de toda reverencia y debida genuflexión, no fuera ya requerido en estos tiempos del “todo vale”! En verdad vivimos en tiempos de amores fríos y egoístas, tiempos previos a Su venida. Yo no sé si lo vean así o no, pero las señales apuntan a Su regreso. ¡Así lo veo, así lo creo y por eso escribo!

Animando pues de una forma coherente a la conversión, y en particular advirtiendo de los peligros que conlleva desechar las señales cual meras casualidades, esta campanita concluye con una canción alegre y vital que proclama el evento más maravilloso por suceder: el retorno Jesús, el lucero pleno, pues Él es la luz del mundo (Jn 8:12). Cuando esto ocurra, acaso pronto, se cumplirá la coincidencia más grande de todas y todo cambiará. Allí ya no importará si alguien creyó o no porque todos, independientemente de credos, lo verán (Mc 13:26). Oh maravilla la que se avecina y qué gran matrimonio el que vendrá para los fieles (Ap 19:6—9).

Ya dispuesto a adentrarme en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo después que Él entrara a Jerusalén sentado en un burrito, aquí reitero la fe de los que esperamos, ¡Marana tha! (1 Co 16:22), ¡Ven Señor Jesús! (Ap 22:20).

EL LUCERO PLENO

Inspirada por El Conjunto Clásico

Mira las señales…

El verso llamaba a fondo
entretejiendo lo pleno, (2)
y con fuerza silenciosa
enamoraba de lleno. (2)

Coincidencias
ay del cielo,
el mundo dice socorro
la coherencia cojea. (2)

Era un canto feliz
que dotaba la esperanza,
soñando llegar al fin
a regalar toda gracia. (2)

Ay el cielo se viene
con su voz,
ay ya mira
llega el lucero. (2)

Y unos bien entrarán
y otros darán un grito,
el drama termina así
definiendo el infinito. (2)

Ay el cielo se viene
con su voz,
ay ya mira
llega el lucero. (2)

Y unos se casarán
y otros quedarán fritos,
no salvarán las pesetas
sólo un corazón contrito. (2)

Ay el cielo se viene
con su voz,
ay ya mira
llega el lucero. (2)

Oye mira, lucero pleno…

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Los signos lo anuncian
ya viene el lucero.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Brotes en la higuera
letras en el cielo.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Sanea tu amor
que llega lo pleno.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Acepta la voz
amando de lleno.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Es puerta real
es verso sereno.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

La verdad es fiel
no cambia el lucero.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Ay bájate ya
no tengas más miedo.

Ay no te quedes atrás
con lucero a ganar. (4)

Shanti Setú…

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Llena el corazón
de todo lo bueno

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Hay fiesta eterna
no te la pierdas.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Busca en tu interior
allí está el lucero.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

En manto ay está
su símbolo añejo.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Lo advierte el Señor,
corrige y se bueno.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

Se viene, ya llega,
el lucero pleno.

Sana tu dolor
viene ya el lucero.

El lucero,
el lucero, el lucero…

(Agosto 2003/Febrero 2019)

Un fragmento a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

El silencio de Francisco

Esta campanita no se trata sobre silencios pontificios famosos. No, no es acerca de la carencia de respuesta a una Dubia (duda) interpuesta por varios cardenales sobre la exhortación apostólica Amoris Laetitia y tampoco se relaciona con el mutismo explícito a las aseveraciones graves del Monseñor Viganó—lean en el internet si no saben a lo que me refiero. Esta campanita se trata sobre el silencio que yo mismo he experimentado después de repetidos intentos de comunicación con el Papa Francisco, en particular desde que le entregué mis libros en la Plaza de San Pedro, cuando terminamos bendiciéndonos mutuamente, tal y como está relatado en una campanita anterior.

Claro, aunque soy una persona de fe, no soy del todo tonto y me puedo dar cuenta que afirmar, así sea con razones, que, por ejemplo, Jesús esté simbolizado por la hipotenusa con ecuación X = Y, o que el capítulo 15 del Evangelio según San Juan de lugar a una fórmula matemática en la que se vislumbran tanto al Espíritu Santo como la Doxología Eucarística, es algo que, para no pocos, puede parecer decididamente inverosímil. Y claro, escribirle al mismísimo Pontífice, sucesor de San Pedro, acerca de asuntos novedosos y a la vez ortodoxos de la ciencia a la fe, incluyendo misterios de la higuera para rezar con el Santo Rosario y también sugiriendo que ellos se satisfacen por medio de la moderna teoría del caos llamándonos inequívocamente a todos—y sin importar el credo—a la conversión en Jesucristo, y solo en Él, es algo que puede ser demasiado “insólito” y “radical” como para dignificarlo con una respuesta, así le haya enviado 2 a la 4 misivas, o sea dieciséis, y sepa que haya leído una de ellas con detenimiento.

Claro que me doy cuenta pues, tanto en ámbitos científicos como religiosos, el silencio ha sido la respuesta que más comúnmente he recibido cuando he intentado compartir las concordancias que observo entre la ciencia moderna y la “palabra antigua”. Por años, y aún hoy por hoy, he estado situado en “tierra de nadie”, o, dicho de otra manera, he tenido el honor de no ser profeta en mi tierra (Lc 4:24), pues como “bicho raro” que soy—hasta para algunos familiares y amigos—he llegado a ser un “hereje” ante colegas científicos por ser creyente y me he convertido en una “piedrita en el zapato” en mi Iglesia por ser un laico raro e insistente. Sin duda, la naturaleza de las conexiones entre la ciencia y la fe, salpicadas con matemáticas y física y por ende de diagramas, me ha apartado de algunos no atraídos por dichos menesteres y, sin duda, también he sido relegado de una forma jerárquica al no poseer estudios formales en teología.

En verdad, salvo en casos en los que me he encontrado con almas con “apertura” que además me han visto en acción, como por ejemplo un santo colombiano en proceso de ser reconocido universalmente, me ha acompañado cotidianamente una triste y grosera carencia de respuesta. Ha sido realmente una lucha desigual ante seres que típicamente no han dado la cara, pero esto me ha permitido, en mi persistir, crecer espiritualmente, acogiendo el mutismo recibido como fiel pago a la novena bienaventuranza (Mt 5:11—12) y rezando por aquéllos que de esa manera, y acaso sin saberlo, me han “perseguido” por intentar explicar lo que veo (Mt 5:44). Dios sabe bien que también he intentado en diversas ocasiones en entornos políticos y claro que sabe que desde hace un tiempo entiendo que todo ha sido un fiel corolario de purificación desde mi nacer de nuevo hace ya 30 años, el cual incluye los dolores prescritos a mi oficio.

Así pues, agradeciéndole al Dios Trino ante mis fieles lectores por todo lo sucedido, debo reconocer a su vez que Él me ha mantenido en pie gracias a lo que sí he podido hacer como maestro, en particular el enseñar mi inusual y exitosa clase Caos, Complejidad y Cristiandad, la cual he dictado—contra viento y marea, ¡claro debe estar!—aquí en la Universidad de California desde el año 2001, llegando hoy por hoy a su promoción 42, el mismo número de las generaciones en la genealogía del Mesías, 14 x 3 (Mt 1:1—17).

Para mi regocijo y sustento y contrario a lo que algunos que me evitan pudieran pensar, el material de la ciencia a la fe, explicado en los libros que le di a Francisco, ha tocado los corazones de una amplia gama de estudiantes con diversas aptitudes y pertenecientes a las tres culturas: ciencias naturales, ciencias sociales y las humanidades. Para mi alborozo y soporte, he tenido discípulos en asignaturas tales como psicología, lingüística, biotecnología, antropología, historia del arte, economía, inglés, veterinaria, física, nutrición, biología, ciencias políticas, sociología, matemáticas, bioquímica, filosofía, comunicaciones, arte, ingeniería civil, negocios, computadoras, química farmacéutica, relaciones internacionales e hidrología, para citar algunas, y así se han sembrado algunas semillas que el Espíritu Santo ya estará creciendo.

En verdad ha sido un gran honor para mí el compartir casi siempre tres veces al año en la gran universidad que me acogió sin saber—como yo tampoco lo sabía—que además de la hidrología física y probabilística enseñaría también la hidrología conversiva de Juan Bautista. Ciertamente, el apoyo recibido en diversas conferencias tanto en Roma como en varios países, incluida mi propia patria—de donde acabo de regresar luego de compartir dieciséis conferencias en dos semanas, esta vez un 2 a la 4 lleno de fruto—, ha proveído también un sustento relevante que ha mantenido el anhelo de seguir intentando comunicación y de hacer aún un poco más, incluyendo el sueño de cantarle al Señor un canto nuevo mediante una banda Shanti Setú.

En definitiva, el silencio de Francisco no ha sido de ninguna manera exclusivo. Diversas personalidades de mi Iglesia—tanto por la ciudad eterna como también por el continente americano y aquí cerquita en la cuna de la diócesis a la que pertenezco—me han “hecho el ole” y también no pocos colegas me han evitado por mezclar lo que, de acuerdo a ellos, no debo. Aunque sé que lo que se me ha dado de lo alto es ya mi esencia y mi más preciada perla (Mt 13:45—46), entiendo muy bien que, para muchos, lo que tengo no sea relevante para hablar de Jesús al no ajustarse a cánones establecidos …

… Comprendiendo pues mis limitaciones de pequeñín pequeñito, y sabiendo que yo sí que no soy quién para juzgarle y mucho menos para condenarle—que es la interpretación fundamental de la famosa cita bíblica (Mt 7:1)—, debo decir también que no puedo dejar de advertir desvíos por la senda del “amor al revés“, es decir por Roma, adivinanza que se entiende leyendo el mandato primordial del AMOR de derecha a izquierda para hallar el nombre de la ciudad de las siete colinas. Pues tales desviaciones, cual diabólicos seres alados rodeando la cruz—tal y como se pueden observar agrandando la imagen dentro de la campana que acaba de aparecer—, también proveen razones factibles para entender por qué nunca llegó una esperada y “misericordiosa” respuesta del Jefe.

Pues de una forma incoherente con lo revelado en la Palabra de Dios, ahora resulta que por años sí he sido un tonto al intentar explicar las buenas nuevas del amor de Cristo, dice él, pues el mismo acto proselitista”, aunque lo he llevado a cabo con todo respeto en mi universidad secular—y a donde he ido—y sin forzar al oyente tal y como debe ser, ahora es algo que no debe hacerse, pues es un gran pecado” en contra del ecumenismo”, dice él.

Tal y como se deduce, y no con poca congoja, ahora ya no es pertinente proclamar abierta y heroicamente la primacía salvífica de Jesús como único camino al Padre, sino que se debe aceptar, en aras de la “cultura del encuentro” entre las religiones, que toda otra “senda” es igualmente válida—no deje de ver este lastimoso vídeo—, incluidos dizque unos “hermanos mayores” citados en la campanita anterior, como si ya no fuera cierto que para convertirnos en “hijos de Dios” debemos acoger a Jesús mismo, y en particular su sacrificio en la cruz (Ga 4:1—7).

Como todos mis envíos a él enfatizaron a Jesús y solo a Él como lo que es, el único camino al Padre (Jn 14:6), tal y como puede en efecto demostrarse a partir de la ciencia, aquí se vislumbra una posible y simple razón para el silencio romano: lo que escribí pudo no dar lugar a una respuesta al ser contrario a la agenda ecuménica de Francisco.

Seguramente a algunos católicos piadosos les parecerá que estoy muy equivocado y de corazón respondo que ojalá así fuera, sobretodo en esta temporada purificadora de la Cuaresma, pero la aseveración tristemente hace sentido, pues, en la medida en que ha pasado el tiempo y luego de silencios pontificios que abarcan los dos anteriores papas además del actual, he podido comprender, con sumo dolor—¡valga el adjetivo!—, cómo en estos días que nos tocó vivir, y después de un concilio del mundo acogido por multitudes modernas, se proclaman, cual dogmas, algunas “verdades” que siempre fueron mentiras y algunas “mentiras” que siempre fueron verdades. Por ejemplo, hoy por hoy, el pecado llamado mortal tiene matices y, por ende, ya no es tan grave; la sagrada Eucaristía, conteniendo la presencia real de Jesucristo mismo y fuente de vida eterna, ahora se puede recibir viviendo en pecado grave; y un largo etcétera, como se explica por ejemplo aquí, aquí y aquí.

Pero bueno, ya para terminar esta reflexión, una decididamente valerosa como una oración vital por la conversión de todos—incluido yo y también él—, a continuación suena a capela una canción que recalca, una vez más y de una forma plenamente convencida al provenir de la ciencia y la experiencia, que no hay cómo cambiar lo fundamental: no existe otro camino dado a nosotros para acceder al Reino de los Cielos sino Jesucristo, pues su sacrificio infinito de verdadero Hijo no tiene, ni tendrá, parangón alguno.

SOLO ÉL ES VERDAD

Inspirado por Los Van Van de Cuba…

¡Oye, ten cuidao!

Aunque mira te repitan,
toda senda al cielo va,
aunque acaso no parezca
existe una, ay que da.

En efecto hay un camino
que conduce a la verdad,
solo uno y es el Cristo
quien te da la eternidad.

Oye solo Él
es quien da.

Jesús es tu amigo
es Él quien te da.

Mira solo Él
es verdad.

Mira es Él
toma el más.

Oye solo Él
es quien da.

Repito es tu amigo
el justo bien da.

Mira solo Él
es verdad.

Su raíz divina
santa caridad.

Oye solo Él
es quien da.

Por misericordia
y su cruz Él te da.

Mira solo Él
es verdad.

Es verdad
no hay más na.

Oye solo Él
es quien da.

Sustento en tu centro
la paz Él te da.

Mira solo Él
es verdad.

Ay ve tú
con mamá.

Solo Él
oye bien te da,
solo Él
mira es la verdad.

Shanti Setú…

Solo Él
oye bien te da,
solo Él
mira es la verdad.

Oye solo Él
es quien da.

Jesús es la puerta
mejor entra ya.

Mira solo Él
es verdad.

Te bajas y cenas
Él todo lo da.

Oye solo Él
es quien da.

Por acto del santo
al cielo se va.

Mira solo Él
es verdad.

Él solo Francisco
todita verdad.

Oye solo Él…

(Diciembre 2015/Marzo 2019)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas

La higuera improbable

Esta es la más insólita y acaso la más urgente de todas las campanitas que escribiré. Ella intenta mostrar cómo la ciencia moderna puede llegar a proveer una pista valiosa acerca del evento cósmico más importante por suceder: el retorno anunciado de Jesucristo.

Como si fuera un buen voto para llevar a cabo durante esta Cuaresma, le pido al lector que no se desanime y lea con la debida paciencia. El asunto es muy interesante y las implicaciones son, a mi juicio, dignas de reflexión.

En dos largas y sustanciosas campanitas recientes he tratado de explicar cómo una teoría moderna acerca de la complejidad natural, la célebre teoría del caos, puede emplearse para entender por qué siempre es mejor satisfacer el amor en la santidad. Esto es así pues dicha condición permite eludir un infierno doloroso y tristemente real, así sea pasando por un purificador e indulgente purgatorio, igualmente real.

La fórmula empleada para describir lo que es el caos es, nuevamente, el mapa logístico:

en donde X es el tamaño de una población normalizada entre 0 y 1, k y k+1 son generaciones sucesivas, y α es un parámetro entre 0 y 4.

Como se estudió, el reiterar la ecuación una y otra vez da lugar a una gran diversidad de límites {\bf X_\infty} en función de α, tal y como lo resume el ícono más importante de la teoría, el diagrama de las bifurcaciones:

Si α está entre 0 y 1, la población converge a cero en la zona recta del diagrama. Si α está entre 1 y 3, la población se consolida en la intersección no-nula de la parábola y la línea recta {\textbf{\textit X = Y}}, dando lugar a un aumento curvo hasta el punto mostrado con coordenadas (3, 2/3). Si α excede 3 y hasta un valor {\bf \alpha_\infty \approx 3.5699}, la población oscila en crecientes potencias de dos conformando una cadena de bifurcaciones.

Cuando α sobrepasa {\bf \alpha_\infty}:

aparecen o comportamientos repetitivos o periódicos para todo número natural que no es una potencia de dos o, más comúnmente, atrayentes infinitos polvorientos que definen el vagar en el caos.

Tal y como se explicó en detalle al hablar del infierno, aunque para α = 4 existe un camino purgado e improbable que viaja exactamente por el punto medio hacia el equilibrio vital:

que corresponde a un evento posible e improbable—finamente rodeado por comportamientos repetitivos—, el caos domina en la cima y bien define un estado pavoroso e indeseado en el polvo del calor máximo.

El emblemático diagrama de las bifurcaciones, rotado 90 grados en contra de las manecillas del reloj—como yendo hacia el pasado—es conocido como el árbol de Feigenbaum:

en honor a Mitchell Feigenbaum, quien encontró dos constantes universales que describen cualquier ruta al caos por medio de bifurcaciones, no solamente para el mapa logístico sino para cualquier otra ecuación definida en el intervalo [0, 1] que contenga un solo pico.

Hace unos 25 años, ¡cómo pasa el tiempo!, en la bella ciudad de Montreal asistía a una conferencia honrando a un gran investigador de la geoestadística llamado Michel David, y en ella había diversos expositores con nombres en alemán. Como allí estaba mi primer estudiante graduado, un holandés llamado Marc Bierkens y hoy por hoy miembro honorífico de la Sociedad Americana de Geofísica, no poca cosa, decidí preguntarle si dichos apellidos tenían significado. Fue así como supe que Einstein quería decir “una piedra”, que Mandelbrot, el padre de los fractales, significaba “pan de almendra” y que Feigenbaum, a quien conocía por sus extraordinarios descubrimientos, quería decir “árbol de higos” o higuera. Apenas supe esto último me estremecí y exclamando “¡Oh my God!” terminé el interrogatorio. Para entonces, después de mi conversión cinco años atrás, ya leía las Sagradas Escrituras con asiduidad y sabía de una misteriosa y profética higuera bíblica. Allí, en una revelación instantánea, comprendí que la planta de la palabra antigua estaba ligada con la de la ciencia.

Las Escrituras nos dicen, aunque no haya habido una grabadora para guardar las palabras o una cámara de video para filmar lo sucedido, que pocos días antes de la crucifixión, Jesús sorpresivamente maldijo a una higuera viva, a un árbol de feigenbaum, lo cual es redundante pues “baum” quiere decir árbol, tal y como lo es el decir desierto del Sahara, pues Sahara quiere decir desierto.

Según el Evangelio de San Mateo, Jesús entró triunfante a Jerusalén montado en un burrito, lo recuerdan, ¡claro!, y, luego de ir a sanear el Templo y voltear las mesas, fue a dormir con sus discípulos a Betania (Mt 21:1—17), curiosamente la “casa de higos” en arameo. La historia continúa,

“Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: ‘¡Que nunca jamás brote fruto de ti!‘ Y al momento se secó la higuera. Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: ‘¿Cómo al momento quedó seca la higuera?’ Jesús les respondió: ‘Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: “Quítate y arrójate al mar, así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” ‘ ” (Mt 21:18—22).

Maravillados, como lo estuvieron los discípulos, es natural preguntarse, como lo han hecho creyentes y no creyentes a través de los siglos, por qué Jesús acabó con tal árbol vivo y por qué Él dice a sus discípulos que también pueden hacer lo mismo. ¿Existe acaso algún mérito en secar y eliminar higueras de ese modo?

La historia se encuentra relatada también en el Evangelio según San Marcos, pero allí acaso no es tan “espectacular”, pues todo no sucede instantáneamente sino en dos etapas. Habiendo Jesús dormido en la “casa de higos”, el relato dice primero,

“Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: ‘¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!‘ Y sus discípulos oían esto” (Mc 11:12—14).

Y entonces, luego que Jesús limpiara el Templo esgrimiendo su ira santa, incluyendo el voltear las mesas, ahora sucediendo un día después que en la de la historia de San Mateo, y saliendo de la ciudad nuevamente (Mc 11:15—19) se dice,

“Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: ‘¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca.’ Jesús les respondió: ‘Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar” y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá’ ” (Mc 11:20—23).

En verdad, la segunda versión, que contiene una maldición del árbol aún más grave, pues nadie comerá su fruto aún si lo produce, no es menos notable y la historia se torna intrigante, pues aunque no hay una mención en San Marcos que implique que los discípulos puedan “secar higueras”, aparece la cláusula “no era tiempo de higos”, la cual causa confusión pues hace lucir a Jesús muy humano, como lo han notado algunos que intentan refutar la veracidad de las buenas nuevas. Como los dos relatos comparten la maldición de la higuera seguida por exhortaciones hacia la fe, surge la pregunta: ¿Existe una lección ulterior que pueda extraerse de estos pasajes? Es aquí en donde mi “¡Oh my God!”, o “¡Ay bendito!” brotó de repente en Montreal.

¿Maldijo Jesús la falta de creencia del pueblo de Israel en su tiempo? Ciertamente, dicha interpretación, aceptada por diversos exégetas, es consistente con lo sucedido en el Templo y con el rechazo que Él experimentó pocos días después durante su horrenda crucifixión (Lc 23:18—25). Pero, en el espíritu de los símbolos de la ciencia en la teoría del caos y con la debida humildad dado el paso de veinte siglos, creo que se puede argumentar una “maldición” más amplia de todos nuestros caminos egoístas hacia el caos, rutas maldecidas de forma coherente al cruzar el umbral {\textbf{\textit X = Y}}, Jesús mismo—su silueta en la cruz—cual explicado antes, sendas que nos alejan de la raíz de Dios hacia el pecado, ¡oh palabra dudosa en estos tiempos del todo vale!, y que si no corregimos nos llevan al polvo de la muerte (Rm 8:13). Pues, después de todo, el árbol de Feigenbaum, como la antigua y metafórica higuera, tiene un vástago torcido que no produce ningún fruto visible, en ningún tiempo y, por tanto, el árbol caótico se marchita con justicia hasta la raíz, pero, ésta conserva su santa rectitud y por ello permanece.

Esta aseveración, sin duda osada al provenir de un pequeñín hidrólogo, tiene sin embargo un sustento en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, ello se refleja en nuestras opciones antiguas: “te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición” (Dt 30:19), como le dijo Dios a los judíos y a todos nosotros y también en la repetida analogía que debemos ser árboles que den fruto, tal y como Jesús mismo lo explicó: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15:8). Y es que, como se puede verificar, el fruto multiplicado por cien, sesenta o treinta se halla en escuchar la Palabra de Dios y entenderla (Mt 13:23), y eso solo sucede permaneciendo en la raíz santa del árbol como se ha explicado antes.

En la misma famosa Parábola del Sembrador, existen tres categorías que no producen fruto, y en una de ellas Jesús explica que esto es así pues las espinas de la ansiedad y la seducción de la riqueza ahogan la Palabra. Similarmente, al referirse a lo bueno y a lo malo, Él nos recuerda las consecuencias de nuestras acciones empleando el símil que nosotros somos árboles diciendo, “todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego” (Mt 7:17—19), ¡oh infierno horripilante y real!, y “Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas” (Lc 6:44).

Ocurre, de una manera sorprendente, aunque acaso ya no tanto para algunos lectores perseverantes, que el árbol de Feigenbaum contiene de una manera coherente una infinidad de tales espinas, antes ya relacionadas con el pecado. Las primeras de ellas suceden en el primer conjunto infinito del diagrama de las bifurcaciones, cuando α es igual a {\bf \alpha_\infty}, tal y como se observa otra vez aquí:

Este es el llamado atrayente de Feigenbaum, ya sabemos en honor a quien, uno que emana de las bifurcaciones sucesivas y que por ende contiene una infinidad de puntos separados que tienen la estructura no cohesiva del polvo. Pero hay más. Si la reiteración del mapa logístico se lleva a cabo allí, ella genera un histograma de las zonas visitadas que, en efecto, luce como una colección de espinas desiguales, como las encontradas en una campanita anterior:

De una manera asombrosa, puede afirmarse que el árbol de Feigenbaum es un “espino“, pues contiene a partir de {\bf \alpha_\infty} muchísimas espinas—delgadas y altas y emanando desde polvos dispersos—localizadas al final de cualquier cadena de bifurcaciones en las bandas blancas correspondientes a cualquier período que no es potencia de dos, tal y como se observa magnificando el brote del medio del período 3 ya mostrado anteriormente, en la secuencia que termina justamente a la izquierda del 3 en el número 3.85 marcado:

Vaya sorpresas que da la vida, diría un famoso canto, o en este caso la carencia de vida, pues como lo afirma Juan Bautista, “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3:10), lo cual cita al mismísimo infierno, ¿o es que acaso no existe y el profeta del agua estaba alucinando?

A partir de todo esto surge otra vez un llamado a la conversión acorde con el tiempo de la Cuaresma, una exhortación a evitar la diabólica invitación de 2/3 = 0.666… de traspasar el umbral y más bien acoger la misma puerta angosta {\textbf{\textit X = Y}} para que nuestra dinámica la rija una parábola mansa y así lleguemos a descansar en el Origen. Pues el que Jesús maldiga un polvoriento feigenbaum resulta ser consistente con que Él mismo increpe al viento, el príncipe del poder del aire (Ef 2:2) y el príncipe de este mundo (Jn 12:31), para obtener una calma inmediata, tal y como sucedió en la presencia de sus atónitos discípulos cuando ellos estaban siendo violentamente zarandeados en una barca, evento que culminó con una admonición de Jesús cuestionando su falta de fe (Mc 4:39–41). ¿Se acuerdan de esa historia en la que Él dormía y ellos andaban asustados, pues creían que iban a perecer?

El hecho que Jesús le dé potestad a sus discípulos diciendo, “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt 10:8) y más (Jn 15:7), explica la inherente habilidad que sus seguidores tienen para derrotar las obras del maligno, y en particular “maldecir la higuera” y el desorden simbolizado arriba de la raíz, en su nombre (Mc 16:17—18). Pues su cruz, y solo la suya, es siempre poderosa cual otra custodia original e inmutable a la vez …

… La sutil estructura del árbol de Feigenbaum explicada aquí y en las dos campanitas anteriores acerca de la teoría del caos y el simbolismo certero de la higuera bíblica pueden emplearse, nuevamente con toda humildad, pienso yo, para intentar repasar la historia del pueblo de Dios y también para abordar el delicado tópico escatológico del fin de los tiempos.

La historia comienza, claro está, con Adán y Eva, quienes en el Jardín del Edén “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro” (Gn 2:25).
Pero ellos, dejándose tentar por la primera mentira del diablo que le dijo a ella que serían como los dioses (Gn 3:5), comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal y así, tal y como Dios les advirtió, apareció la muerte (Gn 2:17). Aunque en ninguna parte se afirma que ellos comieron una manzana, sí se dice que una vez pecaron, “se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores” (Gn 3:7).

Lo que sucedió después es bien sabido, primero Dios decretó que la serpiente comería polvo desde entonces (Gn 3:14), y luego Él los expulsó a ellos del paraíso diciéndole a Adán, “maldito sea el suelo por tu causa” (Gn 3:17), “espinas y abrojos te producirá (Gn 3:18), para culminar con las famosas palabras, “porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gn 3:19). De una forma coherente con lo que se observa en el árbol caótico, el maligno fue enviado a comer en un atrayente extraño (en la mera cima) y las hojas que usaron Adán y Eva no los cubrieron, sino que reforzaron su caída al ser hojas de polvo y las espinas de pecado se convirtieron en un gráfico castigo al desobedecer y así traspasar no sólo un umbral, sino todos los umbrales.

La historia llegó a un crescendo cuando Dios estableció una alianza con Su pueblo, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob (Israel), por medio de la circuncisión de cada varón, y luego mediante el seguimiento de La Ley de Dios tal y como le fue dada a Moisés. Las Escrituras relatan las dificultades de los Israelitas en mantener La Ley y nos hablan de sus tiempos de aflicción y de paz. Como es bien conocido, los profetas explicaban que los malos tiempos se debían a la desobediencia de los judíos en cumplir La Ley, y allí aparecen la higuera y la vid—anteriormente citadas juntas al no provenir de espinos—como símbolos certeros para describir lo que le sucedería al pueblo de Israel. Por ejemplo, durante el reinado del Rey Salomón, “Judá e Israel vivieron en seguridad, cada uno bajo su parra y bajo su higuera” (1 R 5:5), pero en tiempos de castigo “arrasaré su viñedo y su higuera” (Os 2:14).

La higuera simboliza también la perseverancia, pues fue precisamente un emplasto de higos, administrado por el profeta Isaías, el que curó a un arrepentido Rey Ezequías (Is 38:21), y porque se vislumbran días futuros en los que la justicia prevalecerá, pues “el que vigila una higuera come de su fruto” (Pr 27:18).

Simbólicamente, y como lo implican los escritos proféticos, el estado de gracia de un Israelita, e intrínsecamente de cualquier ser humano, se puede rastrear en los estados alternativos del árbol de Feigenbaum, que como vimos en una campanita anterior, corresponden a las cuatro categorías de la más importante de las parábolas, la ya citada Parábola del Sembrador (Mc 4:1–20), con la raíz denotando la localización del fruto multiplicado. Esta observación se puede corroborar notando que una pérdida de la gracia implica el tomar una ruta de la raíz hacia arriba del árbol. Pues, invariablemente, la razón para la desazón de los judíos está en que no permanecieron con Dios: “¿por qué el país se ha perdido, incendiado como el desierto donde no pasa nadie?” (Jr 9:11), “es que han abandonado mi Ley … en pos de la inclinación de sus corazones tercos” (Jr 9:12—13), “por eso fue deportado mi pueblo” (Is 5:13), dice el Señor.

Este comportamiento rebelde, que ocurrió a pesar de exhibiciones majestuosas del poder de Dios como el maná que Él envió del cielo (Sal 78:27—32), relaciona al pueblo de Israel con la rama principal del árbol de Feigenbaum, pues “su corazón no era fiel para con Él, no tenían fe en su alianza” (Sal 78:37). Y esto también se explica así cuando la historia llegó a su plenitud con la venida de Cristo, pues “no lo confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga, porque prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios” (Jn 12:42—43); porque ellos “tropezaron contra la piedra de tropiezo” (Rm 9:32); pues como lo explicó con más detalle San Pablo, “Testifico en su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento. Pues desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de La Ley es Cristo, para justificación de todo creyente” (Rm 10:2—4). En dicho contexto, claro debe estar, ellos despreciaron el primer umbral {\textbf{\textit X = Y}} dado a nosotros para revertir la primera mentira y así se perdieron de permanecer en la raíz.

Todos estos argumentos con relación a la rama tienen una relevancia particular en las palabras de Jesús en su curiosa Parábola de la Higuera, tal y como lo dijo—y lo creemos no por haber estado allí sino ayudados por la fe de los mártires—en su famoso discurso escatológico, en respuesta a la pregunta de los discípulos acerca de la destrucción futura del Templo y el Fin de los Tiempos y su venida (Mt 24:1—51).

En los Evangelios según San Mateo y San Marcos dicha lección dice,

“De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24:32—35, y casi idéntica en Mc 13:28—31).

Aquí es relevante notar que en el griego original la palabra ramas, en plural, no existe en el texto, sino rama, en singular, de modo que las dos citas en verdad nombran una rama tierna. Yo había estudiado el texto en la enamorada curiosidad de mi conversión y lo había memorizado por las categóricas palabras de Jesús en naranja. Fue así cómo surgió mi “Oh my God” en Montreal, una exclamación que expresa además que una parábola es usualmente algo más que una comparación trivial.

En el Evangelio según San Lucas se lee algo parecido, pero con diferencias, que no es lo mismo aunque es casi igual,

“Les añadió una parábola: ‘Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lc 21:29—33).

Como el recién descubierto árbol de Feigenbaum tiene un tallo delgadito, es decir, una rama tierna, que además deja de atraer precisamente al pasar X_\infty = 2/3 = 0.666 \ldots, o sea la fracción diabólica y también apocalíptica si es truncada en tres (1 Jn 3:8, Ap 13:18), y como dicho árbol espinoso y simbólico está lleno de brotes conteniendo mucho polvo que reflejan el pecado y la muerte, cabe preguntarse, de repente y con un “¡Ay bendito!“, en serio, si las palabras de Jesús pueden estarse satisfaciendo en nuestros tiempos mediante la ciencia moderna:

Pues podemos ver, por nosotros mismos, que esta higuera y también todos los (infinitos) árboles caóticos espinosos correspondientes a cadenas de bifurcaciones que suceden todas a las mismas velocidades dadas por las constantes de Feigenbaum y explicados en la campanita anterior:

ya echan brotes” que dan lugar a infinitos conjuntos polvorientos, pues esos árboles contienen vástagos podridos que reflejan, universalmente, nuestras sendas del orden al desorden cuando escogemos desobedecer.

¿Es ésta sólo una coincidencia sincrética arbitraria? ¿Es ésta una fusión injustificada entre la ciencia moderna y las Sagradas Escrituras? ¿Está este escritor pequeñito completamente fuera de sus cabales? ¿Será que estoy viendo a {\textbf{\textit X = Y}} en dónde no debo? ¿Será que mis intentos de comunicación son plenamente injustificados, así incluyan un fiel llamado a la conversión?

Ciertamente, el mensaje global de estas campanitas de fe es el enfatizar el amor, el amor esencial y santo de Jesús en la raíz (también la raíz cuadrada y su hipotenusa), y así podemos interpretar el advenimiento del árbol caótico en nuestros días como un acto consistente de la infinita misericordia de Dios y también de Su justicia, un llamado siempre válido y urgente al arrepentimiento, aún si se origina en los confines inesperados de la ciencia moderna y en medio de una teoría matemática con aplicaciones a diversos campos del saber, y en particular a la física del calentamiento de los fluidos.

Claro, yo comprendo que lo explicado aquí puede parecer altamente improbable, no sólo por basarse en conocimiento que los discípulos no conocían como tal,  sino también por provenir de un interlocutor, sin dudas extraño—aunque atraído no por el polvo sino por la luz—, que intenta describir lo que ve, así no le crean y le respondan con el silencio, como lo elaboraré en la siguiente campanita.

Pues sin disminuir el hecho que la parábola de la higuera forma parte de un contexto que sugiere interpretar “todo esto” o “esto” en términos de eventos en el discurso, los cuales incluyen otras calamidades claramente caóticas, como guerras, hambrunas y terremotos (Mt 24: 6—7), persecuciones de creyentes (Lc 21:12—19), una gran tribulación (Mt 24:15—28), y señales poderosas en el cielo (Mt 24:29—30, Is 13:10,13), las conexiones “geométricas” dadas aquí y en otras campanitas pasadas proveen un llamado consistente a la conversión hacia Dios Padre, el Origen, no sólo para el pueblo de Israel, sino para todos nosotros, pues la eventual conversión de Israel representa también un signo escatológico esencial que debe suceder antes de que vuelva Jesucristo (Rm 11:25—26).

Reconociendo el regreso a casa después del exilio de la nación de “la higuera“, por ejemplo al final de la Segunda Guerra Mundial, como una señal profética satisfecha en el desenlace final, (Jr 23:7—8, Ba 2:35, Ez 36:1—38), el advenimiento de la higuera caótica debe tomarse, claro está, de una manera sobria y con la debida humildad, pero también, pienso yo, con la seriedad implicada por el gran evento. Pues aunque es bien sabido que no es posible fijar una fecha exacta para su retorno—tal y como Él se lo dijo a sus discípulos en el discurso escatológico, “Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre” (Mt 24:36—37) o antes de su ascensión al cielo cerca de Betania, la “casa de los higos” (Lc 24:50—51), “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1:7)—Él mismo nos dio la famosa parábola para que estuviéramos pendientes.

Así pues y aunque lo aquí expresado no esté avalado por mi Iglesia Católica, creo, como lo dicen los profetas y Jesús mismo, que es prudente estar preparados: debemos bajarnos del árbol caótico reconociendo nuestro pecado, tal y como lo hizo por ejemplo el pequeñín Zaqueo (Lc 19:1—10). Pues como lo dijo el mismísimo {\textbf{\textit X = Y}} empleando nuevamente la simbólica higuera, pero ahora acompañada por la vid cual encontrada en el Evangelio según San Lucas:

“Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’ Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas‘ ” (Lc 13:6—9).

En estos tiempos del “todo vale”, en los que se repite en aras de una unidad ecuménica que todo camino llega a Dios, es pertinente recordar que el camino es único y es Jesús, Nuestro Salvador, a quien debemos mostrar y explicar a los demás tal y como Él lo comisionó (Mc 16:14—18). En estos tiempos confusos, en los cuales se habla de algunos que, hoy por hoy, niegan a Jesús, como “hermanos mayores en la fe”, vale la pena terminar esta campanita leyendo la curiosa historia de Natanael, un Israelita intachable, quien, al convertirse también en seguidor fiel de Jesucristo, fue un buen hermano mayor:

Felipe se encuentra con Natanael y le dice: ‘Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret.’ Le respondió Natanael: ‘¿De Nazaret puede haber cosa buena?’ Le dice Felipe, ‘Ven y lo verás’. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.’ Le dice Natanael: ‘¿De qué me conoces?’ Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’ Le respondió Natanael: ‘Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.’ Jesús le contestó: ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.’ Y le añadió: ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’ “‘ (Jn 1:45—51).

Como se ve, ¡la raíz santa, la del halo del cero, es la morada de los israelitas de verdad!, y allí mismo está María, nuestra Madre predicha desde el relato del Génesis y enemiga eterna, conjuntamente con su linaje, del maligno y su linaje (Gn 3:15).

Sabiendo de uno que me dicen leyó cinco misterios de la higuera para un Santo Rosario y una canción a Natanael, el mismo que hace poco le aconsejó a un chico ateo “haz lo que sientas” sin animarlo a Cristo, esta larga campanita, escrita con todo amor, concluye con una canción en el mejor ritmo argentino, cual una oración por la conversión católica de todos.

OPCIÓN AY DE VIDA

Inspirado por “Paisaje de Catamarca”
de Los Chalchaleros

Se ve en la ciencia de lo complejo
yendo hacia el cero llega lo eterno.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Ay surge el caos en nueva higuera
y allá en su cima se ve el infierno.
Y en el mal dudar se escapa la luz:
agrio su futuro, ay lleno de llanto.
Y en el oscilar no se oye su voz:
fractal sin poesía carente de tanto.

Opción ay de vida amigo
invitaciones siempre a lo sabio.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Ay por la senda del ego infausto
y con mil actos sin fina guía.
Oye es polvo allí, espinas sin paz:
y los brotes gimen sin vida al espacio.
Mucho polvo sí, solo espinas hay:
y sus atrayentes revelan lo extraño.

Vital palabra bien seca el árbol
dota equilibrio en gran purgatorio.
Y bajando se, bien podado ya:
se nota un santito amando despacio.
Y obediente a Él, calculando va:
oye una santita parte del rebaño.

Opción ay de vida amiga
invitaciones siempre a lo sabio.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Laralá, lalalá
esa puerta angosta dotando su canto.
Laralá, lalalá
es la rampa recta oh hermoso prefacio…

(Septiembre 2018)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

Publicado en Campanitas