¡Santa, Santísima Trinidad!

Cuando el mundo entero está acongojado e inseguro ante los efectos mortales de una pandemia inesperada y real y cuando otros dolores, no menos tristes, han aflorado en virtud de pecados raciales sistémicos, este escrito se adentra en el misterio de nuestra salvación intentando mostrar cómo la ciencia moderna permite visualizar rasgos relevantes del amor sanador de Dios, el único verdaderamente capaz de resolver todos los problemas modernos que nos aquejan.

Tal y como se explicó en las últimas dos campanitas, aquí y aquí, existe una función con forma de alas de ángeles y también de nube, una transformación de x a y, que puede construirse, paso a paso, de una manera sencilla:

Comenzando con tres puntos (los extremos y el del medio, marcados por cuadrados con cruces), el objeto aparece agregando una infinidad de puntos siempre hacia arriba: los dos primeros están a una distancia Z a partir del punto medio de las líneas que unen los tres puntos iniciales, los siguientes cuatro se encuentran a una distancia Z al cuadrado a partir del punto medio de las cuatro líneas mostradas más arriba de izquierda a derecha, y así sucesivamente, en potencias de dos para el número de puntos siempre localizados en el medio de líneas, y en potencias de Z para sus desplazamientos verticales, de Z a Z al cuadrado a Z al cubo, etc.

Resulta que cuando Z tiende a su valor máximo de 1, de modo que todas las potencias de Z se acerquen también a una unidad, la transformación alada llena tanto espacio como el plano y adquiere—sólo allí—la propiedad especial de poder llevar cualquier entrada dx (definida sobre un conjunto infinito e incontable de puntos) a una salida dy con forma de campana, la cual—en el límite—termina siempre centrándose y concentrándose en el infinito.

Este hecho notable, por su universalidad, se ilustra en el siguiente diagrama, mas no en el límite sino cuando Z = 0.99, empleando como entrada un objeto dx compuesto por muchísimas espinas, el mismo ente ya explicado en el blog con relación al divisivo poder del aire, y de manera tal que el área de la campana dy (aún no centrada en el infinito) sea igual a la suma de todas las espinas en dx:

Recordando la célebre alegoría de la caverna de Platón, aquí se observa cómo el alambre angelical de x a y (arriba a la izquierda), al ser “iluminado” por el objeto dx (abajo), produce una “sombra” dy con forma de campana (a la derecha). La construcción es, al final, no muy difícil y puede describirse como sigue: si el objeto dx sube verticalmente hacia los puntos respectivos de la función de x a y, entonces lo visto desde el eje de las y—sumando las espinas en dx correspondientes a las mismas alturas en y—da lugar a la campana dy.

Tal y como se ha explicado en más detalle aquí, el objeto espinoso dx, mostrado en el diagrama debajo de la transformación alada, representa un icono relevante del desorden natural, pues corresponde a la propagación de desequilibrios, tal y como aparecen en el estudio de la turbulencia en el aire, los cuales dan lugar eventualmente a la disipación de la energía. Dicho objeto dx, al estar generado por un proceso divisivo en cascada, no sólo se relaciona con la violencia natural, sino también con la forma en que suceden las desigualdades de la riqueza en el mundo. Tristemente, el poder en el aire y el poder en el mundo da lugar a una fragmentación metódica (y por ende sistémica) hacia espinas dispersas en las cuales se concentran las energías (o recursos), y dicha estructura fraccionada, en capas (o estratos) visibles, emana del polvo (es decir, a partir de conjuntos carentes de cohesión) y siempre como un presagio certero del predecible desvanecimiento final de la energía.

Lo que el diagrama con tres componentes muestra, sin embargo, son buenas noticias, estupendas noticias, pues allí se ilustra que existe la posibilidad de transformar cualquier tipo de desorden dx (en verdad una infinidad de posibles entradas arbitrariamente desordenadas y disipadas) en el orden armónico de la campana dy, invirtiendo así el flujo natural corrosivo que viaja en sentido contrario, o sea del orden al desorden, y proveyendo, a su vez, un antídoto a la disipación (la muerte), pues la campana se relaciona con la conducción del calor y, por su carencia de violencia, con la verdadera paz.

Observando en lo explicado algo más que un resultado de las matemáticas, en la campanita anterior se argumentó que dado que los posibles entes geométricos dx abarcan múltiples tipos de desorden, entonces ellos pueden emplearse—como una certera metáfora—para representar el desorden intrínseco de las acciones divisivas que dan lugar a nuestro pecado. En ese espíritu, como el flujo del diagrama—de x a y—implica que existe una salida de la disipación—la muerte misma relacionada con el pecado (Ro 6:23)—hacia la conducción y la vida en el infinito del cielo (cuando Z → 1), esto suscitó explicar por qué hace sentido sugerir que en el alambre límite se observe la extraordinaria labor del Espíritu Santo quien, en nombre de Jesús y Dios Padre, hace posible el milagro que celebramos en la Pascua, es decir la resurrección del Cristo y también su posterior ascensión al cielo …

… Sucede que existe otro diagrama con tres componentes que resulta ser muchísimo mejor que el anterior, al estar basado no en una entrada dx divisiva, sino más bien en un objeto carente de desorden y en pleno equilibrio. En el diagrama inicial dx nos representaba en la naturaleza pecaminosa del desorden, herencia del pecado original, pero un equilibrado dx es en verdad muy distinto, pues refleja la perfección en la carencia de cualquier desunión, la cual excluye todo sentimiento de culpa. Nosotros, claro está, no logramos siempre dicho estado apacible caracterizado por el bien sin mal, pero sí hubo un hombre que lo hizo siempre, pues Él satisfizo en su vida dos edictos fundamentales (que en realidad son uno), el primero proferido por el profeta Isaías y el otro posterior en las palabras de Juan Bautista, como sigue. “Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado” (Is 40:4—5), y “todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios” (Lc 3:5—6).

Así pues, un dx plano representa a Jesús, gloria y salvación de Dios, pues si se aplica la dinámica de las citas a cualquier dx desordenado, rellenando los valles con los montes que se van cortando, siempre aparece el equilibrio recto que todos podemos ver. De esta manera, el siguiente diagrama con tres componentes (en el cual las áreas de dx y dy se equiparan, así no lo parezca pues los dibujos tienen diferentes escalas) se puede emplear para visualizar, aún si se emplea Z = 0.99 y no el valor límite de 1, los tres miembros de la Santísima Trinidad:

Dios Padre entronizado en el cielo, (en el infinito en el límite) y simbolizado por la campana dy siempre conductora y sin entropía, es decir fuente inagotable de luz pura; Dios Hijo como entrada dx siempre balanceada y recta, es decir perfecto y sin pecado alguno; y Dios Espíritu Santo en la transformación siempre positiva y unitiva con forma de alas de ángeles, la cual conecta al Padre con el Hijo y procede de ambos, como lo enseña el Credo.

Más allá del gozo o acaso estupor que estas explicaciones puedan suscitar, nótese que la totalidad del diagrama expresa deseos inmanentes en nosotros, cuestiones de fe en un futuro glorioso y también asuntos eminentemente prácticos en el tiempo en que vivimos, pues un dx horizontal es posible por medio del Sacramento de la Reconciliación, el cual nos permite, por el perdón divino y el fuego dulce del Espíritu Santo, experimentar el equilibrio como un presagio de la eternidad.

Sabiendo con toda reverencia que el misterio de la Santísima Trinidad es en verdad inabarcable, esta campanita intenta mostrar cómo la ciencia moderna provee un modelo pictórico, una representación hermosa, que permite escudriñar—con toda humildad—el misterio divino, pues, como se elaborará a continuación, las explicaciones surgen de una forma coherente con lo revelado en las Sagradas Escrituras.

Por ejemplo, el que Dios Padre esté en el infinito, en el cielo, es consistente con Su propia definición “Yo soy el que soy” (Ex 3:14), y también con lo expresado por Jesús al principio del Padre Nuestro, “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo” (Mt 6:9—10), y dicha localización es congruente con Su naturaleza eterna y no cambiable y con Su omnipotencia, la cual le permite hacer lo que desea (Sal 115:3, Sal 135:6), incluyendo, claro está, la creación, aún a partir de un estado disipado caracterizado por el caos (Gn 1:2).

Claramente, Dios Padre se puede asociar con el proceso normal (o sea no anormal) de la difusión—¡y vaya si difunde, pues toda la naturaleza habla de Él! (Sal 19:2—7)—y así con la campana dy (o distribución normal) que siempre nos llama hacia sí, así lo haga siempre respetando nuestro libre albedrío, o sea nuestra libertad de decir sí o no. Y esto, claro debe estar, se contrapone al proceso violento y forzoso de la turbulencia que produce la disipación y la muerte, el cual está claramente asociado con su opuesto y nuestro verdadero enemigo: el diablo. Y es que de esta forma se define la batalla esencial en el arribar a la unión con Él o su opuesto, pues Dios Padre es siempre “misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad” (Ex 34:6), de eso doy fe, y siempre se regocija con la conversión de los pecadores y nunca se complace con la muerte de un malvado (Ez 18:23,32, Jr 3:14).

El que Jesús, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo, cual proclamado por Juan Bautista (Jn 1:29), esté reflejado en un dx uniforme, horizontal y recto ya ha sido explicado arriba de una forma geométrica, pero esto también se confirma notando que Él nunca pecó (2 Co 5:21) (es decir nunca rompió el equilibrio) y que Él, en efecto, no vino a abolir la ley y los profetas (es decir la rectitud de los preceptos), sino a darles cumplimiento (Mt 5:17).

Tal y como se dedujo aquí y aquí, Jesús es, sin duda alguna y como Él lo afirma, la única solución al pecado, pues Él, en verdad, es “el camino, la verdad y la vida” y porque, en efecto, puede deducirse (y no sólo aceptarse por un hermoso acto de fe) que “nadie llega al Padre sino por Él (Jn 14:6). Su comportamiento siempre amoroso y unitivo es la antítesis de cualquier proceso divisivo, de cualquier cascada multiplicativa que crece desequilibrios y propaga vacíos de una forma arbitraria, procesos que generan espinas y polvo simbólicos. Pues Él fue primero coronado con nuestras espinas para luego morder el polvo muriendo por nosotros. Jesús es la recta dx, pues Sus invitaciones de descansar con Él (Mt 11:28), de recoger con Él (Mt 12:30) y de experimentar Su paz (Jn 14:27) sólo pueden lograrse en el estado más eficiente de uniformidad y unidad que carece de cualquier mentira, es decir en la roca sólida que lo define fielmente (Mt 7:24—25).

Y bueno, del artístico alambre del Espíritu de Dios, activado por Jesús a partir de su muerte y resurrección, ya hablamos en la campanita anterior. Pero aquí acaso pueda agregarse un poquito más para seguir admirando su estructura maravillosa. Por ejemplo, es bello notar que la transformación límite, al contener unidad por doquier cuando Z tiende a 1, unidad sistémica podría decirse, nos permite apreciar la bella y poderosa expresión “la unidad del Espíritu Santo” en la Liturgia de la Iglesia, la cual es, en verdad, una unidad infinita (en todas las potencias de Z), que además permite la unión o unidad de las componentes dy y dx asociadas con el Padre y el Hijo. Todo esto es particularmente hermoso y profundo pues el alambre vital intercambia la energía arriba y abajo y así nos permite apreciar que el Padre y el Hijo son uno, como Jesús categóricamente lo afirma (Jn 10:30).

¿Cómo no visualizar en la perfecta comunión del diagrama trino las curiosas y precisas palabras del apóstol San Pablo cuando dijo, Cristo mismo es “la piedra angular” (la sólida y recta dx) y en Él “toda edificación bien trabada se eleva (la transformación alada) hasta formar un templo santo en el Señor (en el cielo dy), en quien también vosotros estáis siendo juntamente edificados, hasta ser morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2:20—22)? ¿Cómo no experimentar un gozo profundo al notar que dichas explicaciones se cumplen de una manera precisa en el diagrama abarrotado de perfección y edificado en la piedra despreciada por no pocos constructores (Mt 21:42) y repetido aquí con dobles flechas denotando la unidad de los tres miembros de la Trinidad en el límite?

¿Cómo no reconocer en el dibujo sublime el mejor regalo de amor de Dios a nosotros: la venida de Su Hijo del cielo, o sea yendo de y a x, lo cual puede hacerse en virtud a la naturaleza divina de Jesús y porque su ecuación es, por su silueta en la cruz, X = Y? ¿Cómo no regocijarnos ante el plan divino para nuestra salvación, pues si creemos en Él—incluyendo su resurrección gloriosa y su muerte en la cruz para establecer su Nueva Alianza (Lc 22:20)—podemos apreciar el don de la vida eterna con el Padre, ahora yendo de x a y (Jn 3:16)?

¿Cómo no apreciar la graciosa y milagrosa campana límite en el infinito, símbolo de verdadera libertad, y no amar a Dios Padre con todo nuestro corazón, toda nuestra alma, toda nuestra mente, y todas nuestras fuerzas (o sea en el límite) y cómo no amar al prójimo como a nosotros mismos (Mc 12:29–31), activando así todas nuestras acciones bondadosas reflejadas en espirales hacia afuera (y opuestos a los 6’s del enemigo) que proveen la unidad real en nosotros en la muy bella expresión 1 = 0.999…, que incluye la misma hora nona en que Jesús dio su vida por amor para redimirnos (Mc 15:34)?

Las relaciones son, ciertamente, resplandecientes y hacen arder el corazón y humedecer los ojos. Pero resulta que hay aún, un poco más y más allá de la Palabra de Dios, pues lo observado en el diagrama nos permite considerar una historia simpática y honda con relación a San Agustín.

Se dice que el famoso santo se encontraba en la playa en donde veía a un niño con un vaso, el cual llenaba con agua del océano para llevarlo a un pequeño hoyo en la arena, una y otra vez. Cuando Agustín notó el juego imposible del niño, de querer llevar toda el agua a un orificio, disuadió al niño diciéndole que eso no se podía hacer, a lo cual el niño replicó (pues no era lo que parecía ser) que Agustín tampoco podría entender el misterio de la Santísima Trinidad. Las nociones aquí expuestas, en el diagrama vital, sugieren una salida para ambos, pues el rectángulo de la uniformidad sí cabe en un pequeñísimo hueco, pero sólo en la campana concentrada en el infinito. De una manera que evoca la dinámica del “big bang”, pero al revés, todo el océano sí cabe en donde no pareciera poder caber. Ciertamente no cabe todo en lo finito mas sí en el infinito, lo cual reafirma que no hay nada imposible para Dios (Lc 1:37).

El diagrama Trinitario, el más bello diagrama que conozco y repetido aquí una vez más enfatizando la perfecta unidad del Padre y del Hijo (Jn 10:30):

nos permite contemplar eventos esenciales de la vida de Jesús y algunas características que acompañan la vida de Sus seguidores.

Para empezar, y en la dirección de y a x, podemos observar, con debida imaginación claro, la naturaleza del nacimiento de Jesús, pues, como lo anunció el arcángel Gabriel, el Espíritu Santo cubrió a María y así nació quien fue santo, el Hijo de Dios (Lc 1:34—35). En la misma dirección, emanando desde arriba, podemos apreciar la fuente del poder de Jesús que le permitió cumplir la ley, realizar sus muchos milagros (Mt 12:28), y, en particular, bautizar con Espíritu y fuego (Mt 3:11), para darle a Sus discípulos Su paz (Jn 20:19,21,26) y la simbólica y real agua viva (Jn 7:38), la cual ellos compartieron (en la misma dirección) por medio de la imposición de manos (Hch 19:6).

En el cruce de las dos direcciones, desde abajo y desde arriba, y basado en la siempre presente cruz positiva, + (pero en realidad en una infinidad de ellas en la transformación alada, ¡valga la repetición!), podemos visualizar la ya expresada condición de unidad entre Jesús y el Padre (Jn 14:11), y, específicamente, el evento extraordinario de la transfiguración de Jesús, el cual gráficamente lo une a Él con la absoluta pureza de la luz en el infinito (Lc 9:28—36). Esta fue, sin duda, una ocasión notable que específicamente incluyó una nube (como la forma geométrica del alambre alado) que cubrió a Jesús, Moisés, Elías y a los asustados discípulos, y que, al igual que en el bautismo de Jesús por Juan Bautista (Lc 3:21—22), contiene la voz poderosa de Dios desde lo alto, confirmando que Jesús es Su Hijo escogido—a quien se debe escuchar.

En la dirección de x a y, aun si acaso está mejor visualizado desde un objeto dx disipado (como el del principio de esta campanita) en el que se aprecien las espinas usadas para coronarlo (Mt 27:29), podemos ver primero la resurrección de Jesús de entre los muertos (Lc 24:5—6) y luego Su ascensión al cielo (Lc 24:50—51). Esto se puede notar simbólicamente, con relación a la resurrección, en la obediencia de Jesús de darlo todo y morir en la cruz (Flp 2:8) y en el hecho que Él “bajó a las regiones inferiores de la tierra” (Ef 4:9) para vencer a la muerte (1 Co 15:26,57) y así lograr la unidad última, para que Dios sea todo en todo (1 Co 15:28) y para que la Iglesia llegue a estar verdaderamente unida (Jn 17:11).

El diagrama trino, que en su flujo eleva casi todo a una “fila” en el infinito (pues desafortunadamente hay excepciones como se explicará en una campanita futura), nos ayuda a visualizar otras transiciones celestiales de x a y relacionadas con quienes siguen a Jesús. De una manera pictórica, allí podemos ver la ascensión del profeta Elías (2 R 2:11); la Asunción de María (dogma de la Iglesia Católica coherente con la esencia de quien es nuestra Madre); y también el futuro rapto de la Iglesia, cuando, como lo explica el apóstol San Pablo, “los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires” (1 Ts 4:16—17).

El mismo diagrama poderoso, en su dirección de y a x y al “llenar el espacio” el Espíritu Santo, nos ayuda a visualizar el por qué la ley, aunque recta y perfecta, es una sombra de los bienes futuros (la campana) (Heb 10:1); el por qué los discípulos de Jesús tienen poder para realizar milagros (Mc 16:17—18), por qué Sus apóstoles y Sus Sacerdotes (en virtud a la sucesión apostólica presente en el Sacramento del Orden Sacerdotal) pueden desatar en la tierra lo que quedará desatado en el cielo (Mt 16:19), y por qué por ellos, por el mismo poder del Espíritu Santo que posó lenguas de simbólico fuego a los discípulos (Hch 2:3), sucede el maravilloso milagro cotidiano de la transustanciación durante la Santa Misa, en el que Jesús nos da su cuerpo y su sangre para nuestra vida eterna (Mt 26:26—28).

¡Qué bello es darse cuenta, como se explicará un poco más en una campanita futura, que un pedacito del alambre límite contiene en verdad todo el poder de todo el alambre alado! Esto es bello en verdad pues así también sucede con un pedacito de la Sagrada Eucaristía, la cual surge acompañada de coherentes tintineos de campana en medio del milagro. Pues en este mismo espíritu de asombro, y como todas las piezas de la transformación vital conforman precisamente las alas de ángeles, podemos prever en el diagrama trino, sin duda con debida imaginación y humilde pero confiada expectativa, el retorno de Jesús en la compañía de Sus ángeles, también de y a x, cuando, con gran poder y gloria, Él reunirá de los cuatro vientos a Sus elegidos (Mt 24:30—31).

Para terminar esta campanita especial que nunca soñé escribiría, una adornada por ternas de campanitas coloreadas como la bandera de mi patria en la tierra, Colombia, a continuación aparecen algunas reflexiones relacionadas con dos ternas de números que están presentes de una forma notoria en el diagrama trino, una vez más repetido aquí para que aparezca tres veces con flechas de abajo a arriba y de arriba a abajo:

Lo primero es notar que los números 0, 1 e ∞ se encuentran en cada elemento de la construcción límite. Ellos ocurren en dy, en la campana en el infinito, pues toda la masa está concentrada allí en una “espiga” infinita, la cual al no contener variación alguna tiene entropía cero. Los tres números se encuentran en dx notando que dicho equilibrio denota un ente dinámico en la vida de Jesús, lo cual se resume por cero pecados, manteniendo así la unidad y la unión de la uniformidad siempre, y todo en conjunción con Dios Padre por siempre. Los números también suceden en el alambre límite, pues dicho objeto está compuesto por una infinidad de adiciones de la unidad, dando un objeto que termina concentrándose en el infinito con toda posibilidad, es decir, con una probabilidad igual a cero para los puntos excluidos.

En conjunto, el diagrama, bellamente unido, representa una hermosa sinfonía de perfección: unidad infinita y sin excepción, y, como 1 = 0.999… cual nombrado anteriormente, el diagrama también refleja un majestuoso cántico de amor, una conga hasta el infinito, la cual se puede tantear satisfaciendo la sencilla y profunda ecuación del santito:

La segunda terna de números también está presente en cada componente unida del diagrama, pero sus valores reflejan más bien cada una de los miembros de la Trinidad, como sigue.

Como Dios Padre, en la carencia de turbulencia y caos, cual explicado aquí y aquí, se relaciona con el origen matemático, es decir con el punto (0,0), y como el mismo número cero también denota el halo de Su plena santidad y el comienzo del tiempo creado, Él, El Que Es (Ex 3:14), está relacionado de una manera claramente geométrica con el número más célebre de todos, π ≈ 3.1416…, asociado con los círculos.

Como Dios Hijo está caracterizado por la condición del equilibrio, la acumulación de dicha figura uniforme también lo define, y ésta es la hipotenusa de un triángulo rectángulo completamente opuesta a las escaleras del diablo de la división, tal y como está explicado en detalle aquí. Como la distancia de las escaleras diabólicas es siempre máxima e igual a dos unidades (una unidad horizontal más una unidad vertical), la distancia asociada con la recta rampa con ecuación X = Y—en la aparece la silueta de Cristo crucificada en la cruz—describe la esencia del Mesías (Jn 1:41). Ella es, empleando el teorema de Pitágoras, √2 ≈ 1.4142…, la cual también denota la distancia recta de la diagonal de un cuadrado.

Como Dios Espíritu Santo está relacionado con el “cálculo del amor”, expresado por la expresión “integración sin diferenciación”, es decir con el mandamiento del amor con todos sin excepción y como dicha operación sólo se satisface en la función exponencial positiva y con movimiento opuesto al del espiral negativo y divisivo en el número 6, el número irracional e ≈ 2.7183…, rotando hacia afuera cual el espiral del número 9 asociado con el santito, termina denotando el Espíritu de la verdad. Como se puede leer aquí, dicho número también aparece directamente en la Biblia, interpretando el famoso pasaje de la Vid y los sarmientos (Jn 15:1—10) y arribando a una ecuación que resume el pasaje:

(1 + 1/x)x

en la que el 1 es Él, 1/x somos nosotros pictóricamente cargando la cruz y con el exponente denotando la potencia o el poder que tenemos con Él al permanecer con Él. Y es que el límite de dicha expresión, cuando la cruz crece al infinito, o cuando crece verdaderamente el santito, es precisamente el número e, lo cual además provee una bella relación con la radiante Doxología Eucarística en la liturgia de la Iglesia, una oración eminentemente trinitaria, que reza: Por Cristo, nosotros en 1/x, con Él, 1 + 1/x, y en Él, (1 + 1/x)x, a ti Dios Padre omnipotente, es decir cuando x va a infinito, en la unidad del Espíritu Santo, la e en el límite que dota unión en la integración sin diferenciación del amor de la función ex y, claro, de allí de una manera coherente: todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos, o sea el infinito, ∞, AMÉN.

Resulta que los tres números irracionales célebres, asociados con círculos, cuadrados y espirales, se encuentran todos en la ecuación misma de la campana de Gauss, mostrada aquí para un valor medio μ y una desviación estándar σ:

Así, de una manera curiosa y consecuente, podemos observar que la Trinidad nos “llama” o “invita” por medio de sus irracionales (pues los tres números no son cocientes de números enteros y sus expansiones no exhiben repeticiones para siempre) a la racionalidad del cielo (cuando Z tiende a 1, μ tiende a infinito y σ/μ tiende a cero), es decir a una libertad real, simbolizada por la campana misma.

Esto es acorde con lo expresado en las Sagradas Escrituras, pues Jesús dijo, “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8:31—32). Y es que todo esto es particularmente peculiar además porque √2 está localizado a la derecha de π (visto desde adentro de la recta real), como Jesús está sentado a la derecha del Padre (Lc 22:69); la √2 es menor que π como Jesús dijo que el Padre era más grande que Él (Jn 14:28) y porque el número e se encuentra en medio de los otros dos, de una manera consistente con que el Espíritu proceda de los otros miembros de la Trinidad.

¿Cómo no admirar la perfección del imponente diagrama trinitario que profiere bendiciones reales en virtud del sacrificio inefable de Jesús impreso allí por doquier? ¿Cómo no exultar con viva voz al notar que desde el cielo se repite una verdadera miríada de dichas bendiciones, todas acompañando la cruz y regalando toda gracia diciendo: “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, como sucede en el Sacramento del Bautismo (Mt 28:19)? ¿Cómo no alabar al Dios Trino por su magnificencia y anhelar llegar a unirse a la Comunión de los Santos para repetir con los coros celestiales “Santo, Santo, Santo, Señor Todopoderoso” (Ap 4:8)? ¿Cómo no decirle AMÉN a este gran concierto de unidad y amor que prefigura el cielo? ¿Cómo no comprender que la fiel solución a nuestros problemas requiere al Dios Trino?

Confiado en que esta larga y densa campanita inspire una lectura minuciosa, a continuación viene una canción alegre que exalta la campana de la libertad y de la trinidad, una que recuerda una paloma que vuela, símbolo también de la paz.

¿Qué más decir? Mi abuelita tenía razón: ¡Dios es muy grande! ¿cierto?

SUENA LA CAMPANA

Inspirada por “Vuela la Paloma” de Tito Rodríguez

Las matemáticas lo explican…

Hay un límite central…

De π vino el Son…

Suena la campana
de la libertad,
se oye en el silencio
con su gran verdad.

Suena la campana
de la Trinidad,
brinda su misterio
llamando a alabar.

Oh tesoro eterno
camino cierto
que da la vida,
oh fruto excelente
el fiel regalo
de la justicia.

Suena la campana
de la libertad,
se oye en el silencio
con su gran verdad.

Oh aroma vigente
el sí sagrado
que vela el día,
oh ejemplo preclaro
la Santa Madre
y su garantía.

Suena la campana
de la Trinidad,
brinda su misterio
llamando a alabar.

Oh brillo radiante
tienen los ojos
que son del recto,
estos jubilosos
su luz regalan
dando alimento.

Suena la campana
de la libertad,
se oye en el silencio
con su gran verdad.

Oh canto sublime
dotan aquellos
que son del niño,
estos armoniosos
en paz recuerdan
el pan de alivio,
alivio.

Suena la campana
de la Trinidad,
brinda su misterio
llamando a alabar.

Oh verso bendito
la bella piedra
y su santo signo,
Espíritu amado
lo une todo
oh gran convivio.

Suena la campana
de la libertad,
se oye en el silencio
con su gran verdad.

Suena la campana
de la Trinidad,
brinda su misterio
llamando a alabar.

Libertad,
llega libertad,
Trinidad,
Santa Trinidad. (3)

(Diciembre 2000/Mayo 2020)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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