En un pedacito y en un sorbito

Celebramos hoy la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, también conocida como Corpus Christi. A pesar de conmemorarse una vez al año, ésta es, en efecto, una fiesta cotidiana que se repite por doquier una y otra vez en la Santa Misa cuando el Sacerdote consagra el pan y el vino para transformarlos, por obra del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre del Señor.

Siguiendo las precisas indicaciones que Él mismo dio para nuestra salvación (Jn 6:54), en la Santa Misa se produce un gran milagro: la sustancia del pan y el vino cambian su cualidad—en virtud a la llamada transubstanciación—y Jesús se hace presente ya en cuerpo y sangre, de modo que podamos renovar, de una forma tanto mística como sacramental, el vital sacrificio que Él hizo por nosotros en la cruz para liberarnos.

Como es bien sabido y lo narran los Evangelios sinópticos, Jesús instituyó el prodigio del Sacramento de la Eucaristía poco antes de morir, durante la Última Cena.

Mientras que los relatos en San Mateo y San Marcos son similares,

Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre” (Mt 26:26—29),

Y mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio y dijo: “Tomad, este es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio, y bebieron todos de ella. Y les dijo: “Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos. Yo os aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba nuevo en el Reino de Dios” (Mc 14:22—25),

la narrativa en San Lucas es más sucinta, así aparezca allí un pedido relevante,

Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío“. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22:19—20).

Ciertamente, el mensaje es coherente y éste también se encuentra en las palabras de San Pablo, cuando resumió y agregó algunos elementos tal y como se repiten en la Liturgia de la Iglesia que Jesús fundó,

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío“. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío”. Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. (1 Co 11:23—26).

Aunque allí se resume todo el misterio, esto no es lo único que dijo el Dios Hijo acerca de la realidad de su presencia en un pedacito de pan y en un sorbito de vino, pues en el Evangelio según San Juan Él lo explica aún un poco más,

“Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”. Discutían entre sí los judíos y decían: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Jesús les dijo: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre” (Jn 6:48—58).

El propósito de esta breve campanita es mostrar cómo es posible utilizar una bella y fiel representación de la Santísima Trinidad encontrada a partir de la ciencia moderna para reconocer la presencia de Dios en el vital Sacramento instituido por Jesús, es decir, en un trocito de pan—guardado en el Sagrario—y en un poquito de vino, que parecen ser plenamente irrelevantes, pero que, en verdad, dotan vida eterna …

… Tal y como se explicó en las últimas campanitas, aquí, aquí y aquí, existe una función con forma de alas de ángeles y también de nube, una transformación que viaja de x a y, de lo horizontal a lo vertical, la cual puede construirse fácilmente, paso a paso:

Comenzando con los tres puntos marcados por cuadrados con cruces (los extremos y el del medio), el objeto aparece agregando una infinidad de puntos siempre localizados hacia arriba: los dos primeros suceden a una distancia Z a partir del punto medio de las líneas que unen los tres puntos iniciales, los siguientes cuatro se encuentran a una distancia Z al cuadrado a partir del punto medio de las cuatro líneas mostradas más arriba de izquierda a derecha, y así sucesivamente, en potencias de dos para el número de puntos siempre situados en el medio de líneas, y en potencias de Z para sus desplazamientos verticales, de Z a Z al cuadrado a Z al cubo, etc.

Tal y como se mostró, cuando Z tiende a su valor máximo de 1, de modo que las potencias de Z se acerquen todas a una unidad, la transformación alada llena tanto espacio como el plano y adquiere—sólo allí—la propiedad especial de poder llevar cualquier entrada dx (definida sobre un conjunto infinito e incontable de puntos) a una salida dy con forma de campana, la cual—en el límite—termina siempre centrándose y concentrándose en el infinito.

Este hecho notable, al ser virtualmente universal, se ilustra en el siguiente diagrama, mas no en el límite sino cuando Z = 0.99, empleando como entrada un objeto dx plenamente equilibrado y recto, y de manera tal que las áreas de dx y dy se equiparen, así no lo parezca pues los dibujos tienen diferentes escalas:

La observado aquí es, al final, no muy difícil de comprender pues se puede describir como sigue: si el objeto dx (la entrada abajo) sube verticalmente hacia los puntos respectivos de la función alada de x a y (arriba a la izquierda), entonces lo visto desde el eje de las y—sumando los valores en dx correspondientes a las mismas alturas en y—da lugar a la campana dy (la salida a la derecha). La construcción tiene a su vez una connotación clásica pues evoca la famosa alegoría de la caverna de Platón: si la transformación de x a y es “iluminada” por el objeto dx, entonces el ente alado produce una “sombra” dy con forma de campana.

Tal y como se elaboró en detalle aquí y trenzando una diversidad de citas bíblicas, en los tres componentes del diagrama o sistema límite—cuando Z tiende a 1—se aprecian simbolizados los tres elementos de la Santísima Trinidad: Dios Padre entronizado en el cielo, en el infinito y simbolizado por la campana dy siempre conductora de energía y sin entropía, es decir fuente inagotable de luz pura; Dios Hijo como entrada dx siempre balanceada y recta, es decir el hombre perfecto y sin pecado alguno; y Dios Espíritu Santo en la transformación siempre positiva y unitiva con forma de alas de ángeles, la cual procede del Padre y del Hijo, como lo enseña el Credo, para crear entre ellos una unidad certera y real.

Sucede que la transformación límite, al estar compuesta por desplazamientos unitivos y positivos por todos lados y así tener una longitud máxima infinita que la hace llenar tanto espacio como el plano, tiene una propiedad particularmente bella, tal y como se ilustra a continuación en el mismo diagrama alado:

Si en vez de considerar todo el objeto, se toma sólo la primera parte, desde el primer punto hasta el segundo punto ya marcados por cuadrados con cruces, entonces dicha transformación, una definida en un intervalo más pequeño que el original, también tiene la propiedad—cuando Z tiende a uno—de transformar la primera mitad del objeto dx en la misma campana centrada en el infinito. Similarmente, si se toma no la primera mitad sino la segunda, desde el segundo al tercer punto marcados por cuadrados con cruces, entonces sucede lo mismo, y la salida dy obtenida a partir de la segunda mitad de dx también se concentra en el infinito, cuando Z tiende a uno.

Ahora bien, si se toma sólo la primera cuarta parte de la función alada, desde el principio a la izquierda hasta donde aparece la línea vertical antes de letra Z, también sucede lo mismo. Cuando Z tiende a 1, la salida respectiva a la primera cuarta parte de dx también da lugar a la misma campana dy, cual una espiga en el infinito, y lo mismo ocurre para cualquiera de las cuartas partes del objeto dx.

Sucede que este razonamiento se puede reiterar, primero en tamaños cada vez más pequeños e iguales a inversos de potencias de dos, y posteriormente para cualquier tamaño arbitrario, para así concluir que un trocito de la función alada límite, por pequeño que sea, transforma un pedacito respectivo de dx (o un sorbito si lo imaginamos líquido) en la misma campana centrada y concentrada eventualmente en el infinito.

Reconociendo entonces otra vez la naturaleza divina de los tres elementos del diagrama, y ahora reflejando la unidad del Padre y del Hijo, de arriba a abajo y de abajo a arriba, como lo expresan las flechas del dibujo:

podemos apreciar que al comernos un pedacito del cuerpo de Jesús y/o al bebernos un sorbito de su sangre (dx), en verdad experimentamos vida eterna en el cielo con Dios Padre (dy). Esto sucede por la activación del poder infinito y unitivo del Espíritu Santo en el diagrama (la transformación alada límite), la cual nos permite, literalmente, entrar en comunión con el Padre y con su hijo Jesucristo—tal y como San Juan bien la define (1 Jn 1:3).

Y es que, aunque el misterio sea inabarcable para nosotros por su infinita magnificencia, las nociones explicadas aquí terminan proporcionándole soporte a nuestra fe al mostrar cómo es posible que Dios sí pueda obrar el milagro. Pues, de un lado, es la acción potente del Espíritu Santo, por medio del Sacerdote que la invoca, la que transforma el pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo, y esto está reflejado en el componente alado del diagrama que “baja” el poder de Dios (de lo alto) hacia la celebración de la Santa Misa para realizar el cambio de sustancia. Y de otro lado, es la misma transformación alada, pero ahora en la dirección opuesta, yendo hacia arriba (hacia el cielo), la que dota la ansiada vida eterna, lo cual es capaz de hacer por medio de una maravillosa sinfonía infinita de nueves, o sea amor en el opuesto del egoísta 6, unidad y la positiva cruz que concede la santidad en la potencia cero con el Padre:

Así pues, bajando del cielo y retornando al cielo, el Sacramento de la Eucaristía depende en su ejecución del Espíritu Santo. Pero como dicho elemento alado—por sus infinitas cruces y nueves—refleja la pasión y muerte de Jesús por amor hacia nosotros, y como el destino final es el infinito, el Sacramento se torna eminentemente Trinitario. Ciertamente, el evento provee un regalo absolutamente desproporcionado, pues la respuesta requerida al “máximo esfuerzo” del sacrificio de Cristo al darnos su cuerpo y sangre es sólo un AMÉN convencido y sincero de nuestra parte, en el que declaramos, en verdad con un “mínimo esfuerzo”, nuestra creencia y fe en el Señor.

¿No les parece bonito observar que un pedacito de casi nada pueda regalarlo todo? ¿No les parece hermoso notar que la transformación límite se pueda romper en una miríada de elementos sin que pierda su esencia majestuosa? ¿No les parece maravilloso advertir que una gotita de la sangre de Cristo sea capaz de diluir y sanar toda la maldad? ¿No les parece prodigioso corroborar la unidad de la Iglesia en el indispensable Sacramento reflejado en el diagrama Trino, “porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” (1 Co 10:17), tal y como lo explica San Pablo? ¿No les parece bello entender que la fe católica no tiene que reñirse con la ciencia moderna o la ciencia moderna con la verdadera fe?

En estos tiempos extraños en los cuales el encierro por el virus ha impedido recibir la divina Eucaristía y cuando la Penitencia muestra el camino para acogerla con corazón limpio—cual un dx horizontal, va a ser una alegría el escuchar una campana, ¡vaya, precisamente una campana!, anunciando la ocurrencia del milagro de la vital y generosa transubstanciación en medio de la Santa Misa y el responder con un gran AMÉN cuando el Sacerdote proclame la realidad de lo sucedido mostrándome la hostia con una cruz en el medio y diciéndome solemnemente: ¡Cuerpo de Cristo!

Para concluir, esta campanita incluye una canción que invita a meditar un poco más acerca del misterio de nuestra Salvación en esta fiesta de Corpus Christi, y en cada celebración de la Santa Misa.

¡Qué viva Cristo! ¡Qué viva la Santísima Trinidad! ¡Que viva María Santísima!

LA NADA Y EL TODO

00 = 1

¡La maravilla!

Oh regalo admirable
el amor y su modo,
oh potencia inviolable
en la nada y el todo.

Oh milagro inefable
en el pan hecho cuerpo,
oh tesoro incomparable
en la sangre del recto.

Oh misterio improbable
en el cero con más,
oh sanación comprobable
en la ciencia veraz.

Oh plenitud divisible
en la humildad y la fe,
oh libertad infranqueable
en la campana del fiel.

Oh piedad indescriptible
en el amén de hermandad,
oh unidad imperturbable
en el reino y su heredad.

Es verdad, por caridad,
allí está,
el todo está en la nada,
es verdad.

Es verdad, por caridad,
es verdad,
el justo todo regala
y allí está.

Es verdad, por caridad,
allí está,
el todo está en la nada,
es verdad.

Es verdad, por caridad,
es verdad,
el justo todo regala
y allí está.

(Abril 2000)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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