La higuera improbable

Esta es la más insólita y acaso la más urgente de todas las campanitas que escribiré. Ella intenta mostrar cómo la ciencia moderna puede llegar a proveer una pista valiosa acerca del evento cósmico más importante por suceder: el retorno anunciado de Jesucristo.

Como si fuera un buen voto para llevar a cabo durante esta Cuaresma, le pido al lector que no se desanime y lea con la debida paciencia. El asunto es muy interesante y las implicaciones son, a mi juicio, dignas de reflexión.

En dos largas y sustanciosas campanitas recientes he tratado de explicar cómo una teoría moderna acerca de la complejidad natural, la célebre teoría del caos, puede emplearse para entender por qué siempre es mejor satisfacer el amor en la santidad. Esto es así pues dicha condición permite eludir un infierno doloroso y tristemente real, así sea pasando por un purificador e indulgente purgatorio, igualmente real.

La fórmula empleada para describir lo que es el caos es, nuevamente, el mapa logístico:

en donde X es el tamaño de una población normalizada entre 0 y 1, k y k+1 son generaciones sucesivas, y α es un parámetro entre 0 y 4.

Como se estudió, el reiterar la ecuación una y otra vez da lugar a una gran diversidad de límites {\bf X_\infty} en función de α, tal y como lo resume el ícono más importante de la teoría, el diagrama de las bifurcaciones:

Si α está entre 0 y 1, la población converge a cero en la zona recta del diagrama. Si α está entre 1 y 3, la población se consolida en la intersección no-nula de la parábola y la línea recta {\textbf{\textit X = Y}}, dando lugar a un aumento curvo hasta el punto mostrado con coordenadas (3, 2/3). Si α excede 3 y hasta un valor {\bf \alpha_\infty \approx 3.5699}, la población oscila en crecientes potencias de dos conformando una cadena de bifurcaciones.

Cuando α sobrepasa {\bf \alpha_\infty}:

aparecen o comportamientos repetitivos o periódicos para todo número natural que no es una potencia de dos o, más comúnmente, atrayentes infinitos polvorientos que definen el vagar en el caos.

Tal y como se explicó en detalle al hablar del infierno, aunque para α = 4 existe un camino purgado e improbable que viaja exactamente por el punto medio hacia el equilibrio vital:

que corresponde a un evento posible e improbable—finamente rodeado por comportamientos repetitivos—, el caos domina en la cima y bien define un estado pavoroso e indeseado en el polvo del calor máximo.

El emblemático diagrama de las bifurcaciones, rotado 90 grados en contra de las manecillas del reloj—como yendo hacia el pasado—es conocido como el árbol de Feigenbaum:

en honor a Mitchell Feigenbaum, quien encontró dos constantes universales que describen cualquier ruta al caos por medio de bifurcaciones, no solamente para el mapa logístico sino para cualquier otra ecuación definida en el intervalo [0, 1] que contenga un solo pico.

Hace unos 25 años, ¡cómo pasa el tiempo!, en la bella ciudad de Montreal asistía a una conferencia honrando a un gran investigador de la geoestadística llamado Michel David, y en ella había diversos expositores con nombres en alemán. Como allí estaba mi primer estudiante graduado, un holandés llamado Marc Bierkens y hoy por hoy miembro honorífico de la Sociedad Americana de Geofísica, no poca cosa, decidí preguntarle si dichos apellidos tenían significado. Fue así como supe que Einstein quería decir “una piedra”, que Mandelbrot, el padre de los fractales, significaba “pan de almendra” y que Feigenbaum, a quien conocía por sus extraordinarios descubrimientos, quería decir “árbol de higos” o higuera. Apenas supe esto último me estremecí y exclamando “¡Oh my God!” terminé el interrogatorio. Para entonces, después de mi conversión cinco años atrás, ya leía las Sagradas Escrituras con asiduidad y sabía de una misteriosa y profética higuera bíblica. Allí, en una revelación instantánea, comprendí que la planta de la palabra antigua estaba ligada con la de la ciencia.

Las Escrituras nos dicen, aunque no haya habido una grabadora para guardar las palabras o una cámara de video para filmar lo sucedido, que pocos días antes de la crucifixión, Jesús sorpresivamente maldijo a una higuera viva, a un árbol de feigenbaum, lo cual es redundante pues “baum” quiere decir árbol, tal y como lo es el decir desierto del Sahara, pues Sahara quiere decir desierto.

Según el Evangelio de San Mateo, Jesús entró triunfante a Jerusalén montado en un burrito, lo recuerdan, ¡claro!, y, luego de ir a sanear el Templo y voltear las mesas, fue a dormir con sus discípulos a Betania (Mt 21:1—17), curiosamente la “casa de higos” en arameo. La historia continúa,

“Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: ‘¡Que nunca jamás brote fruto de ti!‘ Y al momento se secó la higuera. Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: ‘¿Cómo al momento quedó seca la higuera?’ Jesús les respondió: ‘Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si aun decís a este monte: “Quítate y arrójate al mar, así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” ‘ ” (Mt 21:18—22).

Maravillados, como lo estuvieron los discípulos, es natural preguntarse, como lo han hecho creyentes y no creyentes a través de los siglos, por qué Jesús acabó con tal árbol vivo y por qué Él dice a sus discípulos que también pueden hacer lo mismo. ¿Existe acaso algún mérito en secar y eliminar higueras de ese modo?

La historia se encuentra relatada también en el Evangelio según San Marcos, pero allí acaso no es tan “espectacular”, pues todo no sucede instantáneamente sino en dos etapas. Habiendo Jesús dormido en la “casa de higos”, el relato dice primero,

“Al día siguiente, saliendo ellos de Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que no era tiempo de higos. Entonces le dijo: ‘¡Que nunca jamás coma nadie fruto de ti!‘ Y sus discípulos oían esto” (Mc 11:12—14).

Y entonces, luego que Jesús limpiara el Templo esgrimiendo su ira santa, incluyendo el voltear las mesas, ahora sucediendo un día después que en la de la historia de San Mateo, y saliendo de la ciudad nuevamente (Mc 11:15—19) se dice,

“Al pasar muy de mañana, vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: ‘¡Rabbí, mira!, la higuera que maldijiste está seca.’ Jesús les respondió: ‘Tened fe en Dios. Yo os aseguro que quien diga a este monte: “Quítate y arrójate al mar” y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá’ ” (Mc 11:20—23).

En verdad, la segunda versión, que contiene una maldición del árbol aún más grave, pues nadie comerá su fruto aún si lo produce, no es menos notable y la historia se torna intrigante, pues aunque no hay una mención en San Marcos que implique que los discípulos puedan “secar higueras”, aparece la cláusula “no era tiempo de higos”, la cual causa confusión pues hace lucir a Jesús muy humano, como lo han notado algunos que intentan refutar la veracidad de las buenas nuevas. Como los dos relatos comparten la maldición de la higuera seguida por exhortaciones hacia la fe, surge la pregunta: ¿Existe una lección ulterior que pueda extraerse de estos pasajes? Es aquí en donde mi “¡Oh my God!”, o “¡Ay bendito!” brotó de repente en Montreal.

¿Maldijo Jesús la falta de creencia del pueblo de Israel en su tiempo? Ciertamente, dicha interpretación, aceptada por diversos exégetas, es consistente con lo sucedido en el Templo y con el rechazo que Él experimentó pocos días después durante su horrenda crucifixión (Lc 23:18—25). Pero, en el espíritu de los símbolos de la ciencia en la teoría del caos y con la debida humildad dado el paso de veinte siglos, creo que se puede argumentar una “maldición” más amplia de todos nuestros caminos egoístas hacia el caos, rutas maldecidas de forma coherente al cruzar el umbral {\textbf{\textit X = Y}}, Jesús mismo—su silueta en la cruz—cual explicado antes, sendas que nos alejan de la raíz de Dios hacia el pecado, ¡oh palabra dudosa en estos tiempos del todo vale!, y que si no corregimos nos llevan al polvo de la muerte (Rm 8:13). Pues, después de todo, el árbol de Feigenbaum, como la antigua y metafórica higuera, tiene un vástago torcido que no produce ningún fruto visible, en ningún tiempo y, por tanto, el árbol caótico se marchita con justicia hasta la raíz, pero, ésta conserva su santa rectitud y por ello permanece.

Esta aseveración, sin duda osada al provenir de un pequeñín hidrólogo, tiene sin embargo un sustento en las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, ello se refleja en nuestras opciones antiguas: “te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición” (Dt 30:19), como le dijo Dios a los judíos y a todos nosotros y también en la repetida analogía que debemos ser árboles que den fruto, tal y como Jesús mismo lo explicó: “La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos” (Jn 15:8). Y es que, como se puede verificar, el fruto multiplicado por cien, sesenta o treinta se halla en escuchar la Palabra de Dios y entenderla (Mt 13:23), y eso solo sucede permaneciendo en la raíz santa del árbol como se ha explicado antes.

En la misma famosa Parábola del Sembrador, existen tres categorías que no producen fruto, y en una de ellas Jesús explica que esto es así pues las espinas de la ansiedad y la seducción de la riqueza ahogan la Palabra. Similarmente, al referirse a lo bueno y a lo malo, Él nos recuerda las consecuencias de nuestras acciones empleando el símil que nosotros somos árboles diciendo, “todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y arrojado al fuego” (Mt 7:17—19), ¡oh infierno horripilante y real!, y “Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas” (Lc 6:44).

Ocurre, de una manera sorprendente, aunque acaso ya no tanto para algunos lectores perseverantes, que el árbol de Feigenbaum contiene de una manera coherente una infinidad de tales espinas, antes ya relacionadas con el pecado. Las primeras de ellas suceden en el primer conjunto infinito del diagrama de las bifurcaciones, cuando α es igual a {\bf \alpha_\infty}, tal y como se observa otra vez aquí:

Este es el llamado atrayente de Feigenbaum, ya sabemos en honor a quien, uno que emana de las bifurcaciones sucesivas y que por ende contiene una infinidad de puntos separados que tienen la estructura no cohesiva del polvo. Pero hay más. Si la reiteración del mapa logístico se lleva a cabo allí, ella genera un histograma de las zonas visitadas que, en efecto, luce como una colección de espinas desiguales, como las encontradas en una campanita anterior:

De una manera asombrosa, puede afirmarse que el árbol de Feigenbaum es un “espino“, pues contiene a partir de {\bf \alpha_\infty} muchísimas espinas—delgadas y altas y emanando desde polvos dispersos—localizadas al final de cualquier cadena de bifurcaciones en las bandas blancas correspondientes a cualquier período que no es potencia de dos, tal y como se observa magnificando el brote del medio del período 3 ya mostrado anteriormente, en la secuencia que termina justamente a la izquierda del 3 en el número 3.85 marcado:

Vaya sorpresas que da la vida, diría un famoso canto, o en este caso la carencia de vida, pues como lo afirma Juan Bautista, “Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3:10), lo cual cita al mismísimo infierno, ¿o es que acaso no existe y el profeta del agua estaba alucinando?

A partir de todo esto surge otra vez un llamado a la conversión acorde con el tiempo de la Cuaresma, una exhortación a evitar la diabólica invitación de 2/3 = 0.666… de traspasar el umbral y más bien acoger la misma puerta angosta {\textbf{\textit X = Y}} para que nuestra dinámica la rija una parábola mansa y así lleguemos a descansar en el Origen. Pues el que Jesús maldiga un polvoriento feigenbaum resulta ser consistente con que Él mismo increpe al viento, el príncipe del poder del aire (Ef 2:2) y el príncipe de este mundo (Jn 12:31), para obtener una calma inmediata, tal y como sucedió en la presencia de sus atónitos discípulos cuando ellos estaban siendo violentamente zarandeados en una barca, evento que culminó con una admonición de Jesús cuestionando su falta de fe (Mc 4:39–41). ¿Se acuerdan de esa historia en la que Él dormía y ellos andaban asustados, pues creían que iban a perecer?

El hecho que Jesús le dé potestad a sus discípulos diciendo, “Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (Mt 10:8) y más (Jn 15:7), explica la inherente habilidad que sus seguidores tienen para derrotar las obras del maligno, y en particular “maldecir la higuera” y el desorden simbolizado arriba de la raíz, en su nombre (Mc 16:17—18). Pues su cruz, y solo la suya, es siempre poderosa cual otra custodia original e inmutable a la vez …

… La sutil estructura del árbol de Feigenbaum explicada aquí y en las dos campanitas anteriores acerca de la teoría del caos y el simbolismo certero de la higuera bíblica pueden emplearse, nuevamente con toda humildad, pienso yo, para intentar repasar la historia del pueblo de Dios y también para abordar el delicado tópico escatológico del fin de los tiempos.

La historia comienza, claro está, con Adán y Eva, quienes en el Jardín del Edén “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro” (Gn 2:25).
Pero ellos, dejándose tentar por la primera mentira del diablo que le dijo a ella que serían como los dioses (Gn 3:5), comieron del árbol de la ciencia del bien y del mal y así, tal y como Dios les advirtió, apareció la muerte (Gn 2:17). Aunque en ninguna parte se afirma que ellos comieron una manzana, sí se dice que una vez pecaron, “se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores” (Gn 3:7).

Lo que sucedió después es bien sabido, primero Dios decretó que la serpiente comería polvo desde entonces (Gn 3:14), y luego Él los expulsó a ellos del paraíso diciéndole a Adán, “maldito sea el suelo por tu causa” (Gn 3:17), “espinas y abrojos te producirá (Gn 3:18), para culminar con las famosas palabras, “porque eres polvo y al polvo tornarás” (Gn 3:19). De una forma coherente con lo que se observa en el árbol caótico, el maligno fue enviado a comer en un atrayente extraño (en la mera cima) y las hojas que usaron Adán y Eva no los cubrieron, sino que reforzaron su caída al ser hojas de polvo y las espinas de pecado se convirtieron en un gráfico castigo al desobedecer y así traspasar no sólo un umbral, sino todos los umbrales.

La historia llegó a un crescendo cuando Dios estableció una alianza con Su pueblo, los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob (Israel), por medio de la circuncisión de cada varón, y luego mediante el seguimiento de La Ley de Dios tal y como le fue dada a Moisés. Las Escrituras relatan las dificultades de los Israelitas en mantener La Ley y nos hablan de sus tiempos de aflicción y de paz. Como es bien conocido, los profetas explicaban que los malos tiempos se debían a la desobediencia de los judíos en cumplir La Ley, y allí aparecen la higuera y la vid—anteriormente citadas juntas al no provenir de espinos—como símbolos certeros para describir lo que le sucedería al pueblo de Israel. Por ejemplo, durante el reinado del Rey Salomón, “Judá e Israel vivieron en seguridad, cada uno bajo su parra y bajo su higuera” (1 R 5:5), pero en tiempos de castigo “arrasaré su viñedo y su higuera” (Os 2:14).

La higuera simboliza también la perseverancia, pues fue precisamente un emplasto de higos, administrado por el profeta Isaías, el que curó a un arrepentido Rey Ezequías (Is 38:21), y porque se vislumbran días futuros en los que la justicia prevalecerá, pues “el que vigila una higuera come de su fruto” (Pr 27:18).

Simbólicamente, y como lo implican los escritos proféticos, el estado de gracia de un Israelita, e intrínsecamente de cualquier ser humano, se puede rastrear en los estados alternativos del árbol de Feigenbaum, que como vimos en una campanita anterior, corresponden a las cuatro categorías de la más importante de las parábolas, la ya citada Parábola del Sembrador (Mc 4:1–20), con la raíz denotando la localización del fruto multiplicado. Esta observación se puede corroborar notando que una pérdida de la gracia implica el tomar una ruta de la raíz hacia arriba del árbol. Pues, invariablemente, la razón para la desazón de los judíos está en que no permanecieron con Dios: “¿por qué el país se ha perdido, incendiado como el desierto donde no pasa nadie?” (Jr 9:11), “es que han abandonado mi Ley … en pos de la inclinación de sus corazones tercos” (Jr 9:12—13), “por eso fue deportado mi pueblo” (Is 5:13), dice el Señor.

Este comportamiento rebelde, que ocurrió a pesar de exhibiciones majestuosas del poder de Dios como el maná que Él envió del cielo (Sal 78:27—32), relaciona al pueblo de Israel con la rama principal del árbol de Feigenbaum, pues “su corazón no era fiel para con Él, no tenían fe en su alianza” (Sal 78:37). Y esto también se explica así cuando la historia llegó a su plenitud con la venida de Cristo, pues “no lo confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga, porque prefirieron la gloria de los hombres a la gloria de Dios” (Jn 12:42—43); porque ellos “tropezaron contra la piedra de tropiezo” (Rm 9:32); pues como lo explicó con más detalle San Pablo, “Testifico en su favor que tienen celo de Dios, pero no conforme a un pleno conocimiento. Pues desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios. Porque el fin de La Ley es Cristo, para justificación de todo creyente” (Rm 10:2—4). En dicho contexto, claro debe estar, ellos despreciaron el primer umbral {\textbf{\textit X = Y}} dado a nosotros para revertir la primera mentira y así se perdieron de permanecer en la raíz.

Todos estos argumentos con relación a la rama tienen una relevancia particular en las palabras de Jesús en su curiosa Parábola de la Higuera, tal y como lo dijo—y lo creemos no por haber estado allí sino ayudados por la fe de los mártires—en su famoso discurso escatológico, en respuesta a la pregunta de los discípulos acerca de la destrucción futura del Templo y el Fin de los Tiempos y su venida (Mt 24:1—51).

En los Evangelios según San Mateo y San Marcos dicha lección dice,

“De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. Así también vosotros, cuando veáis todo esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24:32—35, y casi idéntica en Mc 13:28—31).

Aquí es relevante notar que en el griego original la palabra ramas, en plural, no existe en el texto, sino rama, en singular, de modo que las dos citas en verdad nombran una rama tierna. Yo había estudiado el texto en la enamorada curiosidad de mi conversión y lo había memorizado por las categóricas palabras de Jesús en naranja. Fue así cómo surgió mi “Oh my God” en Montreal, una exclamación que expresa además que una parábola es usualmente algo más que una comparación trivial.

En el Evangelio según San Lucas se lee algo parecido, pero con diferencias, que no es lo mismo aunque es casi igual,

“Les añadió una parábola: ‘Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya echan brotes, al verlos, sabéis que el verano está ya cerca. Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que el Reino de Dios está cerca. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Lc 21:29—33).

Como el recién descubierto árbol de Feigenbaum tiene un tallo delgadito, es decir, una rama tierna, que además deja de atraer precisamente al pasar X_\infty = 2/3 = 0.666 \ldots, o sea la fracción diabólica y también apocalíptica si es truncada en tres (1 Jn 3:8, Ap 13:18), y como dicho árbol espinoso y simbólico está lleno de brotes conteniendo mucho polvo que reflejan el pecado y la muerte, cabe preguntarse, de repente y con un “¡Ay bendito!“, en serio, si las palabras de Jesús pueden estarse satisfaciendo en nuestros tiempos mediante la ciencia moderna:

Pues podemos ver, por nosotros mismos, que esta higuera y también todos los (infinitos) árboles caóticos espinosos correspondientes a cadenas de bifurcaciones que suceden todas a las mismas velocidades dadas por las constantes de Feigenbaum y explicados en la campanita anterior:

ya echan brotes” que dan lugar a infinitos conjuntos polvorientos, pues esos árboles contienen vástagos podridos que reflejan, universalmente, nuestras sendas del orden al desorden cuando escogemos desobedecer.

¿Es ésta sólo una coincidencia sincrética arbitraria? ¿Es ésta una fusión injustificada entre la ciencia moderna y las Sagradas Escrituras? ¿Está este escritor pequeñito completamente fuera de sus cabales? ¿Será que estoy viendo a {\textbf{\textit X = Y}} en dónde no debo? ¿Será que mis intentos de comunicación son plenamente injustificados, así incluyan un fiel llamado a la conversión?

Ciertamente, el mensaje global de estas campanitas de fe es el enfatizar el amor, el amor esencial y santo de Jesús en la raíz (también la raíz cuadrada y su hipotenusa), y así podemos interpretar el advenimiento del árbol caótico en nuestros días como un acto consistente de la infinita misericordia de Dios y también de Su justicia, un llamado siempre válido y urgente al arrepentimiento, aún si se origina en los confines inesperados de la ciencia moderna y en medio de una teoría matemática con aplicaciones a diversos campos del saber, y en particular a la física del calentamiento de los fluidos.

Claro, yo comprendo que lo explicado aquí puede parecer altamente improbable, no sólo por basarse en conocimiento que los discípulos no conocían como tal,  sino también por provenir de un interlocutor, sin dudas extraño—aunque atraído no por el polvo sino por la luz—, que intenta describir lo que ve, así no le crean y le respondan con el silencio, como lo elaboraré en la siguiente campanita.

Pues sin disminuir el hecho que la parábola de la higuera forma parte de un contexto que sugiere interpretar “todo esto” o “esto” en términos de eventos en el discurso, los cuales incluyen otras calamidades claramente caóticas, como guerras, hambrunas y terremotos (Mt 24: 6—7), persecuciones de creyentes (Lc 21:12—19), una gran tribulación (Mt 24:15—28), y señales poderosas en el cielo (Mt 24:29—30, Is 13:10,13), las conexiones “geométricas” dadas aquí y en otras campanitas pasadas proveen un llamado consistente a la conversión hacia Dios Padre, el Origen, no sólo para el pueblo de Israel, sino para todos nosotros, pues la eventual conversión de Israel representa también un signo escatológico esencial que debe suceder antes de que vuelva Jesucristo (Rm 11:25—26).

Reconociendo el regreso a casa después del exilio de la nación de “la higuera“, por ejemplo al final de la Segunda Guerra Mundial, como una señal profética satisfecha en el desenlace final, (Jr 23:7—8, Ba 2:35, Ez 36:1—38), el advenimiento de la higuera caótica debe tomarse, claro está, de una manera sobria y con la debida humildad, pero también, pienso yo, con la seriedad implicada por el gran evento. Pues aunque es bien sabido que no es posible fijar una fecha exacta para su retorno—tal y como Él se lo dijo a sus discípulos en el discurso escatológico, “Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino sólo el Padre. Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre” (Mt 24:36—37) o antes de su ascensión al cielo cerca de Betania, la “casa de los higos” (Lc 24:50—51), “A vosotros no os toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1:7)—Él mismo nos dio la famosa parábola para que estuviéramos pendientes.

Así pues y aunque lo aquí expresado no esté avalado por mi Iglesia Católica, creo, como lo dicen los profetas y Jesús mismo, que es prudente estar preparados: debemos bajarnos del árbol caótico reconociendo nuestro pecado, tal y como lo hizo por ejemplo el pequeñín Zaqueo (Lc 19:1—10). Pues como lo dijo el mismísimo {\textbf{\textit X = Y}} empleando nuevamente la simbólica higuera, pero ahora acompañada por la vid cual encontrada en el Evangelio según San Lucas:

“Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’ Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas‘ ” (Lc 13:6—9).

En estos tiempos del “todo vale”, en los que se repite en aras de una unidad ecuménica que todo camino llega a Dios, es pertinente recordar que el camino es único y es Jesús, Nuestro Salvador, a quien debemos mostrar y explicar a los demás tal y como Él lo comisionó (Mc 16:14—18). En estos tiempos confusos, en los cuales se habla de algunos que, hoy por hoy, niegan a Jesús, como “hermanos mayores en la fe”, vale la pena terminar esta campanita leyendo la curiosa historia de Natanael, un Israelita intachable, quien, al convertirse también en seguidor fiel de Jesucristo, fue un buen hermano mayor:

Felipe se encuentra con Natanael y le dice: ‘Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret.’ Le respondió Natanael: ‘¿De Nazaret puede haber cosa buena?’ Le dice Felipe, ‘Ven y lo verás’. Vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él: ‘Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.’ Le dice Natanael: ‘¿De qué me conoces?’ Le respondió Jesús: ‘Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.’ Le respondió Natanael: ‘Rabbí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.’ Jesús le contestó: ‘¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores.’ Y le añadió: ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’ “‘ (Jn 1:45—51).

Como se ve, ¡la raíz santa, la del halo del cero, es la morada de los israelitas de verdad!, y allí mismo está María, nuestra Madre predicha desde el relato del Génesis y enemiga eterna, conjuntamente con su linaje, del maligno y su linaje (Gn 3:15).

Sabiendo de uno que me dicen leyó cinco misterios de la higuera para un Santo Rosario y una canción a Natanael, el mismo que hace poco le aconsejó a un chico ateo “haz lo que sientas” sin animarlo a Cristo, esta larga campanita, escrita con todo amor, concluye con una canción en el mejor ritmo argentino, cual una oración por la conversión católica de todos.

OPCIÓN AY DE VIDA

Inspirado por “Paisaje de Catamarca”
de Los Chalchaleros

Se ve en la ciencia de lo complejo
yendo hacia el cero llega lo eterno.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Ay surge el caos en nueva higuera
y allá en su cima se ve el infierno.
Y en el mal dudar se escapa la luz:
agrio su futuro, ay lleno de llanto.
Y en el oscilar no se oye su voz:
fractal sin poesía carente de tanto.

Opción ay de vida amigo
invitaciones siempre a lo sabio.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Ay por la senda del ego infausto
y con mil actos sin fina guía.
Oye es polvo allí, espinas sin paz:
y los brotes gimen sin vida al espacio.
Mucho polvo sí, solo espinas hay:
y sus atrayentes revelan lo extraño.

Vital palabra bien seca el árbol
dota equilibrio en gran purgatorio.
Y bajando se, bien podado ya:
se nota un santito amando despacio.
Y obediente a Él, calculando va:
oye una santita parte del rebaño.

Opción ay de vida amiga
invitaciones siempre a lo sabio.
La virtud allí, el amor veraz:
esa puerta angosta dotando su canto.
La virtud ay sí, el amor capaz:
el camino cierto llamando a su encanto.

Laralá, lalalá
esa puerta angosta dotando su canto.
Laralá, lalalá
es la rampa recta oh hermoso prefacio…

(Septiembre 2018)

La canción a capela se puede escuchar aquí…

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